Martin Scorsese, el gran sacerdote del séptimo arte, ha colgado las llaves del templo.
En una charla reciente con el veterano crítico Peter Travers, el director de Taxi Driver y Uno de los nuestros confesó que ya no pisa una sala de cine. El motivo no es que se haya rendido al streaming... es que se ha cansado del ruido.
Según cuenta Travers en su nuevo blog The Travers Take, el cineasta estalla en cólera ante los móviles encendidos, los comentarios inoportunos, y ese desfile incesante de espectadores que entran y salen como si la sala fuese un bar con película de fondo. Martin Scorsese, que a sus 82 años sigue siendo un defensor acérrimo del cine como experiencia sagrada, no está dispuesto a ver cómo se derrumba el altar a base de pitidos y refrescos tamaño industrial.
En su lugar, ha optado por disfrutar del cine en su propia “capilla privada”: una sala de proyección en su casa de Nueva York, rodeada de pósters clásicos y recuerdos de toda una vida dedicada al celuloide. Allí ve, en silencio y con devoción, películas como TÁR, Hereditary o I Saw the TV Glow, sin temor a que un adolescente al lado decida ver TikToks en plena escena dramática.
Martin Scorsese lo deja claro: antes, cuando uno hablaba en el cine, era para comentar la película. Ahora, se habla sobre todo menos de cine. Y lo hace mientras se ilumina la sala con pantallas más brillantes que una explosión en Oppenheimer.
No es solo cosa de Scorsese. Para muchos, ir al cine hoy se parece más a una prueba de paciencia que a una experiencia artística. El ritual ha perdido fuerza y el respeto por la sala oscura se disuelve al ritmo de notificaciones y llamadas.
Así que Marty se queda en casa.
