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Entrevistas

¡Manos arriba, está rodando Eduard Cortés!

Robos y atracos, casinos e identidades sospechosas. Eduard Cortés se ha sumergido en un cine de género con gancho comercial, del que el último exponente se titula, precisamente, "¡Atraco!".

¡Manos arriba, está rodando Eduard Cortés!

Has encadenado dos películas sobre robos y timos, The Pelayos y ¡Atraco!, que se han podido ver en el Festival de Cine de San Sebastián. ¿Qué te parece esa coincidencia?

¡Muy mal ejemplo! (risas) Son dos proyectos que han coincidido en pantallas, aunque The Pelayos arrancó hace ya cinco años, y éste hace tres. Por cuestiones de financiación han acabado juntándose. Es verdad que tienen algunos denominadores comunes, lo que seguramente ocurre por mi trayectoria, que me está llevando por terrenos más cinematográficos, más “peliculeros”. Casinos, atracos, etcétera, son escenarios que me seducen, parece que me apetecen más este tipo de historias que otras. Me gusta.

Tanto estas dos películas como La vida de nadie hablan del fingimiento, de vidas simuladas...

Me estimulan mucho los perdedores, empatizo con ellos, conecto emocionalmente. Gente normal que por la razón que sea pierden el control de sus vidas y entran en una vorágine que les devora. Es una impostura, han de hacer algo donde no son ellos mismos, sino que entran en un simulacro.

Suelo explicar que cada día vas a comprar el pan, o a tomar un café al bar, y un día te enteras que una de esas personas que considerabas “normal”, ha sido llevada, por el azar o la necesidad, no sé cómo definirlo, a hacer algo absolutamente grotesco y sorprendente. Allí pienso que hay una buena historia que contar.

¿Cómo se involucra Eduard Cortés en esta película, y qué hay en ella de realidad y qué de ficción?

En esta película hay varias capas. Está la real, la oficial, que está en la prensa, y de la que existen testimonios oficiales. En 1956 en una joyería muy importante de Madrid, dos argentinos disfrazados de militares cometieron un atraco. En la huida uno resultó herido. Y luego a través de una enfermera que había tenido una relación con uno de ellos, los capturaron. También es verdad que Perón estaba en el exilio de modo muy precario porque tenía cuentas bancarias embargadas y necesitaba liquidez.

Luego está la parte oficiosa, esas visitas que la mujer de Franco hacía a las joyerías, que luego no pagaba, y ese fondo común que hacían los joyeros para sufragar esos gastos cuando le tocaba a uno de ellos. Y finalmente está la parte que surge de la conversación que tuvo Pedro Costa, el productor, con un policía que trabajó con el caso.

Con todo eso hemos trabajado, añadiéndole, por supuesto, la ficción que hemos necesitado según mi criterio.

Vuelves a repetir con Pedro Costa.

Es la tercera vez, después de La vida de nadie y Otros días vendrán. Pedro está muy metido en la crónica negra y de sucesos. Hacemos un buen tándem. Él me pasa historias muy sórdidas, y a mí me vienen bien como motor de arranque.

La película tiene un aire de comedia de robos sofisticados, algo amable, pero el modo de terminar me parece que rompo un poco con ese planteamiento.

El final... No quiero anticipar nada, pero las cosas ocurrieron así. (ojo, spoiler)

A los atracadores se les aplicó la ley de fugas y murieron. Supongo que estorbaban, y se les mató. Eso es real. Aquí tenía dos opciones, o hacer una película dura, o una amable. Pero cuando empecé a conocer los acontecimientos, veía que todo cambiaba emocionalmente, el atraco era una chapuza muy grotesca, y me creaba simpatía. Cuando los atrapaban, e iban a la cárcel, el tono cambiaba, y la historia se me hacía muy dura. Y pensé que justo eso me fascinaba.

Pensé en las películas de Mario Monicelli, con Alberto Sordi, Vittorio Gassman, que llevaban la comedia incorporada y de golpe se sumían en un gran dramón, una tragedia. Y aunque me produjo cierto vértigo esa confluencia de comedia y drama, me pareció que eso podía ser un valor, un plus para la historia. Y decidí apostar por ello, con mayor o menor fortuna. Es una apuesta deliberada.

¿En ningún momento te planteaste otro final?

No. Siempre tuve clara la existencia de cuatro películas en esa película: la aventura, que estaría más presente en la parte de Panamá, que tiene esa estética de película de aventuras; el atraco, que era una chapuza, con su componente cómico y grotesco; la investigación, que tenía un componente más español, de “film-noir”, policíaco; y finalmente la tragedia. Sé que esas cuatro películas eran difíciles de combinar, pero no quise dejar de intentarlo, de algún modo me tiré a lo complicado, aun a riesgo de producir desconcierto.

¿Y no temes que el modo de concluir se pueda leer como una especie de ajuste de cuentas con el franquismo?

Bueno, está también el poder argentino, no sólo el franquismo. Creo que de algún modo lo que se está diciendo es que el poder a veces acepta lo que considera daños colaterales. El poder se sustenta en un equilibrio precario, y a veces no se valoran actitudes como la lealtad. Entonces, el poder, para perpetuarse o no contaminarse, no duda a veces en caer en esos daños colaterales. Pero ya no el franquismo o el peronismo, sino en general. La vulnerabilidad del ciudadano, cuando el poder debe maniobrar contra él, es total. Ocurre constantemente y de modos muy diversos.

¿Cómo ha sido trabajar con actores españoles y argentinos? Creo que es la primera vez que tienes actores extranjeros en una película...

Sí, es la primera vez. Cuando vi El secreto de sus ojos de Juan José Campanella, quedé fascinado por Guillermo Francella. No lo conocía y me encantó, pensé, jo, me gustaría algún día trabajar con este actor. Y en esos días Pedro me habló de esta historia, y que había personajes argentinos, y me pareció que se había producido una especie de cuadratura del círculo. Y empecé a escribir el personaje de Merelo para que pudiera hacerlo Francella. Y empecé a hablar con él, a enviarle guiones, a seducirlo, porque estaba muy encaprichado con él.

A partir de ahí fui completando el reparto, del que estoy contentísimo, en primer lugar porque son buenísimos. Me aportan mucho. Y los argentinos me aportan mucho, porque aunque hablamos el mismo idioma, culturalmente somos distintos y me dieron mucho. Cosas que habías previsto llevar por un lado, te las llevan por otro, y eso de forma orgánica. Es un ejercicio de exploración buenísimo, ojalá vuelva a tener una experiencia de este tipo, porque a mí me ha enriquecido muchísimo.

Combinar con los españoles está muy bien. Es verdad que de algún modo están compartimentados, por así decir, pero que todo encaje ha sido muy estimulante.

¿Puedes hablar de la química de los “equipos” español (los policías) y argentino (los ladrones)?

Hay una especie de paralelismo entre las dos parejas. Está la veteranía que se anticipa, y sabe lo que se está mascando y lo que se va a mascar. Y está la inconsciencia llevada a la espontaneidad del joven que hace Nicolás Cabré. Y luego la inexperiencia y el escrúpulo del personaje de Óscar Jaenada.

La cosa empieza como un desencuentro, pero las posicioes se van acercando. Porque creo que esas miradas distintas, la de la ilusión y la “ingenuidad” de la juventud, de la personaje que empieza, es muy productiva, cuando se conjunta armónicamente con la experiencia de la persona que lleva mucho tiempo funcionando, que sabe e incluso puede moverse por intuición con más facilidad que el joven.

¿Dónde has rodado?

La joyería la recreamos en una esquina de una calle de Valencia, en una tienda que originalmente es una zapatería. Pero el 80% está rodado en la Ciudad de la Luz en Alicante, en plató, la comisaría, las casas... Y luego hay exteriores, en Alcoy, Madrid. La clínica es una especie de escuela de Alcoy, que se ha mantenido como en la época, y que “tuneamos” convenientemente para que pareciera un hospital.

¿La clínica es realmente la de la Concepción en Madrid?

Sí, creo que sí. Lo que desde luego es real es la enfermera. No estoy seguro si vive. Amaia Salamanca me contó que Concha Velasco, con la que trabaja en Gran Hotel, le explicó que era una parienta suya, sin duda una coincidencia la mar de curiosa.

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