Siempre me han fascinado los thrillers a la española, por ejemplo cuando en Brigada central los policías perseguían en un coche con matrícula M-4801 a otro que tenía la M-4802. Y por cierto, todos los vehículos parecían impecables, recién salidos del concesionario, hasta que salía un viejo Seat 1600, ¡y ese justo era el que explotaba o se caía por un precipicio! O sea que si un personaje osaba meterse en un destartalado cacharro, ya sabías que iba a morir.
Este año se me había olvidado lo cutres que éramos, gracias a El niño, y La isla mínima, desde luego dos películas de enorme calidad, donde destacan precisamente las persecuciones.
Pero hete aquí que llega Manuel Gómez Pereira, el hombre que resucitó en los 90 las españoladas de toda la vida, con pelis tipo ;¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, para recordarnos que estamos filmando películas por encima de nuestras posibilidades y que en realidad en España somos casposos.
El hombre ya había rodado un intento de cine negro titulado Entre las piernas, que por su título dejaba claro que en realidad lo que le interesaban eran las secuencias de cama. Y después su carrera acabó cuando se gastó una burrada de dinero con Desafinado, que se cargó nada menos que a Lolafilms, la distribuidora apoyada por Telefónica. Si le dejan hacer dos pelis más, liquida incluso a la insigne compañía de telecomunicaciones.
Ahora, el cineasta vuelve a desafinar con La ignorancia de la sangre, con la que se suma a esta tendencia neo-noir del cine patrio de los últimos tiempos, y por supuesto, ¡también sitúa la acción en el sur de España dándole un toque tenebroso y tal! Parece que ningún thriller español de este año puede transcurrir en Cuenca. Aporta un toque retro para recordarnos nuestra esencia cutre, no sea que se nos suba a la cabeza tanta peli bien rodada. Que nadie ignore que la sangre de los realizadores españoles es por esencia mugrienta.
No tiene desperdicio. Por ejemplo, el poli protagonista encuentra un disco duro con horas de imágenes de una orgía de la mafia rusa, tomadas según dice “con cámara oculta”, pero éstas aparecen perfectamente centradas, iluminadas y editadas.
En la misma cinta también sale una comisaría de Sevilla calcada por completo del decorado de CSI, por lo que canta “La traviata” y hasta el “Va pensiero”, del “Nabuco”, de Verdi. Yo no he estado en ninguna, pero no resulta demasiado creíble que en la ciudad bética los despachos policiales sean así.
Pero lo más hilarante es la secuencia en la que al prota, Juan Diego Botto, le llama un personaje que trabaja para los servicios secretos y su móvil anuncia con un letrero enorme: “CNI”. ¡Muy discreto el tipo! Y el final tiene la trampa más tonta y evidente que he visto en el cine en mucho tiempo. No la cuento por si veis la peli y os la creéis, pero vamos, lo dudo.
En resumen, después de tantas comedias de enredos chabacanos, por fin Manuel Gómez Pereira ha conseguido hacerme reír con uno de sus trabajos.
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