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Ron Perlman, "alter ego" de Hellboy

El nuevo “hombre de las mil caras”. Especialista en personajes que requieren muchas “capas”, Ron Perlman ha trabajado en repetidas ocasiones con directores de primera. Llama mucho la atención su penetrante voz.

Ron Perlman, "alter ego" de Hellboy

Usted tuvo mucho éxito cuando protagonizó una serie televisiva titulada La bella y la bestia, emitida por algunas cadenas españolas. Ahora retoma el mismo mito, pues Hellboy es una historia similar.

Efectivamente, el papel de Vincent, que era el que interpretaba en aquella serie, y el de Hellboy, son los dos de los que me siento más orgulloso, precisamente porque me atrae muchísimo ese tipo de narrativa romántica tipo La bella y la bestia. Esos dos personajes tienen características parecidas. Son gente fuera de lo común, que a pesar de ser diferentes al resto de la humanidad, tienen un carácter muy romántico. Curiosamente, el hecho de haber representado esos dos papeles ha sido una coincidencia total, porque yo no soy un actor de esos que puede elegir sus papeles. Estoy ahí sentado a ver qué me ofrecen. Para mí ha sido una bendición que me ofrecieran ser esos dos tipos diferentes, algo marginales, pero que tienen algo dentro que logran que los demás vean.

¿Hay algo de sí mismo en este tipo de personajes?

Creo que las personas son más o menos receptivas al prójimo en función del físico. Me considero una persona sensible, pero de pequeño era gordísimo y poco agraciado, y puedo afirmar que no era de las cuatro o cinco personas más populares del colegio. Siempre he sido consciente de que lo primero que ven de mí es mi apariencia, y en primer lugar me juzgan por eso. Es muy importante para mí tener la oportunidad de representar personajes que por su físico, o porque tengan deformidades, encuentran grandes dificultades para desenvolverse en la vida como los demás, porque así los espectadores se dan cuenta de que a pesar de todo son humanos y tienen mucho que ofrecer. Si alguien merece la pena, se tomará tiempo para llegar hasta él. Es algo con lo que yo me siento identificado, y que comprendo muy bien. La bella y la bestia es una fábula que ha pasado de generación en generación porque enseña algo muy evidente: que no somos lo que parecemos. No se puede controlar el aspecto, pero sí los actos, y las contribuciones que hacemos a la condición humana.

Es el tipo de personajes que hacían Boris Karloff, Bela Lugosi y los grandes del cine de terror, y tiene usted una voz profunda, como Vincent Price. ¿Tiene como referencia a algún actor clásico a la hora de trabajar?

Me ha influido todo lo que he visto. Las películas de estos actores constituyen una buena parte de las influencias que hay en mi visión del mundo. Eran personas que estaban rodando cuando yo era pequeño. Para Guillermo del Toro, el director de la película, también son sus héroes. Para mí la comparación es un elogio. Sin querer, repites gestos y formas de moverse que están en tu subconsciente, porque a lo mejor los has visto en una película de pequeño. Mi voz no la controlo, es así. Como me apasionaban las historias que contaban sus películas, retomar los mismos temas, que me apasionan, es un honor para mí.

¿Se siente encasillado?

Hago un poco de todo, tipos muy malvados y otros muy bondadosos. Mi físico hace que me den personajes extremos, pero no estoy encasillado, y de momento el público se cree mis interpretaciones aunque varíe muchísimo. Como actor, agradezco que me permitan variar todo lo posible.

Hellboy habrá sido complicado de interpretar, con tantos implantes. ¿Tenía que estar muchas horas en la sala de maquillaje? ¿Tiene un recuerdo negativo de estas sesiones?

Para mí siempre han sido una experiencia feliz, más positivas que negativas, en todas mis películas. En el caso de Hellboy estaba tan encantado con el papel, que me sometía a todas las sesiones que hicieran falta. Me ponía en trance imaginando que eran una especie de ceremonia, como los samuráis, que adornan su cuerpo antes de entrar en la batalla. Era como un ritual. Siempre se aprende algo. En En busca del fuego fue apasionante hacer de un troglodita, que camina como un mono, en un mundo de hace 80.000 años. Conseguir dar a esos personajes la suficiente humanidad como para que la gente quiera dedicarles las dos horas que dura la película es un reto muy interesante. Trabajar con máscara supone colaborar con otro artista, el maquillador, que está compartiendo contigo su visión del personaje. Mientras voy viendo el aspecto que tengo, voy decidiendo cómo voy a representar al personaje. Casi es como si hubiera dos actores representando a un personaje. Esto hace que sea una labor grata.

Guillermo del Toro, Jean-Pierre Jeunet y Jean-Jacques Annaud han repetido en más de una ocasión con usted como actor. ¿Qué les ofrece usted para que vuelvan a llamarle una y otra vez?

Habría que preguntarles a ellos qué les hace volver a mí. Para mí es magnífico volver a trabajar con los mismos directores y actores, porque se llega a un grado de confianza, de saber hacer y de respeto que hace que el trabajo mejore. Conozco mucho a Guillermo del Toro, sé que me va a dejar probar con mi personaje cualquier cosa que se me ocurra, y esto redunda en una interpretación más sentida. Si es acertado, aprovechará eso que yo he hecho, y si no funciona, él tiene la confianza suficiente conmigo para decírmelo. Repetir con él es un regalo.

¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Acabo de terminar Bloodcutters, sobre unos veteranos de la guerra del Vietnam, que al regresar tienen dificultades para reintegrarse a la vida civil. Se retiran al bosque a vivir. Sin duda, los veteranos de la guerra de Irak se sentirán identificados con esta película porque muestra una buena parte del horror de la guerra. Psíquicamente, cualquiera que haya estado en una guerra se ve bastante afectado. La guerra de Vietnam tiene en común con la de Irak que ambas han sido desagradables e impopulares. La realidad es horripilante y ambas han sido auténticas pesadillas para los supervivientes, que tienen que seguir adelante.

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