Elysium puede ser una película distópica de ciencia ficción, pero su visión de Los Ángeles en el año 2154
Elysium puede ser una película distópica de ciencia ficción, pero su visión de Los Ángeles en el año 2154 como una ciudad superpoblada donde abundan los hispanos, quizá no esté tan lejos de la realidad que se avecina. Se habla mucho español en la película del sudafricano Neill Blomkamp protagonizada por Matt Damon, y no en balde hay mucho latino en el reparto, entre otros Diego Luna, Alice Braga y Wagner Moura.
Según esta película los WASP (White Anglo-Saxon Protestant, Blancos Anglosajones Protestantes) que tradicionalmente han dominado en Estados Unidos serán una minoría decadente y despótica que trata de mantener sus privilegios desde Elysium, una estación espacial con una sanidad milagrosa muy envidiable. Y como todo lo que está en decadencia –piénsese en el imperio romano–, destinado a desaparecer.
Cuando no existe aprecio por la vida, el destino se llama “extinción”. Amplias capas de las sociedades opulentas han optado por prescindir de los hijos, o reducirlos a cifras mínimas, y el resultado es un poco lo que vemos en Elysium, una mayoría que puede encontrarse en la miseria, pero que inevitablemente tomará el camino de buscar una vida mejor, lo que al final significa revolución, cambio de ciclo, volver a empezar. Ese egoísmo de no querer tener hijos acaba teniendo reflejo en la reacción inhumana de John Carlyle (William Fichtner) ante el accidente radioactivo de uno de sus obreros, o en la frialdad despiadada con la que la secretaria de defensa Delacourt (Jodie Foster) ordena la destrucción de naves cargadas de inmigrantes ilegales, auténticas “pateras espaciales”. La vida de las personas no importa, se ignora su dignidad.
La serie televisiva sobre asesinatos en la frontera The Bridge, protagonizada por Demián Bichir y Diane Kruger, apunta en la misma dirección. ¿Qué es más importante, la muerte de una jueza WASP en el paso fronterizo de El Paso, o la de cada una de las numerosas mujeres anónimas que son asesinadas cada año en Juárez? Este es el interrogante que plantea un inquietante asesino.
Las personalidades de los dos policías que colaboran en la investigación permiten reflexionar también sobre el “suicidio colectivo” de toda una sociedad. Ella, Sonia, la WASP yanqui, parece tener una absoluta incapacidad para conectar con las personas, su forma de ligar con un desconocido en un bar es absolutamente inhumana –“¿Quieres follar?”, pregunta sin muchos más preliminares–, se diría que es toda una metáfora de una insensibilidad creciente de muchas personas hacia sus semejantes.
Más humano es él, Marcos, el inspector mexicano, que empatiza con los que tiene a su alrededor. No es perfecto y la presión ambiental le influye: se nos dice que ha pasado por dos divorcios, aunque parece sinceramente enamorado de su actual esposa, y que se ha hecho una vasectomía. Brillante ironía, la mujer acaba comunicándole que se ha quedado embarazada. ¿Cómo es posible? Se ríen ante la inesperada, pues al final la vida ha acabado abriéndose paso junto a El Paso, superando las barreras con frecuencia autodestructivas que nos empeñamos en construir para rehuir el compromiso, la generosidad, la entrega.
