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Blog de Hildy

Mad Men, Mad Max, Mad World

Mad Men, Mad Max, Mad World

Mad Men se encamina hacia su final, un solo episodio, el 14, resta para terminar su séptima temporada, y salvo improbable sorpresa, todo apunta a que su creador Matthew Weiner hará pleno, en su dibujo, no sólo de una época, la década de los 60 del pasado siglo, y el arranque de los 70, en los Estados Unidos, sino de la condición humana, las personas buscando su lugar en el mundo, pero sintiéndose tremendamente desubicadas. Quizá ha pasado desde que el hombre es hombre, y la mujer, mujer, pero lo acelerado de los cambios sociales en los últimos tiempos intensifica el sentimiento de vértigo rayano en la locura, esa caída al vacío que no cesa, como la de los tan familiares títulos de crédito de esta formidable serie televisiva.

Don Draper simboliza la realización de todas las locuras que la ambición desea colmar, y que no impiden una completa soledad. Dos mujeres preciosas, unos hijos encantadores, una profesión con “glamour”, un talento innato para la creatividad publicitaria y la venta de cualquier cosa, no evitan que le resulte casi imposible la adquisición de la anhelada felicidad, o simplemente compartir lo que lleva dentro y le reconcome, sincerarse momentáneamente en una reunión con desconocidos camaradas de armas no es suficiente, tampoco conceder una oportunidad a quien podría acabar trampeando como él. O tal vez, sí, un gesto pequeño puede significar algo.

Curiosamente, la locura de la lucha por el logro inmediato, no impide que se busque algo más, que perdure. A veces hay que agarrarse a lo surge, Joan Harris siempre ha sumado a la discriminación por ser mujer, un extra por su atractivo físico, del que quieren siempre aprovecharse los colegas que no la toman en serio, como una de los nuestros; puede seguir peleando, pero tal vez haya que aceptar que es demasiado pronto para que una mujer de su valía ocupe la posición que le corresponde. Sin embargo Peggy Olson confesará a Don cómo le bullen internamente esos anhelos de hacer algo que perdure, por lo que sea recordada. Son ansias de eternidad en una serie donde la trascendencia tiene muy escaso espacio, pero que no puede ser ignorada, aunque sea de este modo, muy a ras de suelo.

La muerte siempre parece algo de locos, sobre todo cuando no se espera, o se toma como salida en falso ante los problemas que se acumulan y que llevan a la desesperación, algo que se vio en otras temporadas. Que ahora asome en forma de enfermedad inesperada y sin previo aviso en uno de los personajes que no es cuestión de desvelar, no es un “deus ex machina” facilón cocinado perezosamente por Weiner, sino la inteligente constatación de que estas cosas en la vida ocurren, y no sólo a los otros, puede ocurrirte a ti y a mí. El modo de encararla suele coincidir con el modo en que se ha afrontado el resto de la vida, aunque quepa siempre la posibilidad del cambio. Hay más madurez y más sabiduría, pero el carácter, más o menos cristalizado, es el carácter, y los ordenados planes de la persona enferma la retratan de modo cabal.

¿Hay un salto mortal en el modo en que evoluciona Pete Campbell? Tal vez sí, pero tal vez no. Es de locos que se presente en casa ajena a las tantas de la madrugada con determinadas intenciones, pero a la vez lo que hace resulta completamente coherente. Y no sigo con los “Mad Men and Women”, a la espera del colofón.

Otro loco de las pantallas llega este viernes a los cines tras 30 años de ausencia. Mientras escribo estas líneas no he podido ver todavía Mad Max: Furia en la carretera, la distribuidora ha decidido esperar a la víspera del estreno para hacer el pase de prensa. Esto no suele ser buena señal, pero quiero ser optimista, al fin y al cabo las imágenes que circulan de la película tienen un look formidable, y dirige George Miller, responsable de las otras entregas. No actúa Mel Gibson, con buen tino ha pasado el testigo a otro actor más joven Tom Hardy, locura sería habernos presentado al guerrero de la carretera con cachaba o así.

Suena un poco “crazy” que el mismo director de las familiares Happy Feet y Babe 2, un cerdito en la ciudad, esté detras de esta adrenalítica y violenta saga, tal vez unas películas sirven de terapia para poder acometer las otras o algo así. No me cabe la menor duda de que las explosiones y las persecuciones de camiones de coches y motos de la trilogía original van a estar presentes, corregidas y aumentadas, y espero que tengan la misma fisicidad, el riesgo de las nuevas tecnologías digitales es que todo parece más falso, como pudimos comprobar con las precuelas de Star Wars. Pienso que Miller, a tenor de lo visto en los trailers, no ha caído en ese error.

Lo que sí está presenta es la locura de una humanidad que se encamina al apocalipsis nihilista –una idea tan apuntada en el cine reciente, con zombies y virus, también lo recuerda la esperada Tomorrowland. El día del mañana–, con ese paisaje desértico, y la gente sumergida en una violencia irracional, en busca del oro negro del combustible, hay que seguir en marcha, pero no se sabe para qué, puro instinto de supervivencia, mientras ayuda la idea de pertenencia a un grupo, ciertos lazos básicos pero tenues. El Max melgibsoniano pasaba de ser un hombre sensible a convertirse en un tipo vengativamente frío, por culpa del sadismo de unos locos moteros, un quijote muy pasado de rosca a la hora de hacer justicia, que sólo recuperaba parcialmente la cordura cuando lograba reconectar, al menos por un rato, con los seres humanos.

Lo dicho, éste parece un “mad world”, donde olvidamos las cosas que realmente merecen la pena, ya lo decía aquella comedia sesentera en que los personajes se movían por ansias de dinero, El mundo está loco, loco, loco.

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