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San Sebastián 2013, día 26: Colin Firth investiga crímenes y Jasmila Zbanic la guerra de Bosnia

La violencia forma parte, desgraciadamente, de nuestra existencia cotidiana, como se encargan de recordar las películas que hoy entran en competición por la Concha de Oro: “Condenados (Devil's Knot)”, de Atom Egoyan, sobre unos horribles crímenes y la búsqueda de chivos expiatorios, y “For Those Who Can Tell No Tales”, la mirada de una turista a las huellas de la guerra en Bosnia, contada por Jasmila Zbanić.

San Sebastián 2013, día 26: Colin Firth investiga crímenes y Jasmila Zbanic la guerra de Bosnia

Condenados (Devil's Knot) es una película basada en dramáticos hechos reales, que han dado pie a abundante bibliografía más varios documentales como West of Memphis, producido por Peter Jackson. Precisamente tanta abundancia de material parece pesar en los “expertos” en el caso, que comparan con lo que ya conocen y no acaban de quedar satisfechos. En cualquier caso el canadiense de origen armenio Atom Egoyan se las compone para entregar una película impactante.

El 5 de mayo de 1993 tres niños de ocho años de West Memphis, Arkansas, no volvieron a sus casas. Tras la denuncia de su desaparición, sus cadáveres lacerados aparecieron en una zona pantanosa. La policía, que inicialmente no se mostró diligente, sufrió indudables presiones políticas y mediáticas para dar con los culpables. Acabaron deteniendo a tres adolescentes, uno de los cuales confesó su culpabilidad, aunque luego se retractó y el valor de su testimonio se puso en entredicho, por ser retrasado mental. De todos modos en el imaginario colectivo caló la idea de que los crímenes estaban ligados a cultos satánicos, y el interés de uno de los acusados por estas prácticas encajaba en el perfil de culpable que “el pueblo” necesitaba. El film utiliza como hilo conductor al detective Ron Lax, que ayuda a los abogados de los acusados a reunir pruebas que al menos les libren de la pena capital.

Atom Egoyan vuelve a recrear la atmósfera de una comunidad herida por el dolor que provoca la muerte de niños inocentes, tema que abordó con maestría en El dulce porvenir. Cuenta para ello con un sólido guión de Scott Derricksonn y Paul Harris Boardman, y aunque no muy novedosamente, recrea bien el día fatídico de los crímenes, y las actuaciones policiales y judiciales posteriores. De modo que se siembran con talento dudas sobre lo que ocurrió, para subrayar en la intensa escena final que cierra la película, compartida por Colin Firth y Reese Witherspoon, que al menos tenemos datos para saber qué papel jugaron en los hechos los llamados “Tres de Memphis”.

Junto al conflicto dramático crucial –los padres a los que se les arrebatan los hijos–, se suman otros –el porvenir de los acusados, convertidos en cabezas de turco–, y la crítica al sistema policial y judicial en lo relativo a la investigación y al manejo de las pruebas. Ideas como caza de brujas, prejuicios, calmar a la opinión pública, acaban pesando más que el deseo estricto de hacer justicia, algo verdaderamente terrible. Después de verla en Mud, resulta una agradable sorpresa ver a Reese Witherspoon inmersa en una cinta arriesgada, con otro papel secundario que le permite desplegar su talento interpretativo. Es la segunda película a concurso en que vemos a Colin Firth; en ambas demuestra ser un buen actor, pero ni una ni otra son composiciones de las que acaparan premios, en opinion de este cronista.

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No es una turista accidental Jasmila Zbanic, que vuelve a pasearse por los horrores bélicos que ocurrieron en Bosnia-Herzegovina no hace tanto tiempo. La cineasta bosnia adopta en esta ocasión una óptica diferente a la de Grbavica, pues en esta ocasión el espectador es invitado a identificarse con Kym, la típica turista australiana, treintañera y soltera, viaja sola a Bosnia pertrechada por una guía y literatura de Ivo Andrid, “Un puente sobre el Drina”. Pasará una noche en un hotel de Visegrado, y sólo de vuelta a casa sabrá que aquel fue escenario de horribles crímenes, violaciones, tortura y asesinatos de más de un centenar de mujeres. Cobrar conciencia de ello le cambia para siempre, y le empuja a saber más.

Zbanić sabe crear la atmósfera que el film precisa con tan sólo 70 minutos. El impacto de saber la verdad en la protagonista, los recelos y deseos de olvidar de los lugareños, la mala conciencia y la autojustificación, las amenazas por hurgar en las heridas del pasado, que puede repetirse si no se recuerda. Todo eso va asomando con sutileza. Resulta ingenioso el modo que tiene la directora de invitar a regresar a paisajes poco agradables, pues ella ha hecho lo mismo que la turista protagonista -muy bien la actriz Kym Vercoe-, volver a esa realidad que no debe ignorarse. Todavía más es saber que la historia que se cuenta es auténtica, Vercoe hace de sí misma y recrea su experiencia catártica en Visegrado, cuando supo como turista de las barbaridades ocurridas en el hotel Vilina Vlas. Quizá se subraya demasiado la idea del hombre líquido, pero es un buen símbolo para hablar de esa tendencia a procurar que lo que no agrada resbale, no nos impregne, porque es doloroso.

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