Mesa para dos (Amor Towles, Salamandra, 493 págs)
Amor Towles hace honor a su nombre de pila, es un “amor” de novelista capaz de entregar historias subyugantes, con personajes y situaciones interesantes y reconocibles, muy bien desarrollados. Se encuentra en la gran tradición de narradores estadounidenses, y si en los Nobel de Literatura no estuvieran con la tontería multicultural de premiar lo exótico y extravagante, seguramente ya estarían considerando en serio concederle el galardón. En “Normas de cortesía” nos acercó al Nueva York sofisticado en los años subsiguientes a la Gran Depresión, con “El caballero de Moscú” –convertida en una miniserie bastante inferior– se atrevía a recrear las consecuencias de la revolución rusa, a través de “Autopista hacia Lincoln” entregaba una historia en la tradición de las venturas de Tom Sawyer. Ahora vuelve a sorprendernos con “Mesa para dos”, que incluye seis cuentos maravillosos neoyorquinos, y una novela corta angelina, donde recupera a Eve Ross, uno de los personajes principales de “Normas de cortesía”, la mujer que sufría una transformación no sólo física, una cicatriz en el rostro, sino de carácter, tras sufrir un grave accidente de automóvil.
No sé si alguien habrá pensado que el hecho de que “Mesa para dos” no sea una sola voluminosa novela como sus predecesoras –aunque la suma de los relatos y la novela corta dan el mismo cuerpo al libro final–, podría significar que Towles ya no tiene capacidad para desplegar una trama tan compleja como las anteriores. Ignoro cómo las musas habrán inspirado al autor en esta ocasión, o lo harán en el futuro, pero considero que no ha perdido un ápice de su talento, y es más, aquí prueba que se le dan de maravilla los cuentos, los relatos cortos, que discurren de modo sorprendente, y que, como suele, sacan lo mejor de la naturaleza humana, sin negar, desde luego sus flaquezas y debilidades. Seguramente se le puede comparar a otros cuentistas, pero algunos cuentos me hicieron pensar en F. Scott Fitzgerald.
“La cola” arranca en Rusia, primero en el campo, y tras la revolución en Moscú, donde recala el matrimonio protagonista, ella muy convencida de las bondades del comunismo, él simplemente un hombre bueno, que trata de salir adelante, y como las tareas urbanas no son lo suyo, acaba haciendo las famosas colas del régimen, para proveer de productos a las necesidades del hogar, y aquí su corazón de oro trae alegría a las grises esperas compartidas con otras personas, e incluso eso acabará conectándole a... New York New York. Es un maravilloso homenaje a Paul Auster y a sus tramas sobre el azar, y al amor por la buena literatura y los libros “La balada de Timothy Touchett”, donde seguimos al personaje del título, que tiene la increíble habilidad de imitar la firma de consagrados novelistas.
Algo de cuento de Navidad tiene “Hasta luego”, donde dos personajes traban amistad en el aeropuerto de LaGuardia, donde han quedado atrapados por una nevada, y en que se habla de alcoholismo, amor conyugal y sacrificio por los demás, en una suerte de parábola que podría hacernos evocar al buen samaritano. También de dudas sobre el amor y confianza en el matrimonio, y de secretos no compartidos que pueden socavar una relación, se habla en la sorprendente “I Will Survive”.
Y en fin, también nos deja “pegados” lo que ocurre en “El traficante” con snob abonado a conciertos en Carnegie Hall con su esposa, e indignación con un anciano “pirata” que estaría grabando de tapadillo la representación, viva la música... Y viva el arte, la pintura renacentista, la Anunciación en “El fragmento de DiDomenico”, que habla de un cuadro fue que troceado y repartido entre los descendientes de una familia, y que es un canto a rendirse ante la belleza, por encima de intereses espurios, el dinero que todo lo mata, y que ofrecería un coleccionista.
Cualquiera de los relatos mencionados podría dar pie a un corto, a una película, o bien los seis a una miniserie antológica, aunque visto lo ocurrido con El caballero de Moscú, que es un pálido reflejo de la novela de Towles, quizá sea mejor dejarlo estar. Pero lo que me decidió a reseñar este libro en nuestra sección de “Libros de cine” es la novela corta “Eve en Hollywood”, que viene a ser una novela negra al estilo Raymond Chandler, con la característica de que transcurre, sí, en la meca del cine, en la época dorada de los grandes estudios, cuando está a punto de rodarse Lo que el viento se llevó. Y que contiene muchísimas referencias a las películas y artistas del momento.
De entrada resulta genial el arranque, cómo el detective de la policía jubilado y viudo Charlie Granger conoce a Eve Ross en el tren que le lleva a Los Ángeles, donde se dispone a vaciar su piso y quizá irse a vivir con su hijo, una de las mesas para dos a que alude el título genérico del libro, y que permite establecer una inesperada complicidad. Y Towles se las compone para describir las decisiones que se toman inopinadamente, con los caminos que abren en nuestras vidas. Eve, después de dejar a Tinker Grey, se ha reinventado recalando en un hotel donde conoce a una vieja estrella del cine mudo, Prentice Symmons, a la que nadie hace caso. Y entra en la vida de una rutilante actriz en ascenso, nada menos que Olivia de Havilland, con la que compartirá una noche estupenda, al estilo de las que pasaba antaño con su amiga neoyorquina Katey Content.
Fotos comprometidas, profesionales que se sienten despreciados, extorsionadores de pacotilla y más profesionales, el oficio del veterano, que sin embargo ya está algo oxidado... Con tramos donde tiene protagonismo uno u otro personaje, el autor desarrolla una fascinante historia de intriga, que al mismo tiempo nos lleva a esa época en que los estudios de cine eran un mecanismo muy bien engrasado, en que todo debía estar bajo control. El lector tiene la sensación de viajar en el tiempo a una época irrepetible del cine, y por el mismo precio contemplar una historia detectivesca muy clásica y al mismo tiempo original, incluso con un toque de feminismo de buena ley, esas fotos, reducidas convenientemente de tamaño.
