Se ha proyectado hoy la primera película española a concurso del certamen, Yo, también, un título que trata de concienciar acerca de las personas con síndrome de Down. Mientras, de las antípodas llegaba Blessed, un film coral sobre las tribulaciones de padres –mayormente madres– e hijos.
Antonio Naharro y Álvaro Pastor, debutantes en el largo, entregan un film, Yo, también, de indudables intenciones pedagógicas. Lo protagonizan personas con síndrome de Down, en primer lugar Pablo Pineda, el primer caso en España de alguien con esa discapacidad que obtiene un título universitario. La idea es describir precisamente la trayectoria de una persona, Daniel, que se encuentra en la frontera. No es un Down profundo, su familia le ha dado todo el cariño del mundo, y el esfuerzo de la madre por formarle intelectualmente en lo posible, ha permitido esa cercanía a la normalidad. Y de ahí viene su sufrimiento, cuando se enamora de una compañera de trabajo, Laura, funcionaria como él, y que es normal, lo que dificulta la relación: se supone que pueden ser amigos, y poco más. Aunque, ¿a qué llamamos normalidad? Porque el entorno familiar de ella ha sido disfuncional, hasta el punto de cortar cualquier contacto con el mismo.
La película está rodada con aire descuidado, cámara en mano, iluminación natural. Se desea atrapar la vida misma, la realidad tal como es. Y tal meta es su perdición, porque falta en parte la emoción, hay demasiado didactismo –a veces cayendo el tópico, véase la clase de sexo seguro con una banana–, otras pavor en caer en lo sensiblero y el ‘happy end’ –el lugar en que desemboca la relación de Daniel y Laura–, que conduce a la contradicción. Es buena y natural la interpretación de Pablo Pineda, y Lola Dueñas hace una esforzada composición de su personaje.
La bendición de los hijos
Se inscribe Blessed en la tradición de los filmes corales, de los que Australia entregó una buena muestra, también presentada hace unos años en San Sebastián, con Lantana. La película de Ana Kokkinos tiene dos segmentos bien diferenciados, en que se narran las cosas desde el punto de vista de los hijos, y del de las madres, familias desestructuradas de clase trabajadora e incluso etnias diferentes. De modo que ahí tenemos a una madre ludópata y de mentalidad adolescente, y a su hija una colegiala; ésta, con su amiga hija de una costurera, se va a meter en líos por robar en una tienda; el hermano de la amiga se ha fugado del hogar y ha tocado fondo prestándose a rodar vídeos para pederastas. También está el hijo de una enfermera, que tiene una bronca con su madre, y se cuela en la casa de una anciana a la que mata accidentalmente. Y los hijos que necesitan una asistenta social, porque su madre los descuida.
La idea del film es pintar una sociedad donde las relaciones familiares cada vez son más difíciles, por la inmadurez de los padres y la desorientación de los hijos. La directora trenza bien las diferentes historias, combina con tono esperanzado los desenlaces trágicos con las resoluciones que conceden una segunda oportunidad a sus protagonistas, todo ello rodado con buena factura y el trabajo de un excelente reparto, donde se reconocen los rostros de Frances O’Connor y Miranda Otto. Ayuda mucho a crear el ‘mood’ de la historia la magnífica partitura musical de Cezary Skubiszewski.
