Carol Reed (Luis García Gil, Cátedra, col. Signo e Imagen/Cineastas, 310 pags)
El nombre de Carol Reed ha quedado ligado para siempre al de su mejor película, El tercer hombre, uno de los grandes títulos dirigidos por el director británico. En esta completa biofilmografía Luis García Gil se encarga de subrayar que además de por esa joya, el cine de Reed merece ser recordado por muchos más títulos, que conforman un corpus cinematográfico coherente, en temas, estilo y mirada al mundo. No todo lo que dirigió es perfecto, pero desde luego firmó grandes filmes que han quedado grabados en el imaginario del espectador conocedor.
El estudio de García Gil consta, como otros títulos de la colección de Cineastas de Cátedra, de unas consideraciones generales sobre la trayectoria personal y profesional de Carol Reed, con las claves para entender su filmografía. Y luego procede, a lo largo de dos bloques, al estudio pormenorizado e individual de las películas, empezando por las que denomina “primeras”, realizadas entre los años 1935 y 1941, y tras el intermedio que supone la guerra, en que arrima el hombro fílmico con su buen hacer profesional al esfuerzo bélico por defender su país, las que van de 1946 hasta 1972, donde ya destaca en el arranque el expresionismo de Larga es la noche, “la primera obra de Carol Reed realmente importante”, en opinión del autor.
Obviamente se presta atención a la asociación con un Graham Greene antes crítico que escritor, y que le permitió rodar, además de El tercer hombre (1949), El ídolo caído el año anterior, una mirada a la decepción que puede surgir a edad temprana, y ya en plena guerra fría, la divertidamente irónica Nuestro hombre en La Habana (1959). Se pone en valor al director, más allá de lo que aportó Orson Welles a El tercer hombre, se destaca la importancia del silencio y la música, oh, la cítara de Anton Karas, que siempre cuidó, y que le llevaría a dirigir un musical a partir de una inmortal obra de Charles Dickens, Oliver (1968), gran triunfadora de los Oscar. La infancia es otro tema caro a Reed, también en El niño y el unicornio (1954), y supo convertirse en buen director de chavales, con trucos como el trabajo directo con los pequeños actores, como si el propio cineasta fuera el actor que les da la réplica.
García Gil pone en valor la capacidad de Reed como director urbanita, que supo atrapar con la cámara la personalidad de las ciudades de Viena (El tercer hombre), Berlín (Se interpone un hombre 1953)), La Habana (Nuestro hombre en La Habana) y Londres (Oliver). Y se agradece la reivindicación de El tormento y el éxtasis (1965), de la que denuncia “una desconsideración injustificada”, cuando se trata de un estudio en toda regla de la creatividad e integridad del artista, plasmadas a través de Miguel Ángel y su concepción de la Capilla Sixtina. Citando a Charlton Heston, se recuerda el acierto de Reed de no recurrir a pintores para recrear esa obra maestra a escala real, recurriendo en cambio a grandes reproducciones fotográficas más fidedignas, y que ante la cámara quedaban mucho mejor, “una proeza asombrosa, tanto en el aspecto técnico como en el creativo”.
