Pocas cosas dan más pena que observar que uno de los directores de cine españoles más geniales de todos los tiempos, apenas ha podido rodar unos
Pocas cosas dan más pena que observar que uno de los directores de cine españoles más geniales de todos los tiempos, apenas ha podido rodar unos pocos largometrajes en toda su vida. Víctor Erice, que recientemente ha sido escogido por los organizadores del Festival de Cannes para integrar el jurado de la sección a concurso, es admirado unánimamente por todos los amantes del cine orgullosos de serlo gracias a esas joyas tituladas El espíritu de la colmena (1973), El sur (1983) y El sol del membrillo (1992). Tras la triste experiencia de la no filmación de El embrujo de Shanghai según la novela de Juan Marsé –acabaría entregando una versión infame Fernando Trueba–, lo cierto es que Erice es una sombra, de vez en cuando se sabe que ha hecho un corto –ocurrió en 2002, Alumbramiento, dentro del film colectivo Ten Minutes Older: The Trumpet– y poco más.
Para entender las claves de esta desaparición del horizonte fílmico, rescato unas declaraciones en un seminario sobre documentales en La Coruña en 2003, junto a José Luis Guerin. Dice ahí Erice, entre otras cosas: “El cine no existiría sin el apoyo financiero de las televisiones. El problema es que quienes las rigen son ejecutivos pendientes de la audiencia. Lo que convirtió al cine en el gran arte popular fue que los productores de Hollywood querían hacer dinero, pero también les gustaba el cine. En la actualidad eso ha cambiado: los que toman las decisiones son ejecutivos sin ningún interés, y los temas del cine vienen dados por la televisión.”
Instalado en la utopía, parece estar en la órbita Jean-Luc Godard, pero éste al menos sí entrega trabajos, aunque no los vea casi nadie, por su vocación experimental e inevitablmente minoritaria. Y habla el director de que “Los cineastas que hoy en el mundo trabajan en una dimensión más interesante son los que hacen como si estuvieran en su propio taller, igual que los pintores. Pero para ello se deben afrontar proyectos en las condiciones menos costosas posibles. Hay que ser casi un misionero, desprenderse de todos los elementos innecesarios, huir de toda exhibición tecnológica y quedarse con lo esencial. A partir de ahí uno puede aproximarse al tiempo de los pintores o escritores.” Sin embargo, da la impresión de que las posibilidades de los formatos digitales le han pillado con el pie cambiado, cuando encajan perfectamente con lo que dice.
Premio Nacional de Cinematografía, Medalla de Oro de las Bellas Artes... pero muy poquitas películas, obras de arte que se puedan admirar, y poquito respaldo oficial, me parece. Es amiguete del iraní Abbas Kiarostami –que por cierto, concursa en Cannes– y con él montó una exposición, pero el caso es al final es un artista elusivo, sabemos que está ahí, pero... Y el caso es que ya no es un chaval, cuenta ya setenta años...
