Después de trece años de ausencia, África vuelve al Festival de Cannes con L’homme qui crie, de Mahamat-Saleh Haroun, película coproducida por Francia. Es además la primera película del Chad presentada en la competición, un honor para el director, varias veces recompensado en Venecia.
Cuando se evoca el Chad, resulta inevitable imaginar la guerra interminable, y pueblos miserables y polvorientos. La sorpresa es grande pues al encontrarnos en un lujoso hotel de D’Dajeména que acaba de ser comprado por los chinos, y donde Adam (Yousouf Djaoro), de 60 años y antiguo campeo de natación, se ocupa junto a su hijo Abdel (Diuc Koma) de la piscina. La guerra esta presente sin embargo en los comunicados de la radio que hablan de ataques rebeldes en el Norte y piden su colaboración a la población.
La reorganización del personal del hotel obliga a varios despidos. Adam debe ceder la plaza a su hijo, para ocuparse de un oficio más modesto. Al mismo tiempo, el jefe del pueblo pide a Adam su ayuda a la guerra, que debe concretarse en dinero o en soldados. Como Adam no tiene dinero, debe ofrecer su hijo como soldado. Sin embargo inmediatamente siente el remordimiento de su gesto, que le ha permitido volver a su puesto de prestigio en la piscina. Lo que desencadena una serie de acontecimientos dramáticos, que para ser comprendidos plenamente nos obligan a situarnos en la mentalidad africana del prestigio y la consideración. Adam no soporta perder posiciones en la escala social, y por ello comete un acto que será irreparable. La pelicula no carece de calidades dramáticas, la parte técnica está bien dominada, pero quizá los problemas evocados escapan a la mentalidad occidental. El final, sin embargo, es de una gran belleza, con acentos de tragedia antigua.
Bertrand Tavernier hace historia
La segunda incursión de Francia en el Festival viene de la mano de Bertrand Tavernier, que adapta la novela corta de Madame de Lafayette La Princesa de Montpensier, una obra literaria del siglo XVII que evoca hechos históricos del siglo anterior. Francia está inmersa en plena guerra de religión, bajo el reinado de Carlos IX. La protagonista, Marie de Mézières, es la heredera de una de las grandes fortunas del Reino. Ella ama al joven Duque de Guisa, pero los intereses familiares la empujan a casarse con el Príncipe de Montpensier, que ni siquiera conoce.
Celebrado el matrimonio, el Príncipe se enamora sinceramente de su esposa y la envía a un Castillo, apartado de la guerra en compañía, del Conde de Chabanes que fue su preceptor. Poco después, en el Castillo de Champigny, van a reunirse Montpensier, el Duque de Guisa, el Duque de Anjou, futuro Enrique III... Y todos, incluso el preceptor, están a fin de cuentas enamorados de la Princesa de Montpensier. Ella no ha olvidado su amor por el Duque de Guisa, pero sucumbirá por ambición a uniones más ventajosas.
Como toda la literatura de la época, la obra de Madame de Lafayette tiene una nota moral que Bertrand Tavernier conserva en su película. Las pasiones de los jóvenes son pasajeras, y el tiempo se encarga de mostrar su carácter efímero. El personaje de Conde de Chabanes representa la sabiduría, el conocimiento del alma humana y el amor por la tolerancia y la paz. A todo ello Tavernier añade una nota feminista más moderna. Sin cambiar los episodios del original, se presenta a las jóvenes como juguetes de intereses, que los patriarcas de las familias manipulan a su gusto, sin tener en cuenta de una libertad que es negada a las mujeres. La acogida de la película de Tavernier, que volvía a rodar en Francia, tras haber filmado en Luisiana en ingles En la bruma eléctrica, ha sido más bien discreta. No faltan a la obra virtudes, la imagen es siempre bella, y los decorados y el vestuario convincentes, pero todo el conjunto parece afectado por una cierta frialdad. Tavernier ha trabajado con una serie de actores de la nueva generación -Mélanie Thierry, Grégoire Leprince-Ranguet, Raphael Personnaz, Gaspar Uliel-, de los que sólo destaca Lambert Wilson en el papel del Conde de Chabanes, el personaje clave de la historia.
Sesiones de género alrededor de medianoche.
Cannes ha convertido en costumbre presentar, en “sesiones de medianoche” y fuera de concurso, películas de género, normalmente de misterio o de terror, un tipo de obras casi siempre ausente de la competición. Este año ha sido invitada la película francesa L’autre monde, de Gilles Marchand, quien ya tuvo el mismo honor en 2003 con Qui a tué Bambi. Marchand ha sido también otras veces coguionista de películas en competición de Dominik Moll, Harry, un amigo que te quiere y Lemming. Esta vez, el mismo tándem -Marchand-Moll- se rehace, sólo que la dirección la asume el primero.
El tema de L’autre monde es el del mundo virtual creado en torno a internet y los videojuegos. El protagonista, Gaspard (otra vez en la misma jornada Grégoire Leprince-Ranguet) es un adolescente, feliz con su amiga Marion. Pero un día conoce a Audrey, una joven que le atrae a un juego peligroso, donde una bella mujer desconocida busca un compañero para el suicidio. La intriga y el misterio juegan un papel importante en la primera parte de la película, y las escenas del videojuego son interesantes, pero pronto comprendemos que la película carece de contenido, nada de lo que se nos muestra es verosímil. El resultado final es decepcionante a pesar, o quizás, a causa de la expectación creada en torno a la presentación de la película. Se explota además una veta erótica y perversa, en realidad inexistente, que da al conjunto un carácter de gusto muy dudoso.
