Hubo una época, en que creí que Woody Allen se nos había vuelto optimista. Optimista, dentro de lo que cabe en el pequeño gran cineasta neoyorquino.
Hubo una época, en que creí que Woody Allen se nos había vuelto optimista. Optimista, dentro de lo que cabe en el pequeño gran cineasta neoyorquino. La cosa coincidió con el nuevo milenio, en que Woody encadenó tres películas tronchantes y donde su cinismo había desaparecido o casi: en Granujas de medio pelo, La maldición del escorpión de Jade y Un final made in Hollywood parecía vislumbrarse cierta alegría de vivir que me sorprendió; y eso que por aquel entonces ocurrieron los terribles atentados del 11-S en su amada Gran Manzana. Pero la cosa duró poco, y ahí están para demostrarlo Match Point, o sin ir tan lejos, su último trabajo, Conocerás al hombre de tus sueños.
Tengo para mí que Woody se está haciendo mayor, y si bien él no hace las tontadas que se propone Anthony Hopkins en Conocerás al hombre de tus sueños para negar su edad, en el clásico caso de personaje que no sabe envejecer, el caso es que las canas le están llevando a donde solía: al pesimismo ‘depre’, que ríe por no llorar.
Botón de muestra es la entrevista que le hace Beatrice Sartori en “El Cultural”, donde define la felicidad como “un autoengaño, cosa que no me disgusta. Porque la vida da miedo, por lo menos a mí, y muchos buscan respuestas imposibles entre clarividentes y nigromantes”. Además, asegura, “La vida es una pesadilla trágica, siempre a la búsqueda de una felicidad imposible. Necesitamos mentirnos. Esto ya lo dijeron Nietzsche, Eugene O'Neill o Freud: ‘Hay que vivir con ilusión, porque si no, es insoportable’. Los que se mienten a sí mismos o se apartan de la realidad, pueden ser felices.”
En fin, me encanta Woody Allen, tiene un talento maravilloso, pero por fortuna no comparto su concepción de la felicidad. Por cierto, que ‘los demás’ no entran en su definición de la palabreja de marras, a ver si está confundiendo ‘felicidad’ con ‘ir a tu bola’. Y no es lo mismo.
