Todavía es pronto para hacer pronósticos pero casi en la mitad del 66 Festival de Cannes ciertas películas dominan. En primer lugar "The Past" de Asghar Farhadi, seguida de "A Touch of Sin" de Jia Zhangke y de "Like Father, Like Son" de Hirokazu Koreeda. Seguramente estas tres obras figurarán en el Palmarés.
Pero otros nombres pueden ser rápidamente añadidos dada la buena acogida que han tenido hoy tres cineastas singulares, que nos ofrecen dos películas, pues están firmadas por los hermanos Coen y por el neerlandés Alex Van Warmerdam. Muchas otras películas se suceden en las pantallas de Cannes. Citemos L’image Manquante, en la cual el cineasta camboyano Rithy Panh continúa su estudio del genocidio de su país, o la película de Flora Lau, fotografiada por Christopher Doyle, que trata de los problemas relativos a los límites entre Hong-Kong y China, con su diferentes niveles sociales y económicos.
Los hermanos Ethan y Joel Coen forman
parte del círculo de los íntimos de Cannes, Palma de Oro por Barton Fink en 1991. Han estado ausentes durante seis años pues su última película presentada se remonta al truculento No es país para viejos, que le valía un premio a Javier Bardem. Esta vez vienen con la historia de un cantante de folk de Nueva York que, en los años sesenta, se debate en Greenwich Village por imponer una música que sólo será aceptada unos años más tarde con el éxito de Bob Dylan. Inside Llewyn Davis podría parecer un biografía de un artista real que no llega a obtener el reconocimiento de su talento, pero es en realidad una obra de ficción. Inútil buscar el nombre de Llewyn Davis en internet para tener idea de quién era. Internet os enviará simplemente “al protagonista de una película de los hermanos Coen”.
La realidad es más compleja, puesto que el guión de la película se inspira en las memorias inacabadas del músico cantante Dave Van Ronk. Varios elementos de su vida real se conservan en la película, pero una vez más lo que interesa a los hermanos Coen es recrear una época a través de unos personajes. La historia puede así lanzarse partiendo de una imagen inicial que sería la de un cantante que era agredido por un enemigo de la “folk music” a la entrada del bar donde actúa. Y luego está el genio de los hermanos Coen, que hoy han dicho en rueda de prensa hoy que han construido el guión en torno de un gato, que efectivamente tiene un papel importante en las desventuras de Llewyn Davis. Este se encuentra en una situación difícil, sin casa y si dinero y víctima además de su desorden personal, que vienen de las derivas morales de la época: aventuras amorosas; abortos clandestinos, excesos en la bebida. Todo ello, no es necesario decirlo, comienza y termina por las canciones que ha readaptado con elementos más o menos previos, T Bone Burnett. Inside Llewyn Davis es así una película nostálgica, con una buena dosis de humor que le dan sus situaciones divertidas, sus diálogos crudos y chispeantes y sus personajes pintorescos, asumidos por excelentes actores: Oscar Isaac como Llewyn Davis, pero también Carrey Mulligan, Justin Timberlake o Garrett Hedlund, sin olvidar -inevitable en las películas de los Coen- la aparición aplastante del voluminoso John Goodman.
Con Borgman, su octava película, el neerlandés Alex Van Warmerdam llega por primera vez a la competición de Cannes. Sus obras son a menudo desconcertantes y aquí brilla también una singularidad evidente. Es difícil poner una etiqueta a esta película, y más difícil aún orientarse correctamente sobre la dirección que la historia va a tomar. En principio, en dos líneas, se nos había dado una pista: la instalación de un vagabundo en una familia burguesa. Verdadero y falso, pues ya de entrada asistimos a una batida, escopeta en mano, que dan las fuerzas vivas de una ciudad a un vagabundo instalado en un bosque. Un vagabundo que en realidad son varios, pues pronto descubrimos toda una red de personas instaladas en la tierra, hábilmente cubiertas de un camuflaje perfecto. Este inicio no realista nos devuelve pronto a la realidad. El hombre, Camiel Borgman (Jan Bijvoet), llama a varias puertas pidiendo permiso para bañarse. En una familia será primero acogido con violencia por el marido (Jeroen Perceval), y luego tendrá un recibimiento más amistoso de la esposa (Hadewych Minis). Hasta aquí todo promete un esquema de estilo Teorema de Pasolini. Pero no, ninguna escena de pasiones reprimidas y al fin “liberadas”. Sigue la petición de ayuda de Camiel a dos mujeres que actúan como los agentes de una perfecta organización criminal que ejecuta un plan preciso, lo que conducirá a eliminar poco a poco los personajes. Se llega así a la película de terror, siempre en un segundo grado, para concluir con una visión metafísica del mal. Nos acordamos entonces de una cita bíblica que habla de los espíritus malignos que atacan las almas.
En la rueda de prensa, Alex Van Warmerdam y sus actores se han cuidado muy bien de decirnos quiénes eran sus personajes misteriosos decididos a turbar a los humanos. Parece evidente que representan el mal que pone de manifiesto los deseos humanos más o menos turbios. Existen además otras alusiones bíblicas en la película, como la diversidad de apariencias de Camiel y como la transformación del jardín original. Todo ello se inspira en una concepción del mundo judeo-cristiana, pero llama la atención la nota negativa que corona la obra. Camiel habrá conseguido a eliminar todo el mundo, para ganar para su causa a los tres niños de la familia, que teniendo en cuenta sus compañeros “infernales” no prometen al mundo un porvenir feliz.
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