El 12 de marzo de 2207 nos dejaba Betty Hutton, una rubia ‘de cabellos de fuego’, considerada un torrente de vitalidad, que causaba furor en los 40. La inolvidable protagonista de El milagro de Morgan Creek fallecía en su residencia de Palm Springs (California), como consecuencia de un cáncer de colon.
Elizabeth June Thornburg (nombre auténtico de la actriz) nació el 26 de febrero de 1921 en Battle Creek, pueblecito del estado de Michigan. Su infancia estuvo marcada por la desgracia, pues cuando era muy pequeña fue abandonada por su padre, un ferroviario que se fue con otra mujer, dejando plantada a la madre, que desde entonces tuvo muchos problemas con el alcohol. Siendo adolescente, Betty descubrió su voz privilegiada, por lo que enseguida intentó ganarse la vida en el terreno musical, empujada por la necesidad, cara a superar la precaria situación económica de su familia. Obtuvo un puesto como cantante en una orquesta de Detroit. Al mismo tiempo, su hermana mayor, Marion, también se convirtió en vocalista de la banda del mítico Glenn Miller.
A Betty le sonrió la suerte, sobre todo al ser fichada para musicales de Broadway a principios de los 40. Triunfó con el espectáculo ‘Two for the Show’, alabado por la revista Vogue, que la calificó a ella como el miembro con más energía del reparto. La productora Vitaphone contrató a la artista para protagonizar un curioso corto musical, One for the Book, en el que los personajes de varios libros salían al mundo exterior por las noches. Betty Hutton encarnaba a Cenicienta. Gracias a este trabajo, Paramount se dio cuenta de que la cámara la adoraba, y ofreció a la rubia un contrato fijo. Su primer trabajo para la casa fue Rivales por un beso, comedia musical de Victor Schertzinger, en el que ya tenía un papel importante junto a Dorothy Lamour y William Holden, dos estrellas de la época. Poco a poco, la intérprete fue llamando la atención, aunque la encasillaron en el terreno de la comedia y el musical, con títulos como Let’s Face It, donde interpretó su primer papel protagonista, Fantasía de estrellas, Diablillos con faldas, Vaya par de marinos, junto a Dean Martin y Jerry Lewis, y La reina del oeste, de George Sidney. Uno de sus mayores éxitos fue La rubia de los cabellos de fuego, donde interpretaba a un personaje real, Texas Guinan, una cantante de origen humilde con una vida muy parecida a la suya.
Su mejor trabajo es El milagro de Morgan Creek. En esta excepcional comedia de Preston Sturges interpreta a Trudy Kockenlocker, ingenua habitante de un pueblecito que tras pasar la noche en el baile con varios soldados, aparece al día siguiente en su casa borracha, con un anillo de casada y embarazada, aunque por desgracia no recuerda exactamente quién es el padre. Convertida en estrella fue requerida por el maestro Cecil B. De Mille para ser una de las actrices principales de El mayor espectáculo del mundo, drama sobre el mundo del circo.
Betty Hutton contrajo matrimonio en 1945, con Ted Briskin, un solvente empresario de Detroit, del que se divorciaría en 1950, tras dar a luz a dos niños. Su segundo esposo, Charles O’Curran fue coreógrafo de varias cintas de Elvis Presley, pero ella quiso dar un empujón a su carrera, obligando a Paramount a que sus películas estuvieran dirigidas por él, si querían que ella permaneciera bajo contrato con ellos. Pero los ejecutivos no cedieron a la presión, O’Curran jamás llegó a dirigir una película y la relación entre Betty Hutton y la productora se deterioró hasta tal punto que acabó siendo despedida. Estuvo a punto de no volver a rodar, aunque unos años después, la pequeña compañía Bryna fichó a la actriz para protagonizar Spring Reunion, junto a Dana Andrews. Repescada por la pequeña pantalla, tuvo su propio programa, The Betty Hutton Show, entre 1959 y 1960, aunque éste pasó sin pena ni gloria. Posteriormente, intervino en episodios de series como El pistolero, El agente Burke y Baretta. Le costó tanto superar el olvido del gran público que acabó siendo una alcohólica, como su madre. Sólo salió del túnel tras una estancia en el hospital, donde conoció a Peter Maguire, sacerdote de la Iglesia de San Pedro, en Porstmouth, que según ella le salvó literalmente la vida. Tras ayudar al cura en su parroquia, acabó convirtiéndose al catolicismo –originalmente era luterana–, recuperó la ilusión por la vida, e incluso se animó a estudiar psicología –su formación académica era nula–, en Salve Regina, una institución educativa católica para mujeres. También retomó su carrera artística, pues volvió a actuar en clubs y apareció en ‘Annie’, el famoso musical de Broadway, en 1980. “Es como volver a ser una estrella”, declaró por entonces.
