Estoy francamente agotado de las patrullas de pureza cinematográfica formadas por historiadores de TikTok, arqueólogos de Wikipedia y guardianes supremos del “eso no era así en el siglo XII antes de Cristo”. Cada vez que Hollywood se toma una licencia creativa, aparecen miles de expertos que hace una semana no distinguían a Homero de Homer Simpson, pero ahora analizan sandalias micénicas como si estuvieran redactando su tesis doctoral en Atenas.
Con La Odisea de Christopher Nolan la histeria colectiva ya ha alcanzado niveles de epidemia olímpica. La película ni siquiera ha llegado a Ítaca: apenas han salido unos tráilers, cuatro fotos borrosas y media armadura iluminada con velas, y aun así internet actúa como si el cineasta hubiera entrado en el Partenón con un mechero y una camiseta de Marvel.
Está clarísimo que Christopher Nolan no pretende hacer un documental de La 2 narrado por un profesor con codo de pana. El hombre quiere hacer espectáculo: pantallas gigantes, barcos enormes, efectos tradicionales y héroes sudando testosterona mitológica. Pero eso no ha impedido que el proyecto se convierta en un caballo de Troya repleto de guerras culturales, indignación digital y expertos en Grecia Antigua que probablemente suspendieron Historia en secundaria.
La primera batalla, cómo no, ha sido el reparto. Algunos medios helenos, entre ellos el Greek City Times, denuncian que no haya suficientes actores griegos o grecoamericanos en una obra fundamental de la cultura helénica. Y claro, internet reaccionó como si Christopher Nolan hubiese rodado Braveheart con marcianos. Según los críticos, Hollywood practica una “diversidad selectiva”: puedes tener actores de todos los continentes… salvo de Esparta, al parecer.
Después, llegó el fichaje de Lupita Nyong'o como Helena de Troya y ya se abrió oficialmente el portal del inframundo. Miles de usuarios comenzaron a citar descripciones físicas de un personaje mitológico escrito hace casi tres mil años, como si hubieran conocido personalmente a Helena en una barbacoa espartana. Las redes se llenaron de acusaciones de “woke”, “revisionismo” y probablemente “caída de Occidente” antes de la hora de comer.
Con Zendaya interpretando a Atenea, la diosa de la sabiduría ha pasado a convertirse también en diosa de los hashtags y las discusiones interminables en X. Porque nada representa mejor el colapso de la civilización occidental que una actriz famosa llevando casco griego delante de una pantalla verde.
Y por supuesto internet no podía quedarse tranquilo sin añadir rumores sobre Elliot Page en un papel vinculado con Aquiles. No importa que nadie sepa exactamente qué personaje interpreta: las redes ya han decidido indignarse preventivamente, que siempre ahorra tiempo. Mientras tanto, el rapero Travis Scott apareció en el reparto y medio planeta reaccionó como si Homero hubiese sido sustituido por un DJ del Primavera Sound. Christopher Nolan defendió la decisión explicando que la tradición oral de los poemas homéricos guarda cierta relación con el rap contemporáneo. Y sinceramente, no es ni la idea más rara que ha salido de Hollywood este mes. Pero claro, en cuanto alguien mezcla mitología clásica con cultura popular, aparecen cuarenta expertos proclamando el fin de la civilización mediterránea.
Entre los indignados más entusiastas destaca Elon Musk, que acusa a Christopher Nolan de perseguir premios con inclusión forzada. Porque si alguien sabe detectar obsesiones por la atención pública y el espectáculo mediático, desde luego es Elon Musk.
Y si el casting ya tenía a la gente subiéndose por las columnas dóricas, el diseño de producción terminó de desatar el apocalipsis arqueológico. Historiadores y puristas llevan semanas analizando armaduras, barcos y túnicas fotograma a fotograma como agentes del CSI Micénico. Unos dicen que las armaduras parecen prototipos rechazados de Batman; otros que los barcos parecen vikingos perdidos después de un festival de heavy metal escandinavo.
También se han escandalizado por los diálogos modernos y los acentos estadounidenses. Al parecer escuchar “dad” o “daddy” en la Antigua Grecia destruye completamente la inmersión. Porque todos sabemos que lo verdaderamente realista en una epopeya mitológica es que los personajes hablen exactamente como en el Peloponeso del 1200 a.C., idioma que, casualmente, nadie en la sala entiende.
Fiel a sí mismo, Christopher Nolan ha respondido defendiendo que esto es una adaptación mitológica, no una reconstrucción arqueológica patrocinada por un museo. El director insiste en que hay una enorme investigación detrás del proyecto, aunque también admite ciertas licencias creativas. Es decir: “sí, quizá los barcos no sean exactos… pero cuando los veas explotar en IMAX se te va a olvidar bastante rápido”.
Por si el menú no estuviera suficientemente cargado, también surgieron críticas por rodar en territorios disputados como el Sahara Occidental ocupado por Marruecos, añadiendo geopolitica contemporánea a un poema escrito hace casi tres mil años. Porque claramente lo que necesitaba La Odisea era convertirse además en seminario de relaciones internacionales.
Y rematando la fiesta, Christopher Nolan citó entre sus influencias las traducciones modernas de Emily Wilson, lo que provocó otra guerra cultural instantánea. Algunos la celebran por actualizar el lenguaje de Homero; otros actúan como si cambiar una coma del texto original fuese equivalente a prender fuego a la Biblioteca de Alejandría.
Así que aquí estamos: una película que todavía no se ha estrenado y que ya ha sobrevivido a Escila, Caribdis, los cíclopes, media X y unos quince mil expertos autoproclamados en historia micénica armados con un avatar anime y conexión wifi.
