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2) "Ben-Hur", de Karl Tunberg

Para nuestra segunda entrega de la sección “Análisis de guión” hemos prestado nuestra atención a un título clásico de Semana Santa: “Ben-Hur” (1959), la película más oscarizada de todos los tiempos, 11 estatuillas, récord solo igualado, nunca superado. El libreto es modélico en lo referente a lograr un equilibrio entre el estudio de personajes y la narración de una historia épica.

El libreto de Karl Tunberg, que adapta la novela de Lee Wallace, recibió una justa nominación al Oscar, pues sabe dar entidad argumental a una película espectácular en imágenes, concediéndole un intimismo y una fuerza que no reside únicamente en la grandiosidad de los escenarios y el dinamismo visual. Ello con unos estudiados diálogos, muy cuidados, de sabor clásico, que evitan sabiamente los anacronismos en que otras películas de corte histórico incurren.

Como todo aficionado al cine sabe, Ben-Hur es una película grande, también en lo relativo a su metraje, 212 minutos, en los que ocurren muchas cosas. En tal tesitura uno podría analizar la estructura narrativa y descubrir la historia no se articula en torno a los tres tradicionales actos, sino que cabría distinguir más, o incluso, en su artificio de paralelismos y antagonismos podría uno descubrir estructuras encapsuladas que complican aún más la cosa.

Yo soy de los que creen que el aprendizaje y el dominio de las reglas de la escritura cinematográfica es muy importante, y que cuando un profesional las conoce y domina está capacitado para romperlas o al menos manejarlas con suficiente flexibilidad. Porque si uno se ciñe demasiado a ellas, acaba cayendo en estructuras rígidas que encorsetan e impiden que las historias funcionen realmente y los personajes respiren, parezcan auténticos.

Vidas paralelas, vidas antagónicas

El subtítulo con que se solía publicitar en su época Ben-Hur –una historia de los tiempos de Cristo– señala un elemento fundamental de la película: la trayectoria de Judá Ben-Hur corre paralela a la de Jesús de Nazaret. No sólo son coetáenos –“ahora tendrá tu misma edad”, le dice Baltasar a Ben-Hur hablando del niño que adoró en Belén-, sino que Jesús acaba teniendo una influencia decisiva en la vida del otro, desde el día en que le da a beber agua, cuando va a galeras, que tiene luego su reflejo en el “via crucis”, hasta la aceptación de que el perdón acabe imponiéndose al odio –las palabras escuchadas en el Calvario, “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” le marcan decisivamente–, y que acaban conduciendo al gran milagro la curación de su madre y su hermana leprosas, uno de los frutos de la redención operada en la cruz.

Junto a este paralelismo Judá Ben-Hur-Jesús de Nazaret, la otra pareja de personajes que vertebran la película está constituida otra vez por el judío Judá Ben-Hur, y su amigo romano de la infancia, y luego enemigo, Messala.

La primera parte de la película se desarrolla para establecer estas relaciones, con el prólogo de Belén, y lo que constituye el detonante de la historia, el retorno de Messala a Jerusalén después de muchos años de ausencia, para servir como tribuno al procurador romano. El reencuentro da pie a mutuas expresiones de alegría, pero a la vez en su conversación surgen los desencuentros, Messala desea aprovecharse de la posición respetada de su amigo entre los judíos para someter a una provincia díscola, mientras que Ben-Hur no puede dejar de expresar el orgullo de pertenecer al pueblo de Israel, y su no-aceptación del dominio romano. A pesar de los brindis y de ese lanzamiento de lanzas, que permanecen clavadas juntas como símbolo de su amistad, lo apuntado en su primera reunión queda confirmado en su segundo encuentro, en casa de Ben-Hur, donde las diferencias precipitan la marcha de Messala ante el estupor de Miriam y Tirzah, la madre y la hermana de Ben-Hur. La amistad resulta imposible, a partir de ahora cada uno se debe a un bando distinto, la lealta de antaño ya no cabe.

Los puntos de giro

En una historia de tres actos deberían distinguirse dos puntos de giro. En el film que nos ocupa, tomando la analogía de la pista del circo donde se desarrolla la carrera de cuadrigas, cabría decir que “hay muchas curvas”, momentos en que los acontecimientos sufren un giro brusco. Por supuesto está “la teja que no ha dejado de caer”, pero que se precipita desgraciadamente al vacío hasta golpear al gobernador por un malhadado movimiento de Tirzah, la hermana de Ben-Hur, cuando las legiones romanas hacen una entrada triunfal –pero donde el entusiasmo del pueblo brilla por su ausencia– en Jerusalén. Se trata de una teja suelta, que no pretendía agredir a nadie, pero aquí comienzan las desgracias de la familia Hur, azuzadas por el deseo de venganza de Messala por la no-colaboración de su amigo, y por “realismo político”, piensa que dar un escarmiento en la figura de quien fuera su amigo, disuadirá a los enemigos de Roma, gracias al miedo, de intentar aventuras libertadoras.

Otro momento narrativo en que las cosas cambian de un modo importante, es aquel en que Ben-Hur, un galeote, salva al procónsul Quinto Arrio, primero de ahogarse y luego de quitarse la propia vida, en el fragor de una batalla naval. Cuando recogidos por una nave romana se entera de que ha logrado sin saberlo la victoria, sabrá mostrarse agradecido hacia su salvador: le hace ocupar un lugar de honor en su regreso victorioso a Roma, e intercede ante el emperador Tiberio para que se olvide su supuesto atentado contra el gobernador. La vida de Ben-Hur da un auténtico giro de 180 grados, Quinto Arrio de adopta como hijo, y alcanza la popularidad como auriga en las carreras de cuadrigas. Sin embargo no ha olvidado a su madre y su hermana, que quedaron presas en Judea, debe volver a su tierra para averiguar qué ha sido de ellas, lo que puede facilitar la relación de Arrio con el nuevo procurador, Poncio Pilato.

Pero quizá todavía más decisivo como punto de giro resulta, más adelante, el descubrimiento de que su madre y su hermana no murieron en prisión como él creía, sino que viven como apestatas en un lugar apartado, el valle de los leprosos, por sufrir la cruel enfermedad. Esta revelación, en el momento en que ha vencido a su eterno enemigo Messala en la carrera de cuadrigas, y se dispone a pasar página en su vida, compartiendo la vida con Esther, la mujer que ama, supone un auténtico shock; porque el otro, a las puertas de la muerte, sigue consumido por la rabia y el odio, y antes de agonizar desea hacer sufrir al otro y provocar su desesperación comunicándole la fatal noticia.

El bien y el mal, luchando dentro de uno mismo

Me he referido a las fundamentales dualidades del film, Ben-Hur y Jesús, Ben-Hur y Messala. Cabría añadir la de...¡Ben-Hur y Ben-Hur! Ben-Hur hombre justo, que siempre ha procurado hacer el bien, y Ben-Hur que odia y busca venganza. Ben-Hur que va a liberar a su esclava Esther, y el esclavo Ben-Hur cuyas cadenas más fuertes no son las de las galeras, sino las de su amargura. Ben-Hur que recibe la influencia benéfica de Jesús de Nazaret, y la de quienes se han beneficiado de sus enseñanzas –Esther, Baltasar...–, y Ben-Hur que ve azuzado su rencor por los latigazos, por Messala, e incluso por su mentor en las carreras, el simpático y memorable jeque Ilderim.

En esta pugna interior que mantiene Ben-Hur resulta decisivo el encuentro con la cruz, la posibilidad de ofrecer agua a quien se la ofreció antaño, el aprender la lección del que está clavado al madero. La imagen del agua que arrastra la sangre redentora que riega la Tierra permite anticipar que también nuestro protagonista ha quedado empapado por ella.

Los puntos fuertes sobre las íes

Toda la narración está atravesada de momentos fuertes que impiden que la acción decaiga. Las breves apariciones de José y Jesús desde la ventana del taller de carpintero, o Ben-Hur y Jesús frente a frente pero lejanos aparentemente, en el momento del sermón de las bienaventurazas, reafirman el paralelismo unido de sus trayectorias.

Potentes son desde luego las escenas de los galeotes remando, y, sobre todo, la carrera de cuadrigas, de una vitalidad desbordante y vigorosa. O los grandiosos desfiles. Por no hablar de la entrada en la oscuridad abismal del valle de los leprosos, el doloroso encuentro del hijo con la madre, con la hermana.

Hay espacio para la solemnidad... y para el humor. Imposible dejar de mencionar a esa especie de capitán Haddock árabe que es el jeque Ilderim con sus amados caballos y sus astutas provocaciones en las apuestas. O detalles pequeños como el ayudante distraído del emperador Tiberio, que no se da cuenta de que la divinidad imperial requiere su atención para entregar el cetro de la victoria al procónsul Quinto Arrio.

Postdata

Si alguien echa de menos alusiones al supuesto subtexto homosexual que Gore Vidal pretendió insinuar en el guión de Ben-Hur, decir únicamente que todos los responsables del film desecharon semejante idea, que está completamente ausente del resultado final. Y a quien quiera saber algo más del director William Wyler, que me permita el atrevimiento de recomendarle mi libro "En busca de William Wyler".

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