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"Kaidan. Tradición del terror en Japón", de Antonio Míguez Santa Cruz

Kaidan. Tradición del terror en Japón. Fantasmas, bestias y demonios que engendraron el fenómeno del cine de terror japonés (Antonio Míguez Santa Cruz, Berenice, Col. Chaplin-Cine, 207 págs)

Vivimos tiempos de globalización, en que tendemos a creer que el mundo entero comparte modos universales de ver las cosas, gracias a los medios de comunicación, cuyo efecto se ha intensificado a través de internet y las redes sociales. Sin embargo, los particularismos nacionales subsisten, y muchas veces resulta difícil apreciar en todo su valor determinadas obras de arte, concebidas dentro de ciertos parámetros culturales. Esto es muy cierto en lo que se refiere al cine japonés, hasta el punto de que las películas más apreciadas suelen ser las que más se ajustan a determinadas coordenadas comprensibles en Occidente. Akira Kurosawa se inspiró en Shakespeare para Trono de sangre y Ran, y sus cintas Los siete samuráis, La fortaleza escondida y Yojimbo han dado pie a versiones más o menos confesas en el cine de Hollywood. Por su parte hay animes de Hayao Miyazaki que directamente beben de novelas europeas, como Lupin III: El castillo de Cagliostro o El castillo ambulante, más fáciles de seguir que la complicada La princesa Mononoke. Pero está claro que determinados hechos históricos, formas de organización feudal y costumbres varias son poco conocidos. Y aún más difícil resulta comprender todo lo que se refiere a la fantasía nipona, su bestiario con espíritus, fantasmas y demonios, tan presentes en el género del terror, y que son elementos que pueden resultar especialmente abstrusos para el espectador ajeno a todo eso.

Y sin embargo, algo hay de atractivo e hipnótico en el terror japonés o kaidan, concepto que como explica Antonio Míguez en este valioso libro, “no se refiere exclusivamente a los cuentos de fantasmas, sino que atañe a cualquier suceso extraño del mundo sobrenatural”. El gran mérito de esta obra es adentrarse en territorio ignoto en gran medida, y tratar de arrojar luz al espectador interesado pero que fácilmente se pierde en una maraña inextricable de criaturillas –recuérdese El viaje de Chihiro, por poner un ejemplo paradigmático–, que pueden ser dioses que no se identifican ni de lejos con el concepto grecolatino, no digamos ya el judeocristiano, pero también fantasmas, duendes, demonios, animales raros, budas e incluso objetos cotidianos con cualidades mágicas. Algunos pueden dar miedo, otros ser amistosos o influencias benéficas... Difícil distinguir, y es que ni los japoneses, sugiere el autor, terminan de aclararse. Pero abordar una suerte de clasificación, atreverse a distinguir entre unos y otros, y ayudar al neófito a aclararse un poco, resulta una tarea encomiable y muy de agradecer. Al menos con las pistas que ofrece Míguez, muy bien ilustradas con imágenes pertinentes, se pueden mirar algunas películas con otros ojos, y de este modo apreciarlas mejor.

El libro señala las dificultades que toca afrontar, ya que para empezar Japón carece de una religión claramente diferenciada, por lo que desde una perspectiva occidental toca tratar de entender cómo se produce una suerte de sincretismo entre sintoísmo, budismo, neoconfucionismo y taoísmo, por lo que conviven el animismo, agreste o urbano, con la anulación de las pasiones que produce el despertar budista, los cuentecillos aleccionadores y la idea de reencarnación, el culto a los antepasados y la influencia del orden social. El estupor de los jesuitas el tratar de evangelizar la isla da idea de las dificultades para comprender la cosmovisión nipona de la existencia.

Es muy valiosa la distinción que hace Míguez de las criaturas sobrenaturales que pueblan la mitología japonesa, en la tradición literaria, teatral y fílmica, con los diferentes tipos de yūrei o fantasmas, los kami o dioses, el amplio concepto de yōkai, literalmente “apariciones extrañas”, y que incluyen diversos duendes, animales místicos y fantasmas, y los oni o demonios. Resulta especialmente curioso el modo en que se aborda el enamoramiento, incluso con relaciones sexuales, entre mortales y fantasmas, y que tendría un buen ejemplo en Kenji Mizoguchi y su película menos realista Cuentos de la luna pálida, de 1953, en que Genjuro renuncia a su esposa e hijos por una hermosa dama, Wakasa, que es un fantasma.

Aunque hay muchas películas de época con elementos fantasmales, el autor mira al cine reciente y al neo-kaidan, que une estos elementos sobrenaturales con la modernidad urbana, y cuyo representante más popular es Hideo Nakata con Ringu (The Ring), de 1998. La idea de la cinta de vídeo VHS que anuncia la muerte de quien la ve pasada una semana se enraíza en el concepto de “leyenda urbana” y da pie a la exploración de ideas como el protagonismo femenino y la venganza, usando elementos como el agua, el pozo, el pelo, que han dado mucho juego fantaterrorífico. El libro incluye una relación de títulos interesantes de este porte realizados en los albores del tercer milenio, como Pulse, Dark Water o Ju-on (La maldición).

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