Así hicimos "La Reina de África" o cómo fui a África con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la cabeza (Katharine Hepburn, Hatari! Books, 148 págs)
Delicioso libro con los recuerdos de Katharine Hepburn, acerca del rodaje de La reina de África, el clásico de John Huston basado en la novela de C.S. Forester, protagonizado por ella y Humphrey Bogart, y que dio a éste el Oscar al mejor actor. Empieza con una confesión genuina de la autora, que nunca ha llevado un diario, y otra admisión, con la que muchos cinéfilos quizá se tiren de los pelos, “no eres capaz de recordar siquiera el argumento de muchas de las películas que has hecho –o de las obras de teatro–: literalmente nada sobre ellas, ni con quién ni por qué”. Candor encantador y que quizá debería hacer reflexionar a tanto mitómano que anda suelto por ahí, y que tiene puesta tal o cual interpretación en una peana, a la dirige rendida veneración.
El caso es que la actriz afirma a renglón seguido que hay una película de la que tiene grabados cantidad de sucedidos, que fue toda una experiencia, una auténtica aventura, y sí, se trata de La reina de África, que suponía su primera oportunidad de trabajar en ese continente, donde dicen que es frecuente que te acabe dando “el mal de África”, que no alude a las enfermedades que fácilmente se pillan ahí –y la Hepburn da cuenta de los momentos en que termina en el lecho del dolor, o aguantando el tirón, porque la filmación no puede detenerse–, sino al modo en que te enamoras de un lugar, un paisaje, una gente, unas pequeñas y grandes criaturas.
Hepburn demuestra ser una gran escritora, con afilado sentido del humor, nada indulgente consigo misma y sus pequeños egoísmos para poder disfrutar de una habitación que le permita descansar y un poco de intimidad, u organizarse una excursión dejando en la estacada a sus compañeros de fatigas fílmicas. Pero que habla con amor de todo el equipo humano que la acompañó en la producción de La reina de África, ya sea el productor Sam Spiegel, el guionista Peter Viertel, por supuesto Bogart, del que no tiene más que alabanzas, o Lauren Bacall –que acompañaba a Boggie y de la que envidia su preternatural belleza y su juventud–; y también, pese a las diferencias, de Huston, del que alaba cómo le dio la pista definitiva sobre su personaje, hablando de Eleanor Roosevelt, cuenta sus escapadas para ver a los elefantes, o refiere con gracia su afición compartida con Boggie por el alcohol, que les ahorró algunos disgustos estomacales sufridos en cambio por el resto del equipo, que bebió agua contaminada.
Abundan las anécdotas, referidas con gracia, como la del fuego en cuya extinción participa Boggie o el esfuerzo colectivo por rescatar la embarcación “African Queen”, cuando se hunde en el río. Hay un reconocimiento a la actividad misionera en Congo y Uganda, la autora confiesa que no es católica pero que admiraba el trabajo de los sacerdotes y monjas, y que le aterró saber después de las masacres en la zona. También recuerda con cariño al nativo negro asistente Tahili Kolumba, que le traía agua caliente con el que se lavaba el pelo todas las noches, tan amable, y en que hacían lo que podían para entenderse pese a las diferencias idiomáticas. Tienen gracia sus alusiones al agua, tan agradable al contacto con la piel, como en ningún otro sitio conocido de antes, en sus palabras, y al mismo tiempo, peligrosa por las posibles infecciones.
En fin, es un libro que puede leerse del tirón, magníficamente traducido y editado –yo he conocido otras ediciones anteriores que se deshojaban a la mínima, con papel de ínfima calidad y fotos reproducidas de esas maneras–, qué gusto ver la finura y humor con que Hepburn puede referirse al modo en que debía hacer sus necesidades, o detenerse en las imágenes del rodaje con los breves “pies de fotos” pensados para la ocasión. Está escrito unos años después del rodaje, con Bogart ya premiado y fallecido por el cáncer, pero con una frescura que ya querrían otros actores y directores en sus memorias.
