De 'Gran Hermano' a 'El juego del calamar'. Avatares del espectáculo tele-visivo contemporáneo (Varios autores, coordinados por Jesús González Requena (editor), Cátedra, col. Signo e Imagen, 398 págs)
Colección de ensayos coordinados por el catedrático de Comunicación Audiovisual Jesús González Requena, que pivotan alrededor de la idea de cómo los formatos del “reality show” o “espectáculo televisivo de lo real”, de los que es auténtico paradigma Gran Hermano, han acabado colonizando la ficción televisiva, de lo que sería un ejemplo el inesperado éxito de la serie coreana de Netflix El juego del calamar. Se trata de ahondar en la estructura de esos programas que captaron la atención de la audiencia porque introducían en la vida de personas no tan diferentes a las espectadores, en un entorno de espectáculo muy particular, por los temas y puesta en escena. Las pulsiones despertadas se descubrirían interesantes como ingredientes para formar parte luego de las historias que imaginan los guionistas, en lo que ha terminado siendo una retroalimentación mutua.
Desde luego, como sugiere Requena casi desde el principio, el nombre “Gran Hermano” remite a la parábola de George Orwell de “1984” y a los totalitarismos, aunque Mercedes Milá, en la presentación del programa, y con su función casi “maternal”, pedía que cada espectador juzgara por sí mismo, para evitar las condenas precipitadas. Pero vamos, el modo en que se orillaban cuestiones como el pudor, casi de entrada, con la abolición de la intimidad, invitaba a utilizar casi de inmediato la expresión “telebasura”, lo que no impedía que los televidentes permanecieran pegados a la pantalla y chismorreando después sobre lo que veían.
Lo que está claro, como señalan los dos primeros estudios de Requena, es que la experiencia subjetiva del espectador con Gran Hermano ha determinado muchas creaciones de ficción que han venido después, por esa apelación al panóptico y a la función de “pan y circo” que permitían las cámaras siguiendo a los concursantes a todas horas. La sospecha y la banalidad campan así a sus anchas y han acabado formando parte de muchas de las series que triunfan actualmente en las pantallas. Con consecuencias antropológicas de calado, como recuerda Requena, la novela y el teatro del XIX, y el cine clásico del XX “hicieron posible el acceso a una intimidad en el que esta, lejos de ser violentada, se veía tan fortalecida como ampliada”, mientras que ahora “es una suerte de inversión total la que tiene lugar en el espectáculo televisivo de lo real”. Del eros se habría pasado al porno, si queremos decirlo crudamente. Y describir como “presentador” o “periodista” a los personajes que sirven situaciones de acoso y violencia al menos psicológica puede ser algo muy, muy benevolente. Por su parte Eva Hernández da cuenta del modo en que se desarrolló Gran Hermano en España, desde su arranque hasta que quedó finiquitado.
Requena hace un balance de la pesadilla totalitaria que presenta El juego del calamar, que se hermana enseguida, sí, con su hermano mayor, Gran Hermano. Porque sí, tenemos casting, pruebas, encierro y liderazgo, perversión, todo lo que podía verse en aquel concurso. Y junto a Lorenzo J. Torres procede a una deconstrucción de los mecanismos a que acude el relato.
En el último tramo de la obra, se analizan distintos ejemplos de lo que se denomina “Avatares del espectáculo tele-visivo contemporáneo”, en lo que se dirían ponencias desarrolladas por los distintos autores a modo complementario. Antonio Díaz Lucena refiere ejemplos de telerrealidad y pruebas letales en el cine; Basilio Casanova mira a una película que lo anticipa todo, El show de Truman; Lara Madrid del Campo también se fija en el cine, en la cinta japonesa de lucha a muerte Battle Royale; Luis N. Sanguinet se fija en la serie Perdidos, mientras que Begoña Siles y Carolina Hermida-Bellot analizan a la propuesta antológica Black Mirror. Los ejemplos continúan con 3% (Vanessa Brasil), Nine Perfect Strangers (Begoña Gutiérrez-Martínez), Pánico (Julio César Goyes) y Alice in Borderland (de nuevo Lorenzo J. Torres). Lo que conduce al epílogo en que se juega, nunca mejor dicho, con la teoría de juegos y el juego de influir que atraviesan la telerrealidad y algunas series.
