Cada uno por su lado y Dios contra todos. Memorias (Werner Herzog, Blackie Books, 346 págs)
Apasionante libro de memorias del cineasta alemán Werner Herzog, escrito en el momento en que frisaba los ochenta años. Al conocedor de su cine y de su anterior obra escrita no le sorprenderá su personalidad arrolladora y su curiosidad insaciable, verdaderamente nada del mundo le es ajeno, el afán de saber impregna cada uno de sus proyectos, viene a ser como una esponja siempre dispuesto a absorber nuevos conocimientos sobe cualquier disciplina imaginable.
Aunque puede observarse en “Cada uno por su lado y Dios contra todos” una línea narrativa ordenada cronológicamente que se remonta a sus orígenes, el nacimiento en plena Segunda Guerra Mundial, su familia y antecedentes, tiene el acierto Herzog de conectar algunos de estos hechos con las películas o acontecimientos que vendrán después, y ello con observaciones, curiosidades y anécdotas que nunca se acaban, véase su experiencia ordeñando vacas, que luego, en un proyecto que le lleva a la NASA, le sirve para ganarse la confianza de los científicos cuando adivina que uno de ellos habría realizado la misma práctica en el rancho familiar.
Impresiona el recuerdo de Werner Herzog de su madre, que les dijo cuando casi se morían de hambre en la postguerra, “si pudiera cortarme un trozo de carne de las costillas, lo haría”. Aquello se le quedó grabado hasta el punto de aborrecer lo que llama “la cultura del lloriqueo”, tan en boga en la actualidad. El autor es capaz de hablar de las matemáticas y la visualización, de la hipnosis, de la capacidad de leer el pensamiento. De su interés por la trascendencia, que le llevó del ateísmo a una conversión al catolicismo en la adolescencia, que luego derivó en un modo personal de vivir a su manera la espiritualidad. En fin, habla de su padre, que les deja, de su hermano Till, de sus hermanastros por parte de madre y de padre, de su carácter volcánico que estalló en un acuchillamiento a Till, que por fortuna no tuvo consecuencias fatales, pero que le conducirían a una autodisciplina, importante en su vida. Con cierto sentido del pudor, pero con sinceridad, habla de sus mujeres, destacando lo que le han aportado, y cómo las dificultades pudieron llevar a las rupturas, de los hijos y la nieta que le han dado.
Surgen muchos temas en las páginas, y nunca se tiene la sensación de narración caótica, todo lo contrario. De modo que aparece la vida en los bosques durante la guerra, donde claramente surge su amor a la naturaleza que siempre le acompañará. Y se entiende su gusto por el caminar, la experiencia inefable de marchar hacia algún sitio, que tuvo especial relevancia cuando quiso visitar a su amiga enferma Lotte marchando a pie una distancia de 840 kilómetros, de Múnich a París, idea que vertebraría una interesante película de Pablo Maqueda, Dear Werner.
Los saltos de esquí, las lenguas, las culturas aborígenes, los enanos, los volcanes, los glaciares... todo le interesa, y todo le lleva a viajar por lo ancho y lo largo del mundo, como un aventurero, auténtico trotamundos. Se dedica al cine sin ser el clásico cinéfilo que ha tenido una epifanía viendo tal película en la infancia. Hace cortos, se desplaza a Estados Unidos para vivir en Pittsburgh, y habla de los documentales y títulos de ficción que le han dado la merecida celebridad, entre otros El país del silencio y la oscuridad, También los enanos empezaron pequeños, Aguirre, la cólera de Dios, Fitzcarraldo o La cueva de los sueños olvidados, por citar sólo unos pocos.
Se refiere a su célebre voz escénica, y a salir ante la cámara, y sus trabajos ocasionales como actor, también en Hollywood, ser estrella invitada en Los Simpson, su villano de Jack Reacher y las alabanzas para la profesionalidad de Tom Cruise, o su presencia en The Mandalorian, guardada en secreto para los fans, tuvo que simular estar haciendo una cinta sobre Huckleberry Finn.
Pero en fin, más allá de las anécdotas, brilla la humanidad de un artista total, capaz de hacer ópera sin saber leer un libreto, que no se pliega a lo políticamente correcto, capaz de apreciar la amistad en lo que vale, y siempre a la búsqueda de lo que llama la verdad extática, un modo personalísimo de decir que no basta con la mirada superficial a lo que nos rodea, y que ejemplifica por ejemplo al hablar de "La piedad" de Miguel Ángel.
