Una mirada al calendario nos hace volver a la realidad de que hemos entrado en la recta final del Festival. Quedan todavía media docena de películas en competición, pero a cada nueva proyección el diagnóstico general de una cierta atonía se confirma. Las películas presentadas interesan, a veces parcialmente apasionan, son obras singulares, originales, pero casi ninguna despierta el entusiasmo. En este “casi “ se encierra la incógnita de la Palma de Oro.
En los pronósticos, dos títulos son los preferidos entre los numerosos sondeos que hacen las revistas que se distribuyen en el Festival, francesas o americanas: Another Year de Mike Leigh, que ya obtuvo la Palma de Oro con Secretos y mentiras, y que podría esta vez polarizar la interpretación femenina, y Des hommes et des dieux, de Xavier Beauvois, que podría obtener un premio colectivo de interpretación masculina. La primera cuenta las venturas y desventuras de una serie de personajes en crisis, confortados por un matrimonio de convicciones sólidas y de cualidades probadas, la segunda relata el hecho histórico del asesinato de siete monjes cistercienses que realizaban una labor humanitaria en su monasterio de Argelia.
Realismo italiano
Presente en la competición hace 19 años con La voz de su amo (1991), Daniele Luchetti vuelve bajo pabellón italiano al Festival. La nostra vita no tiene pretensiones neorrealistas, únicamente realistas, basadas en la imagen de una Italia actual. Luchetti se interesa por el caso humano de una familia, víctima de una tragedia ordinaria. El guión de Sandro Petraglia y Stefano Rulli cuenta la historia de Claudio (Elio Germano), un albañil, padre de dos hijos y en espera del tercero. Está profundamente enamorado de su esposa Elena (Isabella Ragonesse). En un parto difícil, ella muere, dejando al viudo la responsabilidad de sus tres hijos. Claudio decidide luchar en la vida para dar a sus hijos los medios materiales que çel no ha tenido. Un accidente –la muerte de un vigilante rumano– que ha sido ocultado, dará a Claudio la oportunidad de avanzar en la escala social. Sus hermanos le ayudan, pero los obreros, ilegales, no son fáciles de controlar. La aparición de la familia del rumano muerto complicará aún más la situación de Claudio.
Para aumentar la verosimilitud de la historia, Daniele Luchetti ha recurrido a verdaderas familias. De modo que las relaciones entre padres e hijos dan al trabajo de los actores un dinamismo particular, que contribuye al realismo. Se aborda, claro está, un tema del momento, el de la inmigración clandestina y los trabajadores al margen de la ley. Sin embargo, parece huirse de la película social o políticamente comprometida. Luchetti se ocupa sobre todo de definir sus personajes , y cuenta con el dinamismo de Elio Germano eje esencial de la película. El único reproche que puede hacerse a La nostra vita es el de precipitar el final feliz después de acumular los obstáculos.
Juego limpio americano
Tras el fracaso de taquilla en los Estados Unidos de Green Zone. Distrito protegido, de Paul Greenglass, que abordaba el tema de la guerra en Irak y las armas de destrucción masiva, abordar estos temas es comercialmente delicado. Recordemos que Paul Greenglass había proseguido en dos películas de gran éxito, la saga de Jason Bourne, iniciada por Doug Liman, que presenta aquí Fair Game, única película americana en competición.
El tema de la guerra se trata bajo un ángulo distinto, al abordar el caso de Valerie Plame (Naomi Watts) y su esposo Joe Wilson (Sean Penn), que han escrito sendos libros sobre su aventura personal que apasionó en sus momento a la opinión pública americana. Valerie Plame, agente de la CIA, vivía como todos los de su profesión, una doble vida. Su esposo Joe Wilson, diplomático de carrera, estaba al tanto de sus actividades. La película se centra en los datos obtenidos por los dos personajes en torno a la posibilidad de que Sadam Husseim estuviera en posesión de armas nucleares. Los dos esposos, cada uno por su cuenta, no tardaron en advertir que los colaboradores del Presidente Bush trataban de respaldar la tesis de la existencia de tales armas, para justificar su intervención en Irak. Todo se enredó cuando, gracias a una compleja red de manipulaciones, salió a la luz la identidad de Valerie Plame como agente de la CIA, una revelación castigada por la ley americana, por crear naturalmente un disfuncionamiento de los servicios de seguridad.
En ausencia de Sean Penn, Naomi Watts, Doug Liman y el guionista John-Henry Butterworth, han venido defender una película que goza de un ritmo trepidante, y que expone, de manera convincente, los problemas de un matrimonio, en el que uno es agente de la CIA. En el terreno cinematográfico la película no merece ningún reproche. Y sus autores e intérpretes se han centrado en evitar el enfoque excesivamente político, el interés sería sobre todo humano. Liman ha remachado en Cannes tal intención, la descripción de la crisis de una pareja, en la película superada a causa de una situación política compleja.
Parece evidente que la película desea “venderse”, tras la experiencia de Green Zone, como una historia humana, avalada además por una defensa brillante, en el discurso de Sean Penn ante los universitarios, de la democracia americana. Con todo, un análisis de los hechos conduce a la conclusión de que en el círculo que rodeaba al Presidente Bush se tenía interés en reforzar la tesis de la amenaza nuclear. Lewis Libby, colaborador del vicepresidente Dick Cheney fue condenado por la revelación del estatuto de Valerie Plame. Con todo, en este “affaire” quedará siempre un misterio por resolver, pocas veces evocado: la razón que empujo a Saddam Hussein a entorpecer la acción de los controles de las Naciones Unidas. Una actitud que finalmente favorecía a los partidarios de la guerra en el campo americano y que a la postre le haría perder el poder, y la vida.
