Llega la última película española en la competición, y la primera de las dos que se presentan fuera en sección oficial fuera de concurso, justo cuando se anuncia que el cine patrio bate récords históricos con un 25% de cuota de pantalla, que aún podría aumentar de aquí a final de año.
Ironías de la vida, el cine español vive un momento dulce con cuotas de pantalla nunca vistas, un 25% nada menos se acaba de anunciar, que subirá previsiblemente en lo que queda de año. Esto ocurre justo cuando el gobierno muestra mayor desapego a la hora de conceder ayudas, lo que lleva a los productores a señalar en San Sebastián, con Ramón Colom a la cabeza, que la situación se hace insostenible, y las producciones van en claro descenso. Eso sí, parece que España está a punto de firmar un acuerdo privilegiado para coproducir con China, lo que coincide con un viaje de Mariano Rajoy para impulsar las relaciones comerciales entre los dos países, así que el hombre hasta podría apuntarse el tanto, lo curioso es que nadie de Cultura le acompaña en el viaje. Lo que decía, carambola paradójica.
Amores judíos muy “jodíos”
Pero en fin, hablemos de películas, y concretamente de las últimas presentadas en la competición. En primer lugar hay que referirse a la representante canadiense, Félix y Meira, una historia de amor con amantes tristes y escenario ultraortodoxo judío, dirigida por Maxime Giroux. Y para no andarnos innecesariamente por las ramas, debo decir que se trata de una cinta fallida, centrada en los dos personajes del título. Félix es un tipo sin oficio ni beneficio, con cierto complejo de culpa por no haber logrado el perdón y la proximidad con su padre, que tras sufrir demencia senil, acaba de fallecer. Y Meira está casada con un judío ultraortodoxo, de esos con sombrero y tirabuzones, que está todo el día en la sinagoga entregado, es de suponer, a tareas rabínicas; ambos son padres de una niña, y ella se encuentra frustrada e insatisfecha, asfixiada por un ambiente religioso muy cerrado, que le impide disfrutar de pequeños e inocentes placeres de la vida como escuchar música en un tocadiscos prehistóricos. En tal tesitura, se produce el acercamiento amoroso de Félix y Meira.
El desarrollo del film de Giroux resulta bastante previsible, y todo parece construido desde una escena que se antoja artificiosa, y sin embargo lo mejor que verá el potencial espectador, ya avanzada la trama, del encuentro entre Félix y el rabino. Pero el viaje hasta llegar ahí, con situaciones poco creíbles y abundantes reiteraciones, no atrapa ni transmite genuinas emociones, mientras que el desenlace veneciano se diría una broma pesada, como si, tome uno las decisiones que tome en la vida, al final poco importe, somos prisioneros de las limitaciones personales y del otro. Al menos el marido pasa de ser monolítico a mostrar algo de humanidad, menos da una piedra.
Trucos de cineasta
Carlos Vermut sorprendió con Diamond Flash, una película que estrenó directamente en internet, y que a base de viñetas y un buen pulso narrativo indagaba sobre las virtudes y defectos de la condición humana. En Magical Girl cuenta con un presupuesto más desahogado, pero en cierto sentido la idea es la misma, mirar a las personas, que nunca logran alcanzar todo lo que desean, y que atrapados en el intento de lograr lo imposible, la completa satisfacción vital, pueden acabar no sólo quemados, sino chamuscados. El padre con la hija enferma, la mujer depresiva a pesar de estar casada con un marido rico, el presidiario que sale de la cárcel, puntúan un relato con tres capítulos que deben el título a los enemigos del alma, el mundo, el demonio y la carne.
La condición juguetona de la película se adivina en el título del film, y en esa primera escena en que, juego de manos, un papel desaparece. Vermut cuida sobremanera la estructura narrativa, el ritmo, los tiempos. Trata de sorprender, y llena la película de sobreentendidos. No hay que dar todo mascado, y la elipsis sirve para no mostrar lo que no se puede mostrar, sobre todo si previamente has creado una atmósfera inquietante con grandes expectativas. El laconismo de los personajes, sus frases breves pero cargadas de contenido, pueden hacer pensar en Aki Kaurismäki, un referente también para Javier Rebollo, que por cierto también acudió a José Sacristán para su reparto de El muerto y ser feliz, presente en San Sebastián a concurso en 2012.
Como en otras películas de este corte, destacan el ingenio y las hechuras. Existe además un deseo de llamar la atención sobre el vacío existencial de la sociedad contemporánea. La pequeña broma sobra la Constitución Española, ese texto magno siempre invocado pero casi nunca leído, es un botón de muestra de la voz de alarma del director. Pero al final todo se reduce a puro fatalismo, las desgracias ocurren y poco se puede hacer para evitarlas, la entrega a los otros puede quedar reducida a pura estupidez, el amor es algo más que la obsesión por hacerse con un caro vestido de princesa de anime japonés. Y la manipulación y utilización de los otros como si fueran cosas, ya sea con armas de seducción o el chantaje, terminan de trazar un paisaje oscuro, muy oscuro.
Cine sucio para la guerra sucia
El caso de Lasa y Zabala, dos miembros de ETA que fueron secuestrados en Francia, y posteriormente torturados y asesinados, fue uno de los casos más sonados de la guerra sucia contra la organización terrorista. Varios guardias civiles, uno de ellos el coronel Rodríguez Galindo, y el entonces gobernador civil de Guipúzcoa Julen Elgorriaga, fueron hallados culpables y condenados por los hechos. Ahora Pablo Malo dramatiza los hechos en Lasa y Zabala, una película demasiado convencional para formar parte de la sección oficial de Festival, aunque sea fuera de concurso. Si hace un par de días señalaba que Loreak se integraba en esta sección por méritos propios, no cabe decir lo mismo de un film plano y discursivo con carga política demasiado obvia, las simpatías están desde luego en el lado abertzale. Lo que está claro es que sus planteamientos pueden descansar en la acusación cierta de que no se puede responder al asesinato con el asesinato, quien tiene razón debe actuar con sentido moral y de la justicia, dentro de la legalidad, por muy dolorosos y continuados que sean los crímenes etarras a los que uno se enfrenta.
Dicho lo anterior, el film es parcial, y algunos de sus recursos son evidentes y usados sin demasiado talento, como es el regodeo en las escenas de tortura y asesinato de quienes dan título a la película, a los que con frecuencia se alude como a “esos pobres chavales”. También resultan muy estereotipados, puro cliché, los guardias civiles con sus declaraciones ante el juez, la presentación de Lasa y Zabala al principio del film como unos jóvenes muy majetes, Fede, el joven e idealista ayudante de Íñigo, abogado que representa a la acusación particular, las familias de las víctimas, con planos muy, muy trillados, de sus componentes sufriendo en el juicio. El thriller judicial es un género agradecido, por la intriga, la búsqueda de testigos y pruebas, las amenazas, pero aquí estos elementos se manejan sin excesiva fortuna, se echa en falta sentido del ritmo y dramático.
