Existe un especimen de cinéfilo que quiere saberlo todo sobre sus cineastas favoritos. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Este libro recopila curiosidades y detalles escabrosos en torno a grandes directores de cine, cuya veracidad el propio autor deja en algunos casos en entredicho.
Vidas secretas de grandes directores de cine (Robert Schnakenberg, Océano, 315 págs)
36 artículos sobre directores de cine, más 6 capítulos sobre directores olvidados, productores legendarios, directores de serie B, directores de género, directoras y gente ajena a la dirección, componen este libro con morbo de Robert Schnakenberg. Ya su cuidado diseño –tintas azules y rosadas, caricaturas, titulares llamativos...– imita precisamente el estilo tabloide, y está claro que el acento se pone en las realidades y leyendas urbanas de cada uno de los personajes tratados. Lo que no quita para que de cada uno se ofrezca además una breve semblanza con sus logros artísticos más destacados.
De David W. Griffith a Quentin Tarantino se recorren importantes personajes, de los que se perfilan manías, vicios y curiosidades con un estilo ameno que engancha. Dentro del tono de la obra, se habría agradecido un mayor rigor expositivo. No estamos ante un tratado de erudición, evidentemente, pero si de Roman Polanski se nos dice que sus padres “el señor y la señora Polanski fueron enviados a diferentes campos de concentración”, parece obligado señalar si sobrevivieron a tan terrible experiencia (de hecho, la madre murió, y el padre sobreviviría). Tampoco parece que se deba exigir un gran aparato documental al autor, pero si se atribuye a Pedro Almodóvar “haber sido testigo de abusos sexuales por parte de los curas”, debería citar alguna fuente, pues resulta muy extraño que el director, que hasta ha realizado una película sobre el tema, La mala educación, no haya denunciado tan graves crímenes con nombres y apellidos; a no ser que estemos hablando de cosas que le han llegado de oídas, lo que evidentemente es muy distinto a ser testigo.
Lo que quiero decir es que Schnakenberg no domina el arte del matiz, tan importante a la hora de hacer recuento de las tristes miserias humanas, de las que no están exentos ni siquiera los artistas más geniales. De modo que el lector hará bien en estar pertrechado de un sano espíritu crítico ante lo que lee, sucesos de los que no se aporta más información de la que ha recorrido la prensa amarilla o los mentideros de Hollywood. Quizá un botón de muestra paradigmático sea la vieja leyenda de Walt Disney congelado. El autor nos cuenta esa supuesta criogenización, lo que dicen los rumores, el desmentido de la familia; y no toma partido. Por supuesto que hay hechos más contrastados, como las relaciones de Charles Chaplin con adolescentes, el pasado de Francis Ford Coppola en el cine erótico, o la difícil relación de Werner Herzog con su actor favorito Klaus Kinski. Y se agradece que en el caso de Polanski y sus problemas con la justicia estadounidense no se quite hierro a la acusación que pesa sobre él de violar a una menor, aunque no se cuestione a las voces unánimes de algunos de sus colegas, que piden se retiren todos los viejos cargos, que se remontan a 1977.
