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Yo, Fatty

Yo, Fatty. Anagrama. Jerry Stahl. 320 págs.

Yo, Fatty

Falsa autobiografía de Roscoe 'Fatty' Arbuckle, servida a base de retazos que el famoso cómico habría grabado ante un dictáfono, presionado por su criado japonés que querría lucrarse con ellos, a cambio de servirle las dosis de morfina a las que se había hecho adicto. La firma Jerry Stahl, guionista televisivo en series como CSI: Las Vegas y Luz de luna, que describe la azarosa vida de su personaje como la de “un Kafka simple con un traje de gordito”, y que parece haber concebido la narración en primera persona a partir de la pregunta que Arbuckle se hace casi al final del libro, “¿qué haces cuando el mundo te considera un monstruo, y el monstruo es el mundo?”.

El resultado es irregular. Stahl mira con simpatía a Arbuckle, e intenta entenderle. Sin duda que el autor se ha documentado, y pinta al famoso cómico desde sus orígenes humildes en un hogar infeliz, donde parece que siempre le acompaña la desgracia. Le falta amor a Roscoe, y se diría que nunca logra encontrarlo. Pero ya desde el inicio del libro, Stahl muestra una insistencia obsesiva por lo sexual, tal vez con la intención de anticipar el escándalo que marcó al actor, o como si aquello le hubiera influido de tal forma que sus memorias sólo puede concebirlas en esa clave, hablando de las acusaciones que su padre le haría de haber machacado los genitales maternos o así, por su sobrepeso, y siendo agotador en la insistencia sobre la frustrante incapacidad de Arbuckle para realizar el actor sexual, algo que ignoro si tiene alguna conexión con la realidad o es una ocurrencia del autor.

En cualquier caso, no llegamos a atisbar algo del alma de Arbuckle. Se le quiere reivindicar, proclamar su inocencia, pero tampoco vemos a un ser humano demasiado atractivo, amable. Imposible saber qué le ilusiona en la vida, si hay algún momento de felicidad, si el hacer reír le motiva. Abundan anécdotas, excesos y chascarrillos con toque irónico, pero sin demasiada cohesión. Y se echa en falta un mayor desarrollo en lo que Stahl apunta como las mejores relaciones humanas del actor, las mantenidas con la actriz Mabel Normand, con su amigo Buster Keaton, con el productor Joe Schenck, y con la primera esposa, Minta Durfee. Ahí parece que hay materia para la creación literaria, pero desgraciadamente Stahl no quiere o no sabe desarrollar esas amistades, ese amor. Se prefiere cargar la mano en el trauma de la relación con el padre. Parece lógico que se detenga en describir el escándalo con Virginia Rappe y la acusación de violación y homicidio involuntario, pero tampoco aquí hay demasiada brillantez; por ejemplo en la actuación de su abogado, que tras ser criticado en sus primeras intervenciones después, sin que se sepa cómo ni por qué, se convierte en un tipo brillante capaz de encandilar al jurado del tercer juicio. También se pasa muy rápidamente por el segundo y tercer matrimonio de Arbuckle. Lo único que se quiere dejar muy claro es que la América puritana es la culpable de las desgracias del actor, ya sea por parte de las mentes bien pensantes, o de los hipócritas jerifaltes de los estudios.

Queda la impresión de que el tono abrupto y como a trompicones del libro, con lagunas biográficas y bromitas más o menos fáciles, es producto de la incapacidad del autor para darle una forma más acabada, algo entendible por la falta de información sobre numerosos aspectos, hay cosas que seguramente sólo Arbuckle y sus allegados podían saber, y no las consignaron. De modo que la mente nebulosa de quien se inyecta morfina, más el método de grabar recuerdos en tal estado, sirven de camuflaje para el insatisfactorio resultado final.

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