Dos películas muy diferentes entraron en la competición. Kitano recuperaba sus historias de yakuzas, pero bajo el prisma de la caricatura. Mientras que el mexicano Alejandro González Iñárritu reflexiona sobre las penas de la vida apoyado en la interpretación de Javier Bardem.
Aplastado por el peso de miles de imágenes, es preciso que el critico-espectador haga un esfuerzo para ver claro, sin que quede, en la urgencia de jornadas agotadoras, demasiado tiempo para la reflexión. Con todo, la realidad de la diversidad del espíritu creador, venido del mundo entero, se impone en Cannes.
Caricatura de su propio cine
La reputación de Takeshi Kitano es hoy indiscutible en el cine mundial. En su arco pueden distinguirse varias cuerdas, desde la reflexión artística personal –como en su última película, dedicada a su propia pintura– a escapadas poéticas o transcendentes de sus grandes obras. Una de sus especialidades era la del cine negro japonés, las “películas de las yakuzas”. No la practicaba desde hace diez años, pero ha tenido ahora deseo de volver a tratarla en Outrage, que figura en la competición del Festival.
No hacen falta más de diez minutos para comprender que el director japonés pergeña la caricatura, sangrante, de sus películas de género. Desde las primeras imágenes sabemos que desfilarán muchos personajes, absolutamente necesarios para ilustrar la sucesivas ideas de masacres.
Un largo plano general de introducción nos muestra un grupo de “caids” de baja estofa, que trabajan bajo la protección del Presidente de la organización Sanno-kai, la mafia más poderosa de Tokio. El número dos de Sanno-kai aconseja a Ikemoto, jefe de un clan menor, abandonar su colaboración con otra yakuza exterior a Sanno-kai. Ello da pie a que Ikemoto intente eliminar a su colaborador.
Poco importan las incidencias. Es claro que esta primera traición será seguida de muchas otras. Masacres y traiciones se suceden, en muchos casos con imágenes de una excepcional violencia. Todo es tan extremo, que no puede tomarse en serio. Detrás del primer grado de comprensión existe la idea de la parodia, que naturalmente contrasta con la seriedad con la que Takeshi Kitano abordaba en el pasado el mundo de las yakuzas. De la tragedia se pasa casi a la caricatura, y en el fondo la película pasaría por una broma – pesada– que el director japonés ha decidido hacer a los amantes del género.
Desolación con la cara de Javier Bardem
España vuelve a asomar en Cannes bajo el signo de la coproducción, con la última película del mexicano Alejandro González Iñárritu. Rodada en Barcelona, está protagonizada por Javier Bardem. Podemos preguntarnos si Barcelona es decisiva en la historia. Seguramente no, y no hay prácticamente nada, salvo un plano general de la ciudad con la Sagrada Familia, que evoque la capital catalana. Los personajes son chinos o africanos, pues estamos en los bajos fondos de la ciudad, que esta vez justifican el nombre de “barrio chino”. Es cierto que la acción podría tener lugar en cualquier gran ciudad europea, donde existe la inmigración clandestina y la explotación de una mano de obra a bajo precio.
Desde las primeras imágenes comprendemos que estamos ante una tragedia. Uxbal (Javier Bardem) se somete un examen médico y le diagnostican un cáncer, sólo le quedan unos meses de vida. Seguimos despues al personaje, que separado de su mujer, Marambra (Maricel Alvarez), víctima de la droga, tiene la custodia de sus dos hijos. Uxbal se gana la vida de un modo nada brillante, sirve de contacto con un policía corrupto, para facilitar el trabajo clandestino de familias chinas enteras. Además acredita ciertos poderes mágicos, consuela a las familias de los difuntos previo pago, para transmitirles un mensaje consolador. Todo ello hace de Uxbal un personaje profundamente trágico, angustiado por sus responsabilidades de padre, sus acciones egoístas con los clandestinos y el panorama de una muerte cercana. González Iñárritu filma el itinerario de Uxbar como un descenso a los infiernos, una verdadera pesadilla agravada por la muerte por accidente, de un numeroso grupo de clandestinos chinos.
La película se fundamenta en el trabajo de Javier Bardem, omnipresente en la pantalla y que logra transmitir las contradicciones de su personaje, sus angustias y dudas. La película cobra, gracias a él, una dimensión humana, a pesar de presentar siempre un ambiente sórdido, de miseria física y moral. Con todo el realizador deja en la última imagen, que prolonga la primera de la película, una puerta abierta a la transcendencia.
El regreso de Godard
Silencioso desde hace varios años, Jean-Luc Godard vuelve a la actividad cinematográfica con una película de la que ya el título resulta enigmático: Film Socialisme. Gran expectación, pues, había por ver esta película, que forma parte de la sección “Un certain Regard” fuera de la competición. Pero pronto la decepción ganaba a la sala de proyección para prensa. Al cabo de unos minutos comenzaban las deserciones, que se prolongaban a lo largo de los ciento dos minutos de proyección.
¿Cómo hacer una película sin historia, siguiendo el estilo godardiano de la mayor parte de su carrera? Pues con imágenes y con palabras, sin preocuparse demasiado del sentido de las unas y de las otras. Todo ello nos llegará en la primera parte de la película, en el marco del crucero de un barco de lujo. Imágenes de una gran belleza del mar, de la cubierta del barco, interrumpidas por textos incomprensibles. Sólo una idea clara he sacado de las citas de la película: del oro de la Republica española, que salio en dirección de Moscu, un tercio se perdió en el camino.
Después del crucero en el Mediterráneo, entramos en contacto con una familia del Sur de Francia que posee un garaje. En fin, Godard evoca seis lugares históricos: Egipto, Palestina, Odesa, Grecia, Napoles y Barcelona. Las citas de grandes escritores se entremezclan con frases triviales. De vez en cuando parece que se va a seguir una idea apuntada, pero pronto ésta será abandonada. Al final se tiene la impresión de un trabajo desordenado y sin demasiado sentido. Godard tiene sin duda algo que decir –sobre Europa, la democracia, el Islam, etc–, pero ningún razonamiento es coherente. La película se venderá bajo la etiqueta de su nombre, a la que podrá añadirse la de “Cannes 2010”. Pero es de temer, no sólo que el publico abandone la sala, sino que ni siquiera se decida a entrar.
