Cuando “The Chosen” arrancó, pocos en la prensa generalista, e incluso en la cinematográfica, hacían caso a esta serie sobre Jesús y sus discípulos que ha batido récords de audiencia en todo el mundo. Ahora, aunque la siguen mirando con condescendencia, caen en la cuenta de que se trata de un fenómeno que no puede ser ignorado y del que Hollywood podría extraer valiosas lecciones.
The Chosen: La última cena, se ha estrenado este fin de semana en cines estadounidenses. Se trata de los dos primeros capítulos de la quinta temporada de The Chosen (Los elegidos), pensada sobre todo para verse en streaming, y que solo en tres días ha recaudado 11,5 millones de dólares. Si pensamos que la flamante triunfadora de los Oscar Anora, estrenada a principios de octubre después de ganar la Palma de Oro en Cannes, en seis meses solo ha recaudado 20,5 millones de dólares, con la publicidad que suponen los premios, la conclusión es obvia: esta película, bien realizada, pero cargada con mucho sexo y violencia, no conecta con el gran público. Por supuesto, no es la excepción, como comentaba en mi anterior post, en que señalaba el gran pecado de Hollywood, consistente en descuidar al público, desdeñándolo; lo prueba el abuso de las franquicias, lo trata como a menores de edad con los que hay que repetir fórmulas de éxito probado. Se suele decir que en el pecado está la penitencia, que en este caso son las salas con público menguante, los espectadores renuncian a la experiencia cinematográfica colectiva, en todo caso echan un ojo a esas propuestas bizarras en las plataformas.
La buenísima acogida The Chosen, Jesus Revolution y La Casa de David –esta serie, okey, directamente en plataformas–, demuestran que las historias inspiradoras atraen al público. Quizá alguien me dirá que la Biblia es el libro más difundido en la historia de la humanidad, y tiene razón, lo que asegura el éxito de estas producciones, pero lo segundo no parecen tenerlo claro muchos, e incluso ha habido producciones que han querido sumarse al carro, con resultados discretos, pienso en María o Camino a Belén; pero claro, la calidad es mayor en unos títulos que en otros, y eso el espectador lo percibe, que aúpa los que son buenos o aun excelentes, descartando a los otros. Pero sea como fuere, de pronto se ha descubierto que hay un público cristiano y creyente interesado en este tipo de historias, al que se estaba minusvalorando, incluso viéndolo como poco maduro o ingenuo. Me hecho gracia ver que el sesudo semanario The Economist dedique un reportaje al éxito de estas producciones de contenido cristiano, pero sin poder evitar hacer bromas, dice que las que más triunfan son las que llama “los barbas”, o sea, títulos de época con personajes barbudos, como The Chosen y Casa de David. También juega con un titular con el clásico “luces, cámaras, no demasiada acción”, por lo visto estas series tendrían poca acción, al menos en comparación con otras.
Más allá de la mucha o poca fe de estos iluminados en las enseñanzas evangélicas o veterotestamentarias, y en sus posibilidades con el público, los que hacen cine deberían entender que hay un cine y unas series que atraen a mucha gente. Nos interesan las historias inspiradoras. En que el protagonista o los diversos personajes, al igual que el espectador, emprenden un viaje del que salen enriquecidos. Quizá se plantean ser mejores personas, defender el amor de su vida, cuidar a la familia. Pueden ver increíbles desafíos que se plantean en la pantalla, a veces en contextos muy diferentes al de la mayoría de las personas, pero que sin embargo son trasladables a la situación de cada uno, porque hay algo universal en lo mostrado, aquello nos invita a ser cambiar, a luchar, a sonreír, a llorar, a trabajar.
No digo que todo tengan que ser tramas de “vidas ejemplares” o en que todo es sencillo. Estoy seguro de que Warfare va a triunfar en taquilla, que Alex Garland va a repetir el éxito de Civil War, y ambas son películas de guerra, duras, con violencia bastante gráfica. Pero ahí están la camaradería de los soldados, el valor al enfrentarse al enemigo, la condena del horror de la guerra, la descripción de un periodismo que puede ser ocasión de afirmación del yo...
Creo que el hecho de que algunos avances técnicos en los últimos años hayan abaratado el precio de hacer una película o una serie, debería ser aprovechado en la inversión que se hace en las producciones, para arriesgar un poco. Y cuando digo arriesgar, no me refiero solo a argumentos raros y propuestas estéticas descolocadoras, sino a contar una historia sin toda la panoplia defensiva habitual que se adopta para no perder dinero –“es una secuela, una franquicia, tiene un actor o director populares, la campaña de marketing es generosa”–. He dicho “toda”. Por supuesto en algo hay que apoyarse para que el público, la crítica y los medios se fijen en tu apuesta. Pero curiosamente a algunos parece que les sobre el dinero, pues lo gastan en financiar películas muy raras, que no interesan a casi nadie. Y a otros parece que solo lo tengan para gastarlo en apuestas seguras, que luego resultan no serlo, que se lo digan a Blancanieves, la más fea de la taquilla aunque haya sido, brevemente, número una en taquilla.
