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SIN ESPECIFICAR

Cannes 2011, día 18

Veinticuatro horas intensas, a caballo entre dos jornadas, que han demostrado la diversidad del Festival de Cannes. Para llegar de un homenaje a Jean-Paul Belmondo hasta una película sobre la campaña presidencial de Nicolas Sarkozy, hemos pasado por el cine de ensayo y el cine de autor, entregado por ilustres representantes.

Pero antes vamos a dar un repaso a lo que ha dado de sí la sección oficial. Y en primer lugar hay que señalar que una salva de aplausos de diez minutos ha acogido a Alain Cavalier, como en 1986 el día de la presentación de Thérèse, su obra maestra sobre Santa Teresa de Lisieux. Venía a presentar en competición, en compañía del actor Vincent Lindon, Pater, una muestra de lo que es desde hace años su cine, manifestación de su amor de filmar, con medios mínimos y prácticamente sin presupuesto. Se trata esta vez de una fantasía improvisada, en la que Cavalier se atribuye nada menos que el papel de Presidente de la República, que nombra a su amigo, casi a su hijo, Vincent Lindon, Primer Ministro. Todo ello da lugar a un divertido dúo, sin demasiadas intenciones políticas, pero que muestra cómo todo el mundo podría ser cineasta con un poco de afición y buena voluntad. Es difícil de evitar, naturalmente, la trivialidad de una buena parte de las secuencias filmadas, pero en otros momentos el juego al que se entregan los dos interesados ofrece hermosos momentos de cine. Con todo, la explotación de este tipo de cine encontrará prácticamente cerrada la vía a las salas de cine. La televisión, que en este caso coproduce, asegura sin embargo una difusión a lo que es una “curiosidad” del cine moderno.

Habla el cine de autor: Naomi Kawase y Lars Von Trier

Naomi Kawase vuelve a Cannes con Hanezu. La directora nipona obtuvo la Cámara de Oro, que premia una primera película, en 1997, con Suzaku, y volvió en 2007 donde ganaba el Gran Premio del Festival por El bosque del luto. Y en San Sebastián el año pasado había obtenido el Premio de la Crítica por su documental Genpin. El tiempo pasa y de una obra a otra, su estilo sigue siendo fiel a una serie de postulados: el primero, la importancia dada a la naturaleza, el segundo, la belleza de sus imágenes, el tercero, quizá, el gusto por el detalle en las realidades que filma.

Enraizada en la región de Nara, considerada como la cuna del Japón, Naomi Kawase reduce al máximo las peripecias de sus historias, a las que da además un valor simbólico. Se trata aquí de evocar tres montañas de la región, a las que un poeta había atribuido un triángulo amoroso: dos hombres disputándose el amor de una mujer. Sus personajes son así la encarnación de un conflicto que se produce en una pareja, cuando la esposa confiesa amar a otro hombre. Todo ello conducirá al suicidio del hombre que pierde. La acción está siempre rodeada de la magnificencia de la naturaleza, que traduce una preocupación esencialmente poética. El cine de Naomi Kawase parece dejar de lado a los humanos, para interesarse por las fuerzas telúricas que rigen los destinos de los mortales.

Después de Anticristo, que en 2009 causaba escándalo en Cannes, por la violencia de sus escenas sexuales, se esperaba el retorno al cine de Lars Von Trier. Como se sabe, su anterior película era el resultado de una grave depresión. Hoy Melancholia debía marcar el retorno del autor a la normalidad. Su nueva película, no es sin embargo, una completa normalización de su caso, ya que la melancolía de la que habla el título de la película es doble: alusión a una actitud mental próxima a la depresión y, al mismo tiempo, nombre de un planeta que amenaza a la Tierra con la destrucción total en su carrera por el espacio. Rodada en un suntuoso castillo sueco, la película va a describir en dos capítulos diferentes el destino de dos hermanas: Justina (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg). Todo empieza por la faustosa fiesta del matrimonio de Justina, para interesarse después por el fin del mundo anunciado, por la colisión con el planeta Melancolía.

Lars Von Trier dice haberse interesado, sobre todo en la primera parte de la cinta, por el romanticismo alemán, y no duda en evocar el mundo visual de Luchino Visconti al celebrar el matrimonio de su heroína. La belleza formal de estas imágenes no está al servicio de nada positivo. Los esposos se separaran después de habernos invitado a una de esas fiestas de familia escandinavas, donde las tensiones son manifiestas, sin que nadie escape al drama y la frustración. El placer estético es indudable, pero la idea de felicidad está ausente.

La segunda parte de la película se concentra en el fin del mundo, que seguramente obsesiona a Lars Von Trier. Todo apunta al aniquilamiento absoluto, pues los personajes nos han dicho previamente que la Tierra contiene la única vida del universo. Con esta película, el cineasta danés prueba una vez más su inmensa clase tras la cámara, pero también la confusión de sus ideas, sintomáticas de un pesimismo radical, que sigue siendo la nota dominante de su cine.

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