Bambi contra Godzilla. David Mamet. Alba. 315 págs.
David Mamet logró labrarse una justa fama como dramaturgo gracias a obras como “Glengarry Glen Rose” o “American Buffalo”, descarnadas incursiones a la peor cara del sueño americana. Introducido en el mundo del cine, participó en guiones de títulos importantes como Veredicto final o Los intocables de Eliot Ness. Y finalmente dio el salto a la dirección (Casa de juegos, State & Main) e incluso ha hecho sus pinitos en la televisión. En todos estos terrenos ha dado sobradas muestras de su capacidad para dramatizar historias pobladas de seres muy humanos, de carne y hueso. Realmente Mamet conoce la naturaleza humana, y esto también lo ha demostrado en los diversos artículos y ensayos que ha dedicado a la escritura de guiones o a su percepción del mundo del teatro y del cine.
Este libro, jugosa colección de artículos, es fiel a su estilo irónico y mordaz, lo que no impide que haga apreciaciones muy justas de los derroteros que está tomando el Séptimo Arte en la actualidad. Dividido en ocho apartados de temas comunes, el autor repasa la organización de la industria cinematográfica, las imposiciones que conlleva complacer al público (o creer que se le complace), ideas sobre el guión, trucos técnicos, lo que constituye un gag, lo que define a los géneros, el papel del crítico y algunas otras interesantes percepciones. El libro se lee con muchísimo gusto, uno tiene verdaderamente la sensación de que Mamet le está explicando sus secretos y aquello en que cree, sin reservarse nada por miedo al qué dirán. Sirva de botón de muestra esta perla, verdadero misil contra ese lenguaje críptico que utilizan los productores hollywoodienses –que utilizan toda una catarata de grandilocuentes títulos para lograr un crédito muchas veces injusto– para ocultar importantes carencias. Al hablar del eufemísticamente llamado “proceso creativo”, comenta Mamet: “Esta es la decorosa hoja de parra que cubre, si se me permite decirlo, no los genitales del potencial artístico, sino el espacio vacío donde estuvieron en otro tiempo”.
El autor se dirige a los profesionales del guión, asentados o no, para recordarles reglas elementales de la escritura, que con frecuencia se olvidan: las escenas deben decir algo, una debe conducir a la siguiente. Frente a verborreas de guión que nada aclaran (“Entra Rock Lindsquit. Es un hombre extraño. Camina con un contoneo arrogante, pero quizá éste camufle una inseguridad interior…”), Mamet recuerda que la única pregunta que debiera interesar a los implicados en el film es: “¿Qué está sucediendo realmente?”.
El libro de Mamet toca palos diversos, todos muy interesantes. Y permite ver cómo cualquier cineasta que se precie, cuando ve un buen film, no puede dejar de preguntarse “¿cómo se hizo esta o aquella escena?”, para incorporar a su bagaje la idea o la filosofía que subyace detrás.
