Triple ración de cine a concurso en el segundo día soleado en San Sebastián. España y China muestran cómo los desgarros ideológicos de esos países dan pie a tremendos dramas personales, mientras que Suecia ofrece uno de esos dramas que te encogen el corazón pese al supuesto “happy end” que le da título.
La guerra que no cesa. La civil española, ¿cuál otra si no? Ahora aborda sus consecuencias inmediatas Benito Zambrano con La voz dormida, adaptación de una novela de Dulce Chacón. Sigue a Pepita, chica sencilla de provincias, recomendada para servir en una casa en Madrid, con idea de estar cerca de su hermana Tensi, en prisión por razones políticas. Tensi está embarazada, y su marido y otros camaradas del partido se encuentran refugiados en la sierra, aunque la guardia civil les pisa los talones. Pepita hará a regañadientes de correveidile entre su hermana y su cuñado, donde el riesgo de Tensi de acabar ante un pelotón de ejecución es alto a pesar de su incipiente maternidad.
Que nadie busque al Benito Zambrano de Solas en esta película, a ese Benito Zambrano no se le ha vuelto a ver, ni en Padre coraje, correcto telefilm, ni en su fallida aventura cubana Habana Blues. Aquí entrega un aseadito film ya visto muchos veces y completamente previsible, su versión más reciente sería Las 13 rosas de Emilio Martínez Lázaro. De nuevo tenemos una mirada a la guerra fraticida hispana, escorada hacia el lado de los vencidos, con escasos matices al presentar procesos legales sin garantías jurídicas, monjas y curas muy poco cristianos y demás clichés al uso. No se evita la reiteración a la hora de intentar asentar ciertas ideas, como la de mostrar la solidaridad entre las mujeres encerradas, o los abusos de la autoridades de la nueva España. Y ciertos recursos melodramáticos -el emotivo canto de la Internacional, el cuaderno para la hija que va a nacer, la carcelera compasiva...- no dejan de chirriar. Comercialmente el film funcionará entre el sector del público más afín al punto de vista presentado, y a quien sin planteamientos de partido disfrute con el drama rayano en lo sensiblero.
En este paisaje salva la película del naufragio un nombre, María León, la actriz que encarna con convicción a la protagonista Pepita. Ella no se sabe de ideologías, es una mujer piadosa, quiere con locura a su hermana, por amor se arriesgará lo indecible. Ingenua y lista, generosa y prudente, valiente y con sentido común, el personaje es rico y León lo compone muy bien, incluso en algunas relamidas escenas con un pretendiente, y aguantando el tipo en las duras escenas en que sufre tremendas vejaciones. En cambio la hermana Tensi resulta más impostada. Inma Cuesta resulta creíble en la relación con su hermana y en su ilusionada experiencia de madre, pero no tanto a la hora de sostener sus convicciones ideológicas, su pose en esos pasajes resulta demasiado mitinera.
La programación no casual el mismo día de la película china 11 Flowers invita a las comparaciones, de las que sale mejor parado Wang Xiaoshuai que Zambrano. Su película se sitúa en la China de 1975, el último año de la revolución cultural. Como en I Wish de Hirokazu Koreeda, tenemos protagonista infantil, las once flores del título aluden a sus once años. Seguimos la vida cotidiana de este chico en una época que se nos comenta es la que fue, y que se nos invita a mirar con respeto. El padre de Wang Han es un intelectual reconvertido por la fuerza de las circunstancias, que desea que el chico desarrolle su sensibilidad artística pintando. El chaval tiene tres grandes amigos con los que vive sus pequeñas aventuras. Entre ellas la del asesinato de un guardián de la revolución que violó a una jovencita, el crimen lo ha cometido su hermano, que se oculta junto al río, donde Wang Han tiene un encontronazo con él y un secreto que ocultar.
Recuerda un poco el film de Xiaoshuai a Cuenta conmigo, también es una historia iniciática, de introducción a la vida adulta, el final de la inocencia. El director de La bicicleta de Pekín o In Love We Trust la desarrolla con habilidad, sabe presentar y desarrollar personajes y conflictos contextualizándolos, ello en una zona rural fotografiada muy bellamente.
Happy End del sueco Björn Runge es una producción de Zentropa, con esa tristeza característica de gran parte del cine nórdico. Aunque bastante deprimente y con ciertos excesos, Runge sabe unir historias, la de la madre profesora de autoescuela, que se deja la vida en tratar de salvar la de su único hijo, que ha intentado suicidarse; y la de la chica que limpia su casa, novia de un impresentable que la maltrata físicamente, y que se hartará de “limpiar” mierda, metafóricamente hablando, de las personas a las que aprecia, deberá aprender a cuidarse a sí misma. Hay cierta humanidad en la desesperanza, y un buen trabajo actoral de Ann Petrén y Hanna Malmberg. En cuanto al final feliz, cabría apostillar... dentro de lo que cabe.
