Que conste que defiendo la propiedad intelectual, pues publico libros habitualmente por la simple razón de sacar rendimiento económico. Los juntaletras también comemos. Pero a veces se llevan las cosas a extremos absurdos, como cuando una serie de indeseables con pocos éxitos musicales en su haber dirigían la SGAE y se dedicaban a vigilar qué se pinchaba en las bodas.
En la misma línea, acabo de enterarme de que por haberle dicho a mi padre esta mañana que estaba hecho “un superhéroe” igual tengo que pagarle 'royalties' a Walt Disney, propietaria de Marvel, que junto a DC registró el término. No sé, a priori suena un tanto extraño que se puedan apropiar de una palabra así, o sea entiendo que la ley proteja "Mickey Mouse" o "Coca cola", pero me escama que lo haga con la unión de dos palabras que provienen del griego antiguo hērōs (ser excelso) y el latín super (estar por encima). Ni un supervillano sería capaz de tamaña desfachatez.
Lo más curioso del caso es que ninguna de las dos empresas juntó los términos por primera vez. Al parecer ya se hizo en un serial radiofónico en 1917, veinte años antes de la invención de Superman. Aún así, durante todo este tiempo Marvel y DC han perseguido implacablemente a quienes quisieran poner un pequeño negocio o publicar algo que utilizara el término “superhéroe”.
Acabo de leer en las noticias que Graham Jules, británico de 48 años, había sido denunciado por ambas empresas por publicar un volumen de autoayuda que se titula “Business Zero to Superhero” (algo así como “negocios desde cero al nivel superhéroe”). El hombre sí que ha realizado una hazaña propia de los personajes con capa más aguerridos del cómic, pues frente a los superabogados de las megacorporaciones, decidió defenderse a sí mismo en el juicio… ¡armado con un peligroso libro sobre derechos de autor! Pues bien, ni Iron Man, ni Spider-Man, ni los X-Men han podido con él, y finalmente se ha alzado victorioso.
Lo peor de todo… ¡quedan muchas batallas que ganar! Existen más palabras que se usan de forma cotidiana pero resulta que pertenecen a diversas entidades. Me siento como Carrie Fisher, la actriz que encarna a la Princesa Leia, en La guerra de las galaxias, que se queja de que George Lucas le obligó a cederle los derechos de imagen. “Así que cuando me miro al espejo… ¡le tengo que pagar!
1. Yo-yo. Por mucho que un tal Donald F. Duncan se haya hecho dueño de la palabra, resulta que viene del tagalo, una lengua de Filipinas, y quiere decir “viene-viene”. El propietario sugiere que utilices “juguete giratorio con cuerda”. Sí, hombre… ¿y qué más?
2. Jacuzzi. Ésta tiene algo de lógica, dentro de lo que cabe, pues al parecer pertenece a la empresa de los herederos del inventor, que se llamaba Cándido Jacuzzi.
3. Ping-Pong. ¡Pero si la palabra viene del ruido que hace la pelota al chocar con las raquetas! Pues Parker Games la tiene registrada.
4. Olímpico. En su origen designa cualquier cosa que provenga del monte Olimpo, como todo el mundo sabe el más alto de Grecia. Pues bien, el término pertenece al Comité Olímpico Internacional (COI), que seguro que le pasa la gorra a Zeus y al resto de dioses por vivir ahí.

5. ¡Godzilla! Uy, ésta me afecta un poco, pues acabo de sacar un libro sobre el monstruaco gigantesco nipón. Pues parece que el estudio responsable de las pelis del bicho, Toho, posee no sólo el nombre, sino también la opción de utilizar “zilla” al final. ¡Toma ya! Ni comer Nozilla a gusto nos dejan.
6. Felicidad. Iba a concluir que este tipo de situaciones amenazan la “felicidad”, pero resulta que esta voz también tiene dueño, nada menos que Nestlé, que al menos en el ámbito anglosajón se ha quedado con la utilización comercial de “Joy”.
Pues yo incito a la rebelión, y a que os paséis el día escribiendo que “los superhéroes no lograrán la felicidad hasta que el yo-yo y el ping-pong sean deportes olímpicos o hasta que Godzilla se meta en un jacuzzi”. ¡Hala!
P.D. Todo esto me recuerda a cuando los jerifaltes de Warner, responsables de Casablanca, se creían dueños y señores del nombre de la ciudad, por lo que quisieron impedir que los hermanos Marx llamaran a una de sus comedias Una noche en Casablanca, lo que motivó que Groucho les envío una carta genial. "Sencillamente, no comprendo su actitud. Incluso cuando pensaran en la reposición de su película, estoy seguro de que el aficionado medio al cine aprendería oportunamente a distinguir entre Ingrid Bergman y Harpo. No sé si yo podría, pero desde luego me gustaría intentarlo. Ustedes reivindican su Casablanca y pretenden que nadie más pueda utilizar ese nombre sin permiso. ¿Qué me dicen de Warner Brothers? ¿Es de su propiedad, también? Probablemente tengan ustedes el derecho de utilizar el nombre de Warner, pero, ¿y el de Brothers? Profesionalmente, ¡nosotros éramos Brothers mucho antes que ustedes!".
