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"Vida en escena", de Max Ophüls

Vida en escena. Memorias (Max Ophüls, Cult Books, 164 págs)

"Vida en escena", de Max Ophüls

El libro de las memorias inconclusas del gran cineasta Max Ophüls, prematuramente fallecido a los 54 años a causa de sus problemas de corazón. Fue su esposa Hildegard la que las completó –lo ya escrito daba cuenta de su trayectoria desde su orígenes hasta la llegada a Hollywood–, añadiendo a modo casi de epílogo lo relativo a su relación con Preston Sturges y el rodaje de filmes como Carta de una desconocida, y su regreso a Europa con el cierre con Lola Montes de su carrera cinematográfica.

Ophüls daba el inicio de su escritura en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, afirmando que “trabajo en un libro que sin duda nunca será publicado, por la simple razón de que no encaja en ninguna categoría literaria. Este libro es consciente de que la miseria no es un arte, y como consecuencia la ignora. Ni tan siquiera habla de mí, solo de algunos hombres y mujeres que he tenido la suerte de conocer y que no olvidaré nunca, porque han seguido siendo profundamente humanos durante el terror más poderoso.” Y aunque podríamos enmendarle la plana, y afirmar que por supuesto que habla de él y su profesión artística, que tanto amó, hay que reconocerle además el tono positivo de su relato, no hay resentimiento ni ajustes de cuentas, ni siquiera cuando sus raíces judías aconsejan abandonar la escena europea, primero austríaca, luego italiana y francesa, por la que se movió.

El libro es un testimonio precioso y muy ameno de los últimos coletazos del imperio austrohúngaro, del período de entreguerras, de cómo eran las giras teatrales de las compañías a las que se incorpora, de las estancias en Viena y Berlín, de la importancia en su trayectoria de Max Reinhardt, y del auge del nazismo. Atrapa su explicación de cómo le fascinaba el teatro desde joven –sus pinitos de crítico de obras teatrales se le hacía dificilísima, porque no le gustaba juzgar mal el trabajo ajeno de algo que le encantaba–, y cómo horrorizaba a sus padres pequeñoburgueses la idea de que su retoño se inclinara por una carrera en los escenarios. De sus primeros papeles, de su mayor facilidad para la comedia que para el drama, de los puestos de dirección que le hacen crecer profesionalmente. Por supuesto da cuenta de cómo conoció a su mujer, con la que tuvo a su único hijo, Marcel.

Aunque no se trata de una obra excesivamente larga, está atravesada de numerosas anécdotas de las cuales el lector puede extraer valiosas lecciones, acerca de desafíos, egos de artistas y la importancia de tener cintura. Botón de muestra la del actor que debía hacer de mozo de estación, ausente una noche, y la imposibilidad de que un auténtico mozo de estación, pudiera sustituirle, atrapado por el pánico escénico, no podía hacer de sí mismo, le tocó hacer el papel al propio Ophüls. Y es que actuar requiere talento y profesionalidad, una preparación, una técnica, no siempre se puede contar con que alguien logrará mostrarse natural, tal y como es y nada más.

Del cine explica que “me atraía y, al mismo tiempo, me asustaba”, todo consistía en superar el miedo de pensar que detrás había una técnica muy difícil de aprender. Y pronto en UFA confiaron en él como ayudante de dirección y guionista, el paso previo a dirigir sus propios filmes, de los cuales el más destacado sería sin duda Amoríos, de 1933. Una de las grandes diferencias con el teatro, que supo interiorizar, fue la de que “los errores que se cometen permanecen en la película, nadie puede impedir que sucedan en la pantalla”.

Sobre los últimos años en Alemania, su marcha a Francia, y su movilización militar, logra dar unas pinceladas bien precisas acerca de la conciencia general de tantos que sabían que debían huir del área de influencia de Hitler, pero también de la gran capacidad que tenemos los seres humanos de quitar hierro a los peligros, de pensar, el caso de un artista, de ser diferentes, y que bastará con tener buenos amigos en las altas esferas para seguir a salvo. Nada desmiento más tal impresión que el vagón de tren compartido con el joven Strauss, que también huía como él de los nazis.

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