Un agente viaja al pasado y aparece en el mismo lugar treinta y tantos años antes. Allí se reencuentra con su compañero en
Un agente viaja al pasado y aparece en el mismo lugar treinta y tantos años antes. Allí se reencuentra con su compañero en versión juvenil con el que tendrá que formar pareja para arreglar la situación...
No, no estoy recordando el argumento de Life on Mars, ni de la versión americana homónima, ni de La chica de ayer, la adaptación española.
El que no viva en Marte se habrá enterado de que el gran estreno del cine fantástico de esta semana ha sido Men in Black III, secuela esperadísima a juzgar por la agresiva campaña publicitaria, aunque yo dudo que nadie la hubiera echado de menos si no se hubiera rodado nunca, sobre todo porque la segunda era bastante mala. Pero es que desde que rodó la entrega anterior, hace una década, no se había comido un colín el pobre realizador, Barry Sonnenfeld, otrora interesante, al menos cuando hizo Cómo conquistar Hollywood. En 2006 perpetró un engendro titulado ¡Vaya vacaciones!, con Robin Williams, que pasó por los cines con gran pena y ninguna gloria.
El regreso de los agentes K y J se ha situado en el número 1 del Box Office de Estados Unidos, lo que se veía venir, sobre todo porque su estrella principal, Will Smith, no se estrella jamás. Confieso (lo siento muchísimo) que a mí este actor me pone de los nervios cuando protagoniza las adaptaciones de grandes clásicos de la ciencia ficción que adoro desde muy joven, como Soy leyenda y Yo, robot y se las lleva a su terreno. Nadie entiende cómo me siento pero creo que es muy fácil hacer un esfuerzo para imaginar mi terror, sólo hay que escoger la novela favorita de cualquier persona e imaginársela en versión fílmica con Will Smith. Estaremos de acuerdo en que "Las uvas de la ira", de John Steinbeck, el "Ulises" de James Joyce o "Don Quijote", de Miguel de Cervantes y Saavedra, no serían lo mismo con Smith en su registro más habitual, o sea haciendo de príncipe de Bel Air. Se habrían convertido en otra cosa...
Por otro lado, el actor a veces me sorprende, por ejemplo en su registro dramático, cuando rodó En busca de la felicidad, reconozco que hizo un trabajo muy esforzado en Alí, y en algunos casos me lo ha hecho pasar bien, cuando sólo pretende hacer reír un rato y nada más. Me ha pasado en este caso, porque esperaba un enorme bodrio, o sea que veía el panorama más negro que los trajes de los personajes. Pero debo reconocer que me encontré con un par de hallazgos visuales (la caída durante la que el tiempo avanza a toda velocidad alrededor del protagonista, el final durante el lanzamiento del Apolo XI). Y sobre todo, parece que le han dado luz verde a Smith para sus gracietas y el hombre logra hacer reír con algunos hallazgos. El film no es la bomba, pero últimamente, está la cosa chunga en lo que a la cartelera se refiere.
En cualquier caso, a estas alturas ya nadie duda de que Will Smith es un crack, que nos encandiló a todos con El príncipe de Bel-Air. Hubo un verano en que prácticamente toda España veía al mediodía las peripecias del chico de barrio que se iba a vivir con sus parientes pijos, hasta que los de Antena 3 sobreexplotaron los episodios de tanto emitirlos, les salieron rallas y hasta les cogimos manía.
Qué buenos recuerdos de aquellos tiempos en que crecíamos y vivíamos al oeste en Filadelfia, sin hacer mucho caso a la policía. Jugábamos al básket sin cansarnos demasiado, mientras por las noches nos sacábamos el graduado. Qué bueno que después de que unos chicos del barrio nos metieron en un lío, llamamos a un taxi, y cuando éste se acercó, su molonga matrícula nos fascinó.
Siempre recuerdo su mítica frase cuando trataba de ligar con una chavalilla: Tienes un 'no sé qué' y un 'qué sé yo' que 'yo que sé'. Probad a usarla, a veces da resultado.
