Está a punto de cumplirse el duodécimo aniversario de los ataques terroristas del 11-S. Recuerdo que cuando ocurrieron, yo estaba en el
Está a punto de cumplirse el duodécimo aniversario de los ataques terroristas del 11-S. Recuerdo que cuando ocurrieron, yo estaba en el pase de prensa de una película, Princesa por sorpresa. Y que cuando salí a la calle y tomé un taxi, al escuchar la radio que iba encendida, no podía creer lo que escuchaba, pensaba que era un programa tipo “La guerra de los mundos” de Orson Welles, eso sí que fue una sorpresa morrocotuda y no la princesa de una tal Anne Hathaway, una desconocida por aquella época.
Todos pensamos, al ver desmoronarse las Torres Gemelas y el Pentágono seriamente dañado, en Independence Day de Roland Emmerich, o en su variante gamberra timburtoniana de Mars Attacks!. Y podía uno pensar –qué ingenuos somos algunos– que ya nunca más un realizador se atrevería a destruir edificios emblemáticos en la pantalla, menuda falta de respeto y tal y cual. Pero de eso nada. En Asalto al poder tenemos el Capitolio hecho fosfatina, y la Casa Blanca convertida en campo de batalla, por obra y arte de Emmerich, again, el alemán más americano que se ha podido ver en las pantallas (un compatriota suyo también mostró a un agente protegiendo al presidente USA, Wolfgang Petersen en En la línea de fuego, pero eso era otra cosa, indudablemente).
La cinta se estrenó en Estados Unidos a finales de junio –cerca del 4 de julio, “independence day”– pero, ironías de la vida, en España se estrenará dos días después del 11-S –tal fecha habría sido impensable a día de hoy en USA–. También puede ocurrir que el estreno se produzca –esperemos que no–, cuando el presidente Obama haya ordenado bombardear Siria: curiosamente, su “clon” fílmico, un Jamie Foxx que le imita bastante bien, con una esposa clavadita a Michelle, está a punto de firmar un tratado de paz histórico en Oriente Medio, aquí vendría bien el “disclaimer” de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
En su anterior film, Anonymous, Emmerich se puso serio, cuestionando que Shakespeare hubiera escrito realmente las obras que se le atribuyen. El tortazo en taquilla fue grande, así que ante el dilema de ser o no ser el Emmerich que el espectador conoce, el cineasta ha optado por lo primero y volver a entregar los productos por los que está tan bien pagado. Entretenido cine patriótico que se permite frivolizar con un ataque al corazón del imperio, las heridas del 11-S han cicatrizado medianamente, y aunque el miedo a que la historia se repita no ha desaparecido del todo, sí lo ha hecho el de abordar la posibilidad en la ficción con los destrozos de rigor. Y además con un presidente que al igual que el de Bill Pullman en Independence Day, está dispuesto a pelear personalmente. No, Jamie Foxx no pilota ningún caza en esta ocasión, pero escala por el hueco del ascensor, dispara con un bazooka (o eso dice un reportero televisivo), se pega con el terrorista de turno, y se arriesga a recibir algún que otro balazo. Todo sea por alcanzar la paz en Oriente Medio.
El resultado en la taquilla americana no ha sido para tirar cohetes ni misiles tierra aire: quizá a la postre el público piensa que, salvando las distancias, una catástrofe como la que plantea la película puede ocurrir, y le cuesta ir a verlo al cine. Se estima que la película ha costado 150 millones de dólares, pero en Estados Unidos sólo ha recaudado 72,5. Quizá lo que den España y otros países ayude a cuadrar un poco los números, pero se ve que el dilema Emmerich sigue sin resolverse. El nuevo no triunfa, y el antiguo se resiente. Ser o no ser el patriota Emmerich, tremenda cuestión, auténtica crisis de identidad para el cineasta.
