Tom Cruise ha estado 30 años haciendo posible lo imposible con la saga "Misión imposible". Aquí nos cuenta sus sensaciones en lo que parece el remate final de esta gran aventura.
¿Es Misión imposible: Sentencia final la película más complicada de la saga?
Menuda hemos liado, tío.... Menuda hemos liado. Nunca hay un día fácil en Misión: Imposible. Pero es que no aceptaría hacerlo de otra forma. Esta nueva película es un logro gargantuesco. Es la culminación de todo, y cuando digo todo, me refiero a todo, lo que McQ [Christopher McQuarrie, que ha dirigido las cuatro últimas entregas] y yo hemos aprendido sobre narración a lo largo de la realización de estas películas. Sentencia final es una película muy elegante, con muchos niveles e increíblemente épica. Y si hemos podido conseguir lo que hemos conseguido ha sido, exclusivamente, por todo lo que hemos hecho en esta serie hasta ahora.

Realmente parece imposible superar desafíos como la pandemia del Covid, o la interminable huelga de actores y guionistas en Hollywood, que pilló en medio de un rodaje tan complicado...
Todo ese periodo fue “de locos”. Recuerdo que hice mi primera prueba de la secuencia aérea de Sentencia final en Sudáfrica, cuando aún no habíamos terminado Sentencia mortal. Desde el punto de vista de la producción, la dirección y la historia, fue todo un desafío. Pero así son las cosas. Se hace y punto. Al fin y a la postre, teníamos que cumplir lo prometido.
En la película hay una sensación de final de ciclo, de culminación, que envuelve al espectador y que habla de saber adaptarse a lo que venga.
Como es la culminación de toda Misión imposible, el público verá a Ethan desde el principio y lo entenderá de una forma totalmente distinta. Así es Misión y así es el cine. En eso consiste ser piloto. En eso consiste vivir la vida. Puedes prepararte para todo, y cuanto más preparado estés, mejor podrás hacer frente a los obstáculos que podrían hacer que las cosas descarrilaran. Pero también hay que tener confianza para apartarse del plan. No son cosas que me preocupen. Te dices: 'Vale, ¿cómo puedo convertir esto en una oportunidad? ¿Qué podemos hacer con esto para que todo encaje y haya un hilo conductor?'.
Aún me da vértigo pensar en la escena aérea con las avionetas...
Hasta que llegamos a Sudáfrica, McQ y yo no supimos qué iba a funcionar y qué no iba a funcionar en la secuencia aérea de Sentencia final, porque en ese momento no éramos conscientes de todas las limitaciones.
En Europa no nos permitieron hacer muchas pruebas del paseo por las alas. Tuvimos que llevar los aeroplanos hasta allí. Por suerte, yo sé pilotar estos aviones. Los conozco. Así que conocía sus limitaciones. Lo que significaba que la clave estaba en saber cómo superar esas limitaciones. La siguiente cuestión era cómo me iba a preparar yo físicamente. Hice un trabajo intenso, muy intenso, con pesas, para esta película, y mi programa de nutrición fue muy diferente. Después de los preparativos, sólo tienes que salir ahí fuera.
No quiero decirle al público cómo debe sentirse, lo que va a sacar en claro [después de ver esto]. Incluso a mí, como miembro del público, me gusta experimentar las cosas por mí mismo. Para mí, como narrador de historias, ese tipo de comunicación con el público tiene una importancia capital. Quiero que tengan su experiencia. Mis películas son, en general, películas en las que hay que participar, cine en el que quiero que el público se involucre, no que se quede sentado de forma pasiva. Siempre decimos que una nuestras frases favoritas en estas películas es cuando alguien nos dice ‘He pagado para usar toda la butaca pero he estado todo el rato sentado en el borde’. Eso es lo que quiero que pase. Así es como me siento como espectador cuando me involucro en una historia. Y en esta película, eso es lo que hemos conseguido.
Si te digo la verdad, la realización fue más intensa de lo que pensaba. Sabía que iba a ser intensa, y me gustan los desafíos. Pero en esta película era siempre más y más. Es tan ambiciosa. Cada momento ha supuesto poner en tela de juicio toda la experiencia que hemos acumulado McQ y yo y todo lo que hemos aprendido en todas estas películas. Sentencia final es el resultado integral de toda esa experiencia. Pero eso es lo que nos gusta. Y aquí estamos. Menuda aventura ha sido.

La aventura de Tom Cruise como productor empezó precisamente con la primera entrega de Misión imposible, que se estrenó hace casi tres décadas. ¿Cómo se involucró en la saga ejerciendo esa nueva tarea?
Presenté Misión al estudio [Paramount Pictures] cuando Sherry Lansing y Stanley Jaffe me propusieron: ‘Por favor, ponte a producir películas’. Les respondí: ‘Vale, la primera que voy a hacer es Misión imposible. La gente se reía, como diciendo: '¿Vas a hacer una serie de televisión?', y yo decía: 'Sí, claro. Tengo algunas ideas al respecto'.
Siempre me han fascinado la humanidad, la historia y la ingeniería; en definitiva, todos los aspectos de la vida. Lo que me gusta es aprender y estudiar e intentar ser cada vez más competente en todo. Y, después, ponerlo en práctica haciendo películas. O tener sueños y crear películas con ellos, y descubrir la forma de hacerlas mientras las hago, sean del género que sean.
Los movimientos dan forma al personaje y a la historia. El diseño de escenarios da forma al personaje y a la historia. La iluminación y lo que aprendes a hacer dan forma al personaje y la historia. Cualquier cosa que estés aprendiendo a hacer: ya sea montar en moto, conducir un coche, bailar, cantar, estudiar thrillers, lo que sea, vale, una vez que se aprende, para ponerla en práctica. '¿Qué historia podemos contar con esto? ¿A qué dificultades nos vamos a enfrentar?'
¿Por qué le gusta estar en las escenas de riesgo?
Todo empezó porque solía tumbarme en el suelo a mirar a los pájaros. Después empecé a subirme a los árboles, porque me gustaba la sensación del viento y la del árbol meciéndose con el viento. De niño, salía por la ventana y me subía a los canalones para mirar las estrellas. Siempre hacía cosas así. Quería ir al espacio y viajar por el mundo.
[Recuerdo una vez que] en la televisión estaban emitiendo un programa sobre los pioneros de la aviación en el que aparecía un espectáculo de acróbatas que paseaban por las alas de un aeroplano en vuelo. Recuerdo que me fijé en el paseo por las alas y pensé en lo emocionante que parecía, tanto si eras el piloto que pilotaba el avión y como si eras el tipo que iba andando por el ala. Ahora me fijo en otras cosas: ‘¿cómo podría contar una historia así? ¿Cómo puedo poner una cámara ahí? Porque hacerlo y no poder contarlo, bueno... no merece la pena.
He hecho muchas secuencias aéreas a lo largo de los años, pero ésta es una secuencia clásica, de un nivel radicalmente diferente. Tuve que elaborar un plan detallado sobre la forma de ensayar la escena. Las pruebas que había que hacer con el avión, el motor, el peso, la confianza. La única forma de hacerlo consiste en desarrollar un programa en el que te muevas paso a paso para alcanzar el nivel necesario de habilidad y competencia, sin sobrepasar ningún límite del que no puedas recuperarte. [sonríe] Es un poquito peligroso, tremendamente divertido de hacer y hermoso y emocionante de ver. Es algo que, de verdad, el público no habrá visto nunca antes.
Cada avión tiene su propia personalidad, sobre todo los antiguos y clásicos. Que sean viejos no significa que sean inseguros, pero cada avión tiene su propia idiosincrasia, así que hacía falta tiempo para intentar acostumbrarse a cada uno de ellos, porque cuando pilotas un avión, tienes que conocer esas idiosincrasias. Mucha gente piensa: ‘Bueno, te subes al avión y el avión es igual que los otros’. Eso no es cierto. Tienes que conocer esas peculiaridades individuales, para percibir las sensaciones que transmite el avión y fundirte con él. [hace una pausa, consciente de que todo suena bastante romántico] La verdad es que eso es lo que pasa. Y tienes que percibir esas sensaciones para poder llevarlos hasta el límite.
Al llegar a África, tuvimos que acostumbrarnos al funcionamiento de estos aviones en ese clima. El tipo de rodaje que estábamos haciendo no se había hecho nunca. Las cámaras, las posiciones, lo cerca que íbamos a estar entre las cámaras aire-aire, mi interacción con el avión, no habrán visto nada de esto antes. Eso lo hará emocionante.

¿Puede hablarnos con más detalle de los desafíos de estar ahí arriba con los aviones?
Sabía que podía hacer con ellos rizos y toneles y caídas de ala. Ahora quería asegurarme de que podía explorar y hacer Cero G en el ala y desplazarme a través del fuselaje. Y luego estaba lo de ‘¿cuánto tiempo puedo estar colgado cabeza abajo en este avión? Seguimos trabajando hasta el punto en que quedábamos invertidos en el aire y el motor se paraba. Todos estaban muy nerviosos con eso. Pero lo hicimos. Hicimos un invertido, aguantamos, aguantamos, aguantamos... y lo recuperamos. Yo lo cronometraba y decía '¿cuántos segundos?'. Primero fueron dos segundos, luego tres. Me preguntaba constantemente: ‘¿cuánto tiempo podemos hacer que duren estas tomas?’ Porque, por mucho que me gustaran esas viejas imágenes en la televisión, esos aviones eran muy lentos en aquella época, y no tenían que enfrentarse a las fuerzas a las que nosotros íbamos a tener que enfrentarnos.
Bajas tres grados centígrados por cada 300 metros. Hacía un frío helador, con todas esas moléculas impactando contra mi cuerpo. Estaríamos acelerando a 225-250 km/h. Las fuerzas con las que lidiaba mientras estaba colgando del fuselaje e intentaba subir el pie al ala eran como hacer la sentadilla más intensa de tu vida. Ahí arriba, las moléculas proyectadas por la hélice, que se desplazan a la velocidad del sonido en el extremo, te apalean el cuerpo.
[El aeroplano] estaba prácticamente al límite de su capacidad de sustentación en vuelo. Lo que estaba creando nunca se había hecho de la manera en que lo estábamos haciendo. Sabíamos que la fuerza iba a ser tan grande que si cometíamos un error, me iba a meter en un aprieto, así que había que tener en cuenta muchas cosas. Soy muy, muy metódico a la hora de abordar estas cosas. Y, como piloto, sé lo que está pasando cuando estoy en esa ala. Pero hasta que no estuvimos allí arriba, no podía estar seguro de qué historia íbamos a poder contar.
Al hacer los rizos, toneles y maniobras, empecé a golpearme de un lado a otro con el avión. Me preocupaba mucho el fuselaje. Me preocupaba que acabase atravesando el ala, porque era de tela. Además, tuve que protegerme para no acabar perdiendo el conocimiento, porque no llevaba casco. Algunos de los golpes que me di en el ala y algunas de las fuerzas a las que estuve sometido fueron tan tremendas que a veces no podía moverme.
Me encantan las secuencias aéreas. Lo que pasa es que cada vez que acabo una, la pregunta es 'Bueno, y ... ahora, ¿qué?'
¿Por qué quiso que el director Christopher McQuarrie se subiera al ala del avión?
Le pedí a McQ que se subiera al ala durante un vuelo, simplemente para que supiera lo que se sentía. Había estado en el helicóptero [volando junto al Stearman, dirigiendo a Cruise con las señales manuales que tendrían que perfeccionar aún más para el rodaje de la escena del submarino], pero teníamos que ver cómo iba a avanzar de un lado a otro del aeroplano, para averiguar qué se podía hacer. ¿Qué podía soportar el avión? ¿Qué podía soportar yo? Y yo era el único que sabía cómo eran las fuerzas, cuando estaba ahí fuera sobre el ala. Así que llegamos a un punto en el que dije: 'Mira, no sé cómo explicarte esto. Tienes que subirte al ala para experimentarlo de verdad, para que tengas una percepción real de lo que estoy haciendo'.
Le decía: 'Mira, va a pasar esto. No te preocupes si pasa eso. Te va a dejar sin respiración. No te olvides de respirar, porque estás sometido a tanta fuerza que tus pulmones no pueden coger aire'. Cuando subió y lo hizo, tenía confianza en lo que estaba haciendo, pero es mi amigo, así que claro que estaba preocupado. Pero lo hice todo de la manera más segura posible: no le puse en gravedad cero cuando estaba en el ala, para que sufriese todas las fuerzas G que yo tenía que soportar. Lo hice todo con la máxima seguridad, para que pudiera salir al ala y volver a la carlinga. Para que sintiese por sí mismo cómo es esa energía. No aconsejaría a nadie que hiciera lo que yo había hecho, pero me sentí muy seguro con él mientras lo hacía. Nunca le pondría en una situación que me pareciera demasiado peligrosa. No haría eso jamás.
