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Woody Allen love Barcelona

En competición como Walter Salles en Linha de passe, o fuera de concurso como Vicky Cristina Barcelona de Woody Allen, parece que son las ciudades las que inspiran a los cineastas en esta nueva jornada del 61 Festival de Cannes. Las películas nos invitan a visitar Sao Paolo y Barcelona y a través de ellas los problemas que en estas ciudades se plantean, incluso si el punto de vista es radicalmente diferente entre los dos cineastas.

Woody Allen love Barcelona

Para Walter Salles hablar de Sao Paolo es hablar de Brasil y de sus habitantes. La ciudad de Sao Paolo, con sus 20 millones de habitantes, sus 200 kilómetros de embotellamientos y sus trescientos mil recaderos motorizados sería un mundo que simboliza bien la enorme complejidad de Brasil. Una complejidad que se manifiesta en la crisis de la familia. Sus personajes forman sin embargo una. Cleusa es la madre de cuatro hijos de padres diferentes y que espera un quinto hijo, también de padre desconocido. Cleusa hace frente a sus obligaciones como empleada del hogar. Mas que la miseria, lo que interesa a Salles y a la co-directora Daniela Thomas, es la forma en que los jóvenes intentan abrirse camino en la vida. Reginaldo, el más joven, de piel negra, está obsesionado por encontrar a su padre. Darío sueña con una carrera en el fútbol, pero cumplidos los 18 años sus posibilidades de ser contratado en un club, incluso modesto, son escasas. Dinho, que trabaja en una gasolinera, se ha integrado en un grupo religioso evangelista y trata de encontrar fuerza en la religión. Y Denis, ya padre, desea organizar su vida como simple recadero. Todos están unidos pero sufren por la estrechez económica y la ausencia de un porvenir seguro.

Walter Salles confiesa haber hecho esta película, diez años después de Tierra Lejana, para observar cómo había cambiado la vida en Brasil. También para huir de la imagen ya estereotipada de la delincuencia y la lucha de bandas. Pero aunque ofrece a sus personajes perspectivas de mejora, no quiere ignorar que 50.000 personas por año, en su mayoría jóvenes, mueren de forma violenta, ni tampoco que la vida es precaria para los trescientos mil recaderos motorizados de Sao Paolo, o que de los tres millones –entre 15 y 17 años– que solicitan cada año ingresar en un Club de fútbol, solo un millar consiguen un puesto. Todas estas realidades, como también la delincuencia, están presentes en Lihnea de passe, y conforman un realismo casi documental, donde nada es desnaturalizado. Es llamativo que Salles filme las ceremonias religiosas evangelistas con una seriedad absoluta y sin permitirse ninguna caricatura.

La película es la prueba de un gran amor a Brasil al tiempo que un homenaje a la vitalidad de sus habitantes, particularmente los jóvenes. Los problemas económicos y sociales están presentes, pero para Salles la cuestión fundamental es de orden moral. Para él, el tema que unifica sus películas, de Tierra Lejana a Linhea de passe, pasando por Estación Central de Brasil, es la ausencia de padre: “En ausencia del padre solo queda, quizá, la posibilidad de la fraternidad”. Esta estará siempre limitada por la ausencia de la autoridad paterna, necesaria para estructurar la familia.

Allen en Barcelona

Woody Allen continúa su vuelta al mundo… cinematográfica. Después de haber rodados tres películas en Inglaterra, su interés se focaliza en España. A Barcelona justamente llegan dos turistas americanas, Vicky (Rebecca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson). La primera ha fijado ya la fecha de su boda en Nueva York con lo que puede calificarse de un buen partido, desde hace tiempo ya su compañero. Todo parece decidido y ordenado en su existencia. Cristina se encuentra en una situación diferente, pues acaba de romper con su compañero y está dispuesta a intentar nuevas aventuras. Cuando un pintor catalán, Juan Antonio (Javier Bardem) les aborda y les hace una propuesta insólita, visitar Oviedo y pasar un fin de semana compartiendo la cama con las dos, las reacciones son diferentes. Una lógica y normal, de Vicky, otra dubitativa, de Cristina. Pero finalmente los tres personajes vuelan rumbo a Oviedo donde las cosas no transcurrirán del modo previsto. En realidad en este trío falta un personaje, la ex esposa de Juan Antonio, María Elena, que tiene el temperamento impetuoso de Penélope Cruz. María Elena, que sigue enamorada de su antiguo marido, soporta mal estar lejos de él, es celosa y tiene además tendencias suicidas. Las andanzas del cuarteto conducirán a toda suerte de combinaciones, aún más complicadas con la llegada del novio de Vicky.

“Cuando comencé a escribir el guión”, afirma Allen, “solo tenía la intención de escribir una historia en la que Barcelona sería el personaje central. Deseaba homenajear a esta ciudad, que amo mucho, y a este país, que amo en su totalidad. La ciudad, por su gran belleza visual, goza de un ambiente muy romántico. Solamente en París o Barcelona puede imaginarse una historia de este tipo”. Es cierto que la belleza de Barcelona –y de la región de Oviedo– son puestas de relieve por Allen, con una referencia especial a la obra de Gaudí, que motiva además la tesis de Vicky. Los barceloneses pueden estar satisfechos del resultado que seguramente servirá de aliciente al turismo.

¿Podemos preguntarnos, sin embargo, que hay en la película además de Barcelona? En realidad, Allen pone en contacto el mundo estadounidense con su visión del tópico de la “pasión española”, encarnada en la pareja conflictiva de Juan Antonio y María Elena. Luego, para adaptarse al aire de los tiempos, multiplica los cruces pasionales, las aventuras, incluso jugando con el “menage à trois” durante algunos momentos. Todo torna sobre la pasión amorosa, pero con todo Woody Allen, como de costumbre, evita las escenas específicamente eróticas. Siempre que una situación escabrosa se presenta, se abandona y remplaza por una catástrofe. Está claro que la audacia tiene sus límites, y Allen no desea aumentar las dificultades que ya tiene sus películas con la censura americana.

Vicky Cristina Barcelona ha producido risas abundantes en Cannes. Pero la impresión general es que el gran autor cómico americano se limita a crear una serie de situaciones divertidas, en buena parte por su audacia en el terreno sexual, que está dispuesto a abordar por formar parte de un simple juego. Al final queda una curiosa sensación de vacío, de simple diversión atrevida. Y es que, desde el comienzo estamos seguros que el orden tendrá la última palabra.

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