Genealogías de la mirada (Agustín Sánchez Vidal, Cátedra, colección Signo e Imagen, 407 págs)
Apretada colección de sugerentes ensayos del catedrático emérito de Zaragoza Agustín Sánchez Vidal (1948), la mayoría surgidos de sus intervenciones en cursos y conferencias impartidos en el Museo del Prado y en el Reina Sofía, y a los que logra dotar de unidad y coherencia sirviéndolos en cinco bloques, donde el elemento común es siempre la mirada, modo de aprehensión de la realidad fundamental en el ser humano, y desde luego a la hora de captar la belleza en el arte, y de modo más específico en la pintura y el cine. El texto está muy adecuadamente ilustrado, como el propio tema obliga, y no son imágenes caprichosamente escogidas, sino al contrario, muy bien traídas, el perfecto apoyo a lo que se intenta plantear. Resulta imposible hacer justicia a la densidad del texto que me toca analizar en estas pocas líneas, pero espero dejar apuntado al menos el interés de su reposada lectura, que pide a gritos la necesaria reflexión.
Vivimos tiempos de listas, de puntuaciones y estrellas, todo se desea cuantificar al precio que sea. Sánchez Vidal recuerda como este deseo siempre ha estado ahí y tiene una plasmación en los relojes mecánicos que intentan medir el tiempo, aunque sucesos como el pánico al llamado efecto 2000 muestran cómo a menudo hay cosas que se nos escapan. Se entiende así un bloque de ensayos con el título "Puntos de fuga", y que uno de sus apartados nos hable de mecánica cuántica y agujeros negros, de donde se deriva a las líneas narrativas fílmicas de viajes en el tiempo, con cintas me Moebius y máquinas, con filmes como Looper u Origen, y hasta la serie televisiva española El ministerio del tiempo. También sabe el autor sacar punto a los códigos de comunicación, las lenguas que pueden tener fundamentos muy diferentes según hablemos de humanos o extraterrestres, como sugiere La llegada, y cómo la propia historia nos muestra en el caso del imperio inca, que no documenta su historia con escritura sino con otro tipo de simbología gráfica; la alusión a Borges resulta en este momento ineludible.
Uno de los bloques del libro tiene el título que también se ha dado al texto completo, o sea, "Genealogías de la mirada". Partiendo de las dos dimensiones representativas en la pintura renacentista, se señala la dificultad de sugerir la tercera dimensión. Habría una "fisura" en esas representaciones pictóricas, y el planteamiento del autor consiste en poner en valor los esfuerzos por explotar esas fisuras con artificios que luego darían también mucho juego en el cine: la lente anamórfica capta determinadas imágenes deformadas, en que se adivina que la perspectiva forzada podrá alcanzar el aspecto que se desea que visualice el espectador. Y en fin, Sánchez Vidal sabe relacionar los deseos panorámicos de expandir la mirada inevitablemente estrecha del sujeto para alcanzar más (idealmente "pan", o sea, "todo") con la vista, con los formatos Cinemascope o Cinerama, que ya antes en otros ámbitos como la literatura, se habían procurado, véanse las enciclopedias, o esfuerzos literarios como el de Benito Pérez Galdós con sus Episodios Nacionales.
Imagen estática, imagen dinámica, modos diversos de atrapar el movimiento. Resulta muy interesante el modo en que el autor reflexiona sobre los intentos por atrapar lo onírico, de "El burdel de los sueño" habla en un momento dado. El amante del cine reconocerá el valor de lo señalado a propósito de títulos como Laura, Vértigo o El retrato de Dorian Gray, y sus conexiones pictóricas de diverso fuste.
El cuarto bloque supone un salto al cine español titulado con gracia "El rabo por desollar". España negra, España blanca, leyendas que oscurecen o blanquean la realidad. Alrededor de esto se puede abordar la "españolada", o los distintos modos de encarar la traumática y desgarradora guerra civil española, con inteligentes planteamiento como mirar a un antes y un después, las dos versiones de Florián Rey de La aldea maldita, entregadas una antes de la contienda, la otra una vez concluida. Y en esta tensión se deja espacio al esfuerzo quijotesco de Orson Welles, al que pueden los molinos de viento y no logra entregar una versión acabada de su interpretación de la obra de Cervantes.
Como cerrando el círculo de la cuantificación que se planteó al principio, el último bloque hace hincapié en la era digital y sus consecuencias estéticas, que apuntan "Hacia un nuevo régimen cultural" del que se quieren dar algunas pistas, aunque, hay que reconocerlo, resulta imposible adivinar el futuro que nos pueden deparar las impresoras 3D y la réplica hasta el infinito de obras previas y su manipulación, variaciones sobre un mismo tema. De ahí el epílogo o "Recuento", que no intenta ser conclusivo, pero sí permite hacer una suerte de balance de, podríamos decir, cómo está el patio. Y subraya el aspecto lúdico dominante frente a la laboriosidad y esfuerzo del artista de antaño citando a José Ortega y Gasset y su diagnóstico en "La rebelión de las masas", "ahora parece primer la real gana, el capricho, sin reconocer ninguna autoridad ajena". Algo que también se transmite al público que se aproxima a las obras de arte, que se queda con su aspecto "recreativo". La masificación apuntada por el filósofo se ha acrecentado con los dispositivos móviles al alcance de cualquiera, para crear o recrearse, y Sánchez Vidal no puede menos de lamentarse ante el fenómeno de "litronización" de España y el desguace de la cultura. Se agrade la lucidez con que se pinta el panorama, con su esfuerzo por ser objetivo sin ser cenizo, en este mundo de franquicias y parques temáticos, en que podemos acabar descubriéndonos como unos nuevos Truman, el personaje del show fílmico genial de Peter Weir.
