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"Escenas de cine mudo", de Julio Llamazares

Escenas de cine mudo (Julio Llamazares, Cátedra, colección Letras Hispánicas, 249 págs)

Magnífica edición de la novela –y lo digo así de intento, novela, a pesar de su carácter singular– de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), que vio la luz por primera vez en 1994, pero que ahora llega cuidadosamente anotada y con una completísima introducción de Carmen Valcárcel. Cabría decir que no hay mejor reseña del libro que la introducción de Valcárcel y utilizar esa excusa para ahorrarme estas líneas, pero claro, además de que para leer la introducción hay que hacerse antes con el libro, no me estaría ganando las habichuelas si no adujera razones por las que merece la pena acercarse a gozar de “Escenas de cine mudo”. Encontrándonos en un website de cine, obligatorio resulta señalar de entrada que el amante del Séptimo Arte y de la experiencia de las películas en sala gozará con la maravillosa conexión que sabe hacer el autor entre cine y vida, a través del talentoso manejo de la feliz evocación, de la nostalgia.

Lo primero que hay que decir, es que “Escenas de cine mudo” está maravillosamente escrita, las palabras cantan y regalan el oído del lector con su musicalidad. Llamazares ya tuvo que explicarse, y señalar que aquí hay elementos que remiten a su propia experiencia, pero que lo suyo no es propiamente una autobiografía, aunque las páginas de su obra estén ancladas en la realidad, y haya mucho de personal en sus veintinueve pinceladas, principiadas con un muy cinematográfico “Mientras pasan los títulos de crédito”. Estamos ante una evocación, unos recuerdos, que al modo de la magdalena proustiana son desatados gracias a la contemplación de unas fotografías, treinta, que estarían tomadas en los doce primeros años de la vida de Julio, el protagonista. Como las estrellas, pueden estar muertas, pero, gran misterio, su luz continúa brillando.

El cinematógrafo, el gran invento para la expresión artística que ha marcado el siglo XX, ha influido mucho en tantos creadores, también Llamazares, que ha intervenido en guiones cinematográficos, a veces basado en su propia obra literaria, Luna de lobos, otras aliándose con cineastas que aprecian su sensibilidad, el caso de Icíar Bollaín con Flores de otro mundo. Incluso se ha atrevido a dirigir, el poético documental Eloxio da distancia, hecho a cuatro manos con Felipe Vega, tras su colaboración en El techo del mundo.

“Escenas de cine mudo” nos lleva la población minera de Olleros, perdida entre montañas, Vegamián quedó anegado por las aguas de un pantano. Allí distintas empresas, incluso de nacionalidades diferentes, han tratado de explotar los yacimientos de hierro y carbón, lo que habría marcado las vidas de los lugareños y de los que vinieron en busca de una forma de salir adelante. Las fotos mudas se convierten, vistas por Julio, en elocuentes imágenes en movimiento que cuentan historias, disparan recuerdos, un poco como pasaba con los tatuajes de “El hombre ilustrado” de Ray Bradbury. Y en tales recuerdos abundan los momentos de cine, la memoria del local donde se proyectaban filmes como Horizontes de grandeza, con las carteleras de colores pintados a mano, los fantasmas que se han quedado vagando quién sabe dónde, esperando determinados encuentros. ¿Es la pregunta acertada '¿hay vida después de la muerte?' o al menos viene antes '¿hay vida antes de la muerte?'?

Hay situaciones como la de los rollos de películas deteriorados o su orden intercambiado que apelan a “zonas en sombra”, trozos de vida que quedan ocultos, no se ven o cambian de significado. O la de las noticias escuchadas en la radio, para un niño resulta difícil entender qué significa el asesinato del presidente Kennedy en Dallas, “que no había visto jamás, ni siquiera en el cine (y lo que no había visto en el cine, yo no podía imaginarlo)”, al final tal vez toque poner al asesinado el rostro de un actor de película. En el capítulo “La noche americana” hay un maravilloso símil, el de la proyección de la película en la sala oscura con la linterna bajo las sábanas que ilumina las páginas de un libros, en ambos casos las historias surgen en esa combinación de noche y día.

De lo local a lo universal, a las experiencias en las que pueden reconocerse, a su personal manera, tantos lectores. El muy viajado Llamazares conecta muchos lugares de todo el mundo en los que ha vivido, con los recuerdos desvaídos de los lugares de esa infancia que vuelve a brillar por las fotografías, y con el cine, como en el caso de la primera vez de ver el mar, hasta entonces sólo vislumbrado en la películas de Errol Flynn. Y lo hace de un modo que no resulta artificioso, preparando el terreno a veces para dar ese salto en el vacío donde acaba cayendo de pie, ya sea partiendo desde Berlín, Laponia o... la Luna.

La vida en blanco y negro, o en color, una huelga, vista como película para mayores en la España de Franco. La ironía sutil hacia el Generalísimo, que “creía que era un actor, como Charlot o el Gordo y el Flaco, sólo que con menos gracia”. Y la curiosa percepción del tiempo, unas horas pueden pasar rápidas, como dentro de una sala de cine, y unos minutos hacerse eternos, la ocasión en que se perdió en la catedral de León.

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