"La Codorniz", de Aguilar y Cabrerizo
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"La Codorniz", de Aguilar y Cabrerizo

La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa) (Felipe Cabrerizo y Santiago Aguilar, Cátedra / Filmoteca Española, 619 págs)

Voluminoso estudio sobre las relaciones de diversos humoristas vinculados a la célebre publicación de posguerra “La Codorniz” con el mundo del cine, en España pero también allende nuestras fronteras. Los autores, Felipe Cabrerizo y Santiago Aguilar, exploran cómo el humor inteligente y amablemente mordaz que aleteaba en esas celebradas páginas, con influencias también foráneas de G.K. Chesterton o P.G. Wodehouse, se plasmó en películas. Y es que personalidades como Tono, Miguel Mihura, Edgar Neville o Enrique Jardiel Poncela, fascinados por la fuerza y posibilidades de las imágenes en movimiento, se plantearon afrontar con encantadora ingenuidad la tentadora aventura de trabajar en el cine, aportando a este medio su humor disparatado, ocurrente y paradójico. Meta nada sencilla en algunos casos, pues no es lo mismo empezar de la nada, que haber logrado ya un cierto estatus entre los seguidores de “La Codorniz”. En efecto, y aunque la idea es el trasvase de ideas en doble dirección, el riesgo de morir de éxito es real, y ya lo experimentaba la misma revista de papel. Y de hecho, la adaptación de una obra de teatro de Tono y Mihura a cargo de Ignacio F. Iquino, Ni rico ni pobre, sino todo lo contrario (1945), pasará sin pena ni gloria. No se conservan copias del film, aunque su guión técnico, al decir de los expertos, traiciona la obra original, nunca llueve al gusto codornicesco de todos, si es que existe tal gusto unitariamente hablando.

En su amplio recorrido, los autores buscan los precedentes de los dibujos y textos de “La Codorniz” antes y después de la guerra en las páginas de “Buen humor”, “Gutiérrez”, “La ametralladora” y “Tajo”, lo que permite que vayan asomando personajes como José López Rubio, Sileno y K-Hito, o el “Cinelandia” de Ramón Gómez de la Serna. Se trata de capturar un humor expresado en papel y en las ondas hertzianas de la radio, donde se habla también de cine en tertulias, de modo que el salto a las películas, se apunta, es cuestión de tiempo, con De la Serna como pionero, apoyando en 1930 varios cortos de Ernesto Giménez Caballero y, sobre todo con El orador. Y recuerdan cómo las personas congregadas en torno a “La Codorniz” merecieron nada menos que el apelativo de “la otra generación del 27”, al decir de Pedro Laín Entralgo. Además, sin rehuir abordar la peliaguda cuestión de cuál era la orientación política del semanario, se señala su condición de humor de evasión, el único posible en la época, lo que explican que el mismísimo José Millán-Astray fuera uno de sus admiradores incondicionales.

Resulta complicado que estas apresuradas líneas hagan justicia a un texto que se mueve por diversos períodos y toca muchos palos, y que valorará sobre todo el conocedor de “La Codorniz” y alrededores, y del cine español entre los 30 y los 60, también por la mención concreta a ejemplos de las aportaciones de sus numerosos colaboradores, como pueden ser las atinadas ilustraciones de Enrique Herreros, que enseguida aluden al celuloide, incluso en la portada. Del tirón del cine da idea un número especial consagrado al Séptimo Arte, en noviembre de 1942, con supuestos anuncios de El ranchito repugnante, “un drama tropical de costumbres campestres”, o de El monstruo en el ojo ajeno, “el suplicio de un joven metido en un máquina de cortar jamón, sin jamón”.

El libro da cuenta de la aportación de los humoristas a comedias que necesitaban ser versionadas en distintos idiomas –tarea efímera cuando llegó el doblaje o el subtitulado–, lo que posibilitó la marcha a Hollywood de Neville, Tono, Jardiel Poncela y compañía. Y también de los sentimientos contrapuestos que les despierta la meca del cine, el tocar la realidad que se esconde tras la fábrica de sueños, lo que incluye deslumbramiento y conocer a genios como Charles Chaplin. En cualquier caso, se pone una pica en la soleada California en 1935 con Angelina o el honor de un brigadier, aportación en verso de Jardiel Poncela, y estrenada con éxito en Nueva York. Este autor también sorprenderá con sus Celuloides rancios, que pone frases humorísticas a escenas rodadas con otro fin.

Las tareas de cine de que da cuenta el libro no tienen fin, e incluye por ejemplo la versión en español para su doblaje de películas cómicas, aunque los autores no han encontrado pruebas documentales, siempre se ha creído que Mihura contribuyó en este sentido a las películas de los hermanos Marx. La crítica cinematográfica de Alfredo Marqueríe en “La Codorniz”, ya cuando la dirige Álvaro Delaiglesia. O el concurso convocado desde el semanario para un papelito femenino en El destino se disculpa, con trece mil participantes. Y los personajes que desfilan por el volumen también obligarían a un largo listado que no parece fácil ni necesario ofrecer aquí, pues algunas omisiones serían imperdonables, citemos sólo los nombres de Wenceslao Fernández Flórez y Rafael Gil, bien posicionados durante el franquismo, y los títulos El hombre que se quiso matar y Huella de luz.

El libro tiene como fecha referente el del punto final de “La Codorniz” en 1978, aunque rastrea su influencia en cineastas y humoristas más próximos a nuestros días. Y está acompañado de un DVD que incluye Don Viudo de Rodríguez (Jerónimo Mihura, 1935) una aproximación a Un bigote para dos (Tono y Mihura, 1940), Verbena (Edgar Neville, 1941), El viejecito (Manuel Summers, 1959), Tonto-tour (Víctor Vadorrey, 1965) y El corazón de un bandido (Chumy Chúmez, 1970), títulos representativos de cómo el humor del semanario aleteó en el celuloide.

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