En el debate sobre el uso de la inteligencia artificial en el arte, las posturas se dividen entre la fascinación y el rechazo.
Algunos, como Paul Schrader, se declaran abiertamente a favor y ya insinúan proyectos concebidos con ayuda de la tecnología. George Miller, por su parte, defiende que la IA ha llegado para quedarse y transformar la creación artística, comparando su irrupción con la revolución que supuso la fotografía.
Pero al otro lado del espectro se encuentra Guillermo del Toro, firme defensor del trabajo artesanal y de los efectos prácticos que han definido películas como El laberinto del fauno, El espinazo del diablo o La forma del agua. En plena promoción de su nueva versión de Frankenstein, el cineasta mexicano declaró a la cadena NPR que jamás recurrirá a la inteligencia artificial, ni siquiera como herramienta auxiliar:
“La IA, especialmente la generativa, no me interesa, ni me interesará nunca. Tengo 61 años y espero poder seguir desinteresado en usarla hasta el día en que me muera. El otro día alguien me escribió preguntándome cuál era mi postura respecto a la IA. Mi respuesta fue muy breve: ‘Prefiero morir’”.
Guillermo Del Toro sostiene que el peligro no reside en la tecnología, sino en la “estupidez natural” con la que los humanos la manejamos. Aunque asegura que su Frankenstein no fue concebida como una alegoría sobre la inteligencia artificial, reconoce los paralelismos:
“Quise que la arrogancia de Víctor Frankenstein tuviera algo de las empresas tecnológicas. Es un hombre ciego que crea algo sin medir las consecuencias. Creo que debemos detenernos y pensar hacia dónde vamos”.
La ironía, apuntan algunos críticos, es que el aspecto visual de Frankenstein —de factura impecable y repleta de efectos digitales— podría pasar por una obra concebida, al menos en parte, con ayuda de la tecnología que el propio Guillermo del Toro rechaza.
En cuanto al uso de IA generativa en el arte, del Toro se muestra tajante: la creación humana, dice, siempre ha prosperado gracias a la imperfección, al desorden, a la emoción y al error. Y ninguna máquina, por sofisticada que sea, podrá reproducir eso sin vaciar de alma el resultado.
