Desde que Javier Bardem diera la vuelta a la clásica fábula de la cigarra y la hormiga en Los lunes al sol , se diría que ha
Desde que Javier Bardem diera la vuelta a la clásica fábula de la cigarra y la hormiga en Los lunes al sol, se diría que ha convertido en marca de fábrica el ejercer de cuentacuentos en las películas que interviene. Los villanos de sus cintas internacionales se presentan contando un cuento más o menos retorcidillo, que deja huella en sus interlocutores y consiguientemente, en el espectador.
En Collateral, donde le acompañaban Jamie Foxx y Tom Cruise, daba vida al gángster Félix, que cuenta una curiosa historia acerca del ayudante de Santa Claus, encargado de castigar a los niños que han sido malos ese año. Asesino profesional implacable, como Anton Chigurh en No es país para viejos, iba con su famosa moneda de 1958 a cuestas, con su cara o su cruz decidiendo caprichosamente si una persona debía vivir o morir: un cuento monetizado, podríamos decir, que le dio un Oscar.
Y Bardem con esos pelos, de pelucón a pelucón, le tenemos ahora de rubio como el villano Tiago Rodríguez, alias Raoul Silva, en Skyfall, lo último de James Bond, alias 007. También aquí se presenta de modo espectacular el malo malote de la función, descendiendo por un ascensor, y presentándose ante Daniel Craig como ex colega del MI6 contando... un cuento, el de las ratas entrenadas de tal modo que acaban devorándose entre sí.
A Javier Bardem está claro que le van los villanos y los cuentos. En cuanto ha estrenado Skyfall, haciendo de villano, enseguida le han preguntado cuáles son los villanos del mundo real. Y aquí ha encontrado argumento para un cuento basado en la cruda realidad: “los villanos son los que rescatan a los bancos que luego desahucian a las personas”. Seguía así la trama ya iniciada por su esposa, Penélope Cruz, que inició el cuento hace un par de meses, cuando declaró a La Stampa que las medidas de los gobiernos ante la crisis, incluidas las del del español Mariano Rajoy, “son equivocadas y crean cada vez mas desesperación”, a lo que sumó luego un poquito de ficción diciendo “produciré un par de películas al año en España para dar trabajo a cientos de personas”, algo que luego tuvo que matizar. Ojalá que este cuento tuviera un “happy end”, pero está difícil...
