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Reportajes

Cannes 2012, día 19: ley seca, monjas, fundamentalismo y tedio

El Festival de Cannes, quizá por su carácter universal, nos obliga a realizar en apenas unas horas viajes extraordinarios, temporales, geográficos y temáticos. Es la magia del cine, que nos propone situaciones y vivencias insólitas en los lugares y épocas variadísimos.

Así, debemos pasar de la época de la ley seca en los Estados Unidos, en los años veinte (“Lawless”, de John Hillcoat), a los dramas de un convento ortodoxo en la Rumanía actual (“Dupa Dealuri” de Cristian Mungiu), sin olvidar los atentados islamistas de Casablanca en 2003 (“Los caballos de fuego” de Nabil Ayouch”), ni las reflexiones de una antigua Palma de Oro a orillas del río Mekong. Ello obliga a un intenso ejercicio mental que vale la pena hacer.

Polis y ladrones de la ley seca

Lawless (“Hombres sin ley”), del australiano John Hillcoat, nos conduce al condado de Franklin en Virginia, donde en 1931 florece al amparo de la ley seca de los Estados Unidos una floreciente industria de whisky regentada por los tres hermanos Bondurant -Jack, Howard y Forrest (Shia LaBeouf, Tom Hardy y Jason Clarke)- que serán perseguidos por un odioso agente federal, Charlie Rakes (Guy Pearce). No es el primer film americano de Hillcoat, que afirma haber querido realizar una película policíaca, aunque al final se confunde con un western.

El estilo puede definirse como clásico, pero Hillcoat no desea dar a este término un carácter de pura repetición, su película tiene la aspiración de hacer revivir una serie de mitos del cine negro y del western con ayuda de una renovación de la intensidad de la aventura y con una trama que, en este caso, pone de manifiesto los lazos familiares. Y ofrece una historia violenta de sangre y de venganza centrada en la persecución implacable de los traficantes por una policía corrompida y un agente federal que es el autentico “malo” de la historia. Las cualidades ya probadas por Hillcoat en La propuesta y The Road se confirman aquí con una producción destinada al gran público, que tiene además la virtud de terminar sin tintes trágicos, pues el final de la ley seca facilita el futuro de los hermanos Bondurant y las posibilidades de llevar una vida familiar ejemplar.

Historia de una monjas

Cristian Mungiu, Palma de Oro sorpresa en 2007 por 4 meses, 3 semanas, 2 días, firma su tercera película, Dupa Dealuri (Mas allá de las colinas). Su obra era esperada con interés, pues debía servir para confirmar su talento, y también por abordar un tema inhabitual, único en el cine moderno, ya que la acción transcurre en el seno de una comunidad de religiosas ortodoxas, dirigida por un pope. Alina (Cristina Flutur) que ha crecido en un orfelinato junto a Voichita (Cosmina Stratan), retorna a Rumanía después de cierto tiempo de trabajo en Alemania. Desea ahora que Voichita la acompañe, pues les une una amistad apasionada. La dificultad estriba en que Voichita es ahora novicia en un monasterio ortodoxo, ha encontrado la paz en su relación con Dios y con la comunidad. Alina acepta mal la nueva situación y tiene varias crisis que podrían ser de epilepsia, y que la conducen al hospital. Finalmente los médicos envían a Aline al convento, donde seguirán los mismos métodos aplicados en el centro sanitario, lo que supone atar brutalmente a la enferma a la cama. A ello se suman algunas sesiones de “exorcismo”, con resultados fatales. La policía se interesará por el caso, y toda la comunidad deberá rendir cuentas a la justicia.

Mungiu se inspira en un acontecimiento real ocurrido en Rumanía, que naturalmente ha modificado para completar con elementos nuevos el guión de su película. Pero no adopta, contra lo que podría creerse, una actitud crítica ante los personajes; sólo busca, afirma, que los espectadores saquen las obligadas conclusiones. Estas serían desfavorables a ciertas formas de rigorismo que reviste la ortodoxia en Rumanía, y ello aunque la comunidad presentada aparece como algo marginal. Su película puede ayudar a reflexionar sobre estas prácticas. Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico la película confirma plenamente el talento de Mungiu, en suntuosos planos secuencia. Su ritmo, siempre vivo, transmite bien al espectador los avatares de su curiosa aventura.

Fundamentalismo islámico y tedio tailandés

Los caballos de Dios de Nabil Ayouch, presentada en “Un Certain Regard”, confirma la calidad de esta sección, tanto por su forma cinematográfica como por la calidad de sus intérpretes y, sobre todo, por el interés del tema evocado. La película se centra, inspirándose en una frase de Mahoma -“Volad, caballos de fuego-, en los atentados islamistas que ensangrentaban Casablanca en 2003. La película, inspirada en la novela de Mahi Bibebine “Les étoiles de Sidi Moumen”, describe el itinerario de un grupo de jóvenes, procedentes del barrio de chabolas de Sidi Moumen de Casablanca, hasta que se involucran en los atentados de 2003. Una gran parte de la película está destinada a contar la vida de los jóvenes terroristas, marcada por la pobreza y las dificultades familiares, lo que les convierte en materia prima ideal para los fanáticos islamistas, que les transmiten una cierta seguridad trascendente, donde el “martirio” se considera como una oportunidad positiva para sus vidas. Ya varias películas se han ocupado de esta cuestión, quizá barajando los mismos elementos – pienso en la película francesa Desintegración- pero quizá de todas ellas, Los caballos de fuego sea la más completa y rica en contenidos sociológicos y psicológicos. Interpretada por actores no profesionales procedentes del barrio de Sidi Moumen, la narración tiene el sello de la autenticidad y ayuda a comprender el fenómeno islámico.

El tailandés Apichatpong Weerasethakul presentaba, también en “Un Certaine Regard”, Mekong Hotel, a modo de tarjeta postal enviada a Cannes por el autor de la más polémica Palma de Oro de toda la historia del festival (Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, de 2010). Y lo que vemos nos confirma la fidelidad de Cannes a sus figuras, mayor que el interés de la obra presentada, el de la que nos ocupa muy discutido y discutible. Hotel Mekong, que sólo dura una hora, se reduce a media docena de secuencias con la cámara fija situada a cierta distancia de dos personajes que dialogan sin decir nada significativo. Es preciso leer las líneas de un sucinto dossier de prensa para saber algo más de esta película, que seguramente no será comercializada en ninguna parte. No nos queda más que desear una verdadera nueva película, que se esfuerce, cuando menos, en abandonar la pose de cineasta maldito en que parece complacerse Weerasetthakul.

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