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Cannes 2009: los bastardos de Tarantino decepcionan

Descubierto en Cannes con su primera película –Reservoir Dogs–, Quentin Tarantino ganaba en 1994 la Palma de Oro con Pulp Fiction, antes de elaborar el palmarés más escandaloso de Cannes en 2004, como Presidente del Jurado, con la Palma de Oro otorgada a Michael Moore por Fahrenheit 9/11. Después del éxito indudable de Kill Bill Volumen 1 y Kill Bill Volumen 2 en 2003 y 2004, es evidente que su ultima película, con un reparto prestigioso a la cabeza del cual se encuentra Brad Pitt, debía despertar un interés particular. Éste resultaba patente esta mañana en Cannes, donde las salas que proyectaban la película estaban llenas media hora antes de comenzar la proyección.

Cannes 2009: los bastardos de Tarantino decepcionan

Malditos bastardos pretende ofrecer la “visión Tarantino” de la acción de un comando americano que actúa en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, y que tiene por misión la liquidación de la jerarquía del régimen nazi, ocasionalmente del propio Hitler. El cine americano ha ofrecido ya otras veces el espectáculo del heroísmo de hombres audaces, a medio camino entre soldados y agentes secretos, enfrentados a misiones imposibles. Naturalmente Quentin Tarantino se apodera del género, pero no para repetir obras transformadas en clásicos del cine. Su estilo es el de humor en segundo grado, que mezcla violencia, suspense y parodia, sin olvidar un arranque dramático.

Su nueva película está dividida en capítulos. El prólogo muestra cómo el coronel nazi Hans Landa (Christophe Waltz) ejecuta a una familia judía, que bajo una nueva identidad, intenta escapar a la persecución. Sólo una hija de la familia logra escapar, Shosanna Dreyfus (Melanie Laurent), que se esconde en París y adquiere una nueva identidad como propietaria de un cine. De este prologo dramático, rodado con toda seriedad, pasamos a la organización del comando del teniente Aldo Raine (Brad Pitt), “Los Bastardos”, que pide a sus hombres un mínimo de “cueros cabelludos” de oficiales nazis, como en una vieja película americana de indios. El tono es ya diferente, hemos entrado en el terreno de la parodia. El comando debe conectar con una alemana que trabaja para los aliados, Bridget Hammersmark (Diana Kruger). Todos los personajes van a encontrarse en el cine de Shosanna Dreyfus para presentar una película a la mayor gloria del ejército nazi. Naturalmente esta parte de la película es la más inverosímil, pues conducirá a la liquidación de toda la plana mayor nazi, Hitler a la cabeza. Como en Kill Bill, la venganza será la clave argumental de la historia.

A partir de estos datos, podemos preguntarnos por qué la película ha decepcionado. Las razones son variadas. La primera y más clara es que tratar en tono de comedia un tema tan dramático como la eliminación de los judíos, no es tarea fácil. Ciertamente el estilo Tarantino nos tiene habituados a este humor en segundo grado. Aquí sin embargo la mezcla de drama y parodia no funciona siempre. Por otra parte, la película se pierde en interminables diálogos a lo largo de dos horas y media. Sólo al final se revela el estilo Tarantino en la secuencia del atentado, con sus excesos y hallazgos geniales. Pero la prueba ha sido demasiado larga y el resultado estético está muy lejos de las formidables secuencias de la violencia coreográfica de Kill Bill. Los actores son excelentes pero la presencia de Brad Pitt, discreta, sólo parece destinada a vitalizar comercialmente la película.

Ejercicio de estilo de Alain Resnais

Alain Resnais, uno de los representantes prestigiosos de la “nouvelle vague”, cuya historia esta unida a Cannes –recordemos el escándalo que producía hace 50 años Hiroshima, mon amour–, ha vuelto a Cannes con una comedia, Les herbes folles. Durante toda la proyección, el público seguía divertido la historia, y el trabajo siempre apasionante de Sabina Azema y de André Dussolier. Todo hacia prever una salva de aplausos al final. Sorpresa. En los últimos minutos la película emprendía un derrotero desconcertante. A la palabra fin, los criticos abandonaban la sala en silencio.

La historia contada es la adaptación de una novela de Christian Gailly “L’incident”. Su trama es simple. Un ladron callejero roba el bolso de Marguerite (Sabine Azema), y poco después Georges Palet (André Dussolier) encuentra los documentos que el bolso contenía. Durante toda la película, Georges y Manguerita juegan al ratón y al gato. Cuando uno se manifiesta, él otro lo rechaza. En la cabeza de los dos personajes se construyen historias posibles, todas bajo el signo de la más pura normalidad. Georges es casado y tiene ya hijos mayores, Marguerite es dentista y vive sola, su única afición excepcional es la aviación.

Toda la trama es la de la manifestación de un deseo vago de los protagonistas que hacen y deshacen castillos en el aire, que no llegan a concretarse y que conducen a una conclusión incomprensible, a la que Resnais ha añadido una réplica entre dos personajes que nada tienen que ver con la película. Es esta conclusión la que da a la obra una sensación de inacabada. Cuando el público espera una pirueta final de carácter festivo, se nos hace una rápida visita a un cementerio. Todo lo que hemos visto previamente aparece entonces como un brillante ejercicio de estilo, contado con la ayuda de grandes actores. Pero naturalmente de la visita de Alain Resnais a Cannes medio siglo después de la presentación de Hiroshima, mon amour se esperaba mucho más.

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