La gala de los BAFTA Film Awards celebrada este domingo en el Royal Festival Hall no solo repartió premios: también desató un intenso debate sobre los límites de la tolerancia y la comprensión pública del síndrome de Tourette.
El activista escocés John Davidson, cuya vida inspira la película Incontrolable, profirió insultos y exabruptos durante los primeros compases de la ceremonia. Entre los comentarios que se oyeron en la sala figuraron gritos de “¡Aburrida!” mientras se explicaban las normas de la velada, y otros improperios —incluido lenguaje racialmente ofensivo— durante distintas intervenciones sobre el escenario.
La cinta Incontrolable, dirigida por Kirk Jones, narra la experiencia de un hombre que crece con síndrome de Tourette, trastorno neurológico caracterizado por tics motores y vocales involuntarios. En algunos casos, estos pueden manifestarse en forma de palabras malsonantes o expresiones socialmente inapropiadas, un fenómeno conocido como coprolalia.
Robert Aramayo, que interpreta a John Davidson en la película, se alzó con el premio a mejor actor, imponiéndose a nombres como Leonardo DiCaprio, Timothée Chalamet, Ethan Hawke y Michael B. Jordan. En su discurso, defendió la necesidad de “apoyo y comprensión” hacia quienes viven con el trastorno, y elogió la labor divulgativa del propio John Davidson.
Durante la gala de los BAFTA, el presentador Alan Cumming intervino en varias ocasiones para recordar al público que los tics asociados al Tourette son involuntarios y que el lenguaje escuchado formaba parte de esa realidad clínica. Antes del inicio del evento, los asistentes habían sido advertidos de que podrían oír sonidos o palabras inesperadas.
John Davidson abandonó la ceremonia unos 25 minutos después de su inicio, al parecer por decisión propia. La retransmisión en diferido por parte de la BBC en el Reino Unido abrió otra discusión paralela: si debía haberse editado el contenido ofensivo o si, por el contrario, hacerlo habría desvirtuado el mensaje de inclusión que la propia película reivindica.
En los corrillos del sector y en redes sociales, las opiniones se dividieron. Algunos subrayaron que el síndrome de Tourette sigue siendo una condición profundamente incomprendida y estigmatizada. Otros apuntaron que determinados términos empleados podían resultar especialmente hirientes para los presentes, incluso si su emisión fue involuntaria.
Entre premios, aplausos y polémica, la gala dejó una pregunta flotando en el aire: hasta qué punto la industria —y el público— están preparados para confrontar en directo las realidades incómodas que el propio cine dice querer visibilizar.
