El cine de nuestro tiempo se pasea entre la realidad y la ficción, parte de una y otra para obtener una mezcla, a veces explosiva, de ambos elementos. Es tal sentido Paolo Sorrentino nos invita a hacer una revisitación de Roma, Valeria Bruni-Tedeschi nos cuenta, una vez más, la historia de su familia, y Steven Soderbergh resucita la historia del pianista homosexual Liberace, muerto de sida en 1988. Se tiene en todos estos casos la impresión de que se parte de la realidad para evadirse a la ficción, volviendo, inevitablemente una realidad más sombría que la del tumultuoso ambiente de Cannes, de nuevo bajo el sol.
Paolo Sorrentino: un hombre para lo no-eternidad en la ciudad eterna de Roma
La película de Paolo Sorrentino, La grande bellezza, podría describirse como la reflexión de un hombre maduro, quizá el propio Sorrentino, y en todo caso su intérprete, Toni Servillo, acerca de la ciudad de Roma. También sobre sus relaciones en la ciudad eterna y sobre la nostalgia de un amor de juventud que se pierde en el tiempo. El personaje de Servillo, Jep Gambardella, novelista de una sola novela, periodista mundano, se ha transformado en símbolo de la ciudad. Puede ir por todas partes, abrir todas las puertas, participar en todas las fiestas. Todo ello evoca irresistiblemente La dolce Vita y Roma (1972), de Federico Fellini, y también La terraza de Ettore Scola. Pero es sobre todo en su estructura narrativa –el deambular de un lado a otro– donde la influencia, reconocida, de Fellini, resulta manifiesta.
¿Pero qué cuenta Sorrentino? Haciéndose eco de otros muchos cineastas italianos, entrega una visión negativa de cierta burguesía o nobleza romana pasada por el prisma deformante de la caricatura, de la que la Iglesia no escapa, aunque se evite toda transgresión mayor. E incluso cuando desea evocar toda una vida al servicio del prójimo, con un doble de Teresa de Calcuta, fracasa en su objetivo por la ambigüedad de sus imágenes.
¿Qué queda pues de positivo de su película? Desde el punto de vista formal y una vez liberada la película de ciertas imágenes eróticas, encontramos la realidad esplendorosa de Roma, filmada con la elegancia evidente del amante del arte. Roma da para una película entera y este es casi el caso de la de Paolo Sorrentino. Queda algo más, sin embargo, en cuanto al fondo, la nostalgia de los primeros amores, destruidos más tarde por la vida. y a fin de cuentas, el miedo de perderse definitivamente en la belleza de una ciudad que dicen eterna, para los hombres que, evidentemente, no lo son.
Valeria Bruni Tedeschi, encerrada en su castillo familiar
Desde hace tiempo sabemos muchas cosas de Valeria Bruni Tedeschi: que es actriz, que comparte la vida de Louis Garrel, más joven que ella, que procede de una rica familia italiana, que un hermano murió de sida; también que ha pasado al otro lado de la cámara, y que Un château en Italie es su tercera película. También sabemos, y su última obra lo confirma, que cuenta siempre la historia de su propia familia y que sus dos películas anteriores –Es más fácil para un camello... y Actrices (2007)– forman parte de una trilogía familiar que se cierra con la obra que llega a Cannes.
Todas estas cosas son tan evidentes que se puede añadir que Louis Garrel es Nathan, el enamorado imposible de Louisa (Valeria B-T en persona), y que Marisa Borini, que interpreta a la madre, es la verdadera madre de la actriz. La película cuenta los avatares del matrimonio y la muerte de un hermano víctima del sida, Ludovic (Filipo Timi), con protagonismo del idilio difícil de los protagonistas frente al problema de la maternidad. Existe también una insistencia en las relaciones conflictivas de la madre y de la hija con la religión católica. La fórmula de la película seria: agitar todos estos elementos para obtener Un château en Italie, que está rodada además en la finca que perteneció en otro tiempo a la familia Bruni Tedeschi.
El guion, en el que han trabajado con la directora, Noémie Lvovsky y Agnes de Sacy, no brilla por su coherencia, está hecho a base de retazos de la vida de los personajes, sobre todo en torno a las crisis histéricas de Louisa, personaje atormentado, quizá por la idea de que ha perdido o puede perder la oportunidad de la maternidad, también por la muerte de un ser querido. Incluso si se quiere concluir con una nota positiva, la película de Valeria Bruni-Tedeschi deja una impresión inquietante sobre las derivas humanas de nuestro tiempo. Una última precisión: la hermana de la actriz, Carla Bruni, es la esposa de Nicolas Sarkozy, desde hace más de dos años madre de una niña.
Las paradojas de “Behind The Candelaria” de Steven Soderbergh
La película de Steven Soderbergh Behind the Candelabra adquiere en el contexto mundial y en el particular de Francia una significación particular. Francia esta movilizada desde hace meses en torno al debate del matrimonio homosexual, el Parlamento ha votado una ley al respecto, y en unos meses ha perdido la mayoría de la adhesión de los franceses. Finalmente el domingo próximo ”La Manif pour tous” espera reunir a más de un millón de personas para oponerse a la ley y pedir su abolición, que tendría lugar cuando se produzca un cambio de mayorías. Esta situación no tendría en principio nada que ver con la película Behind The Candelabra, que cuenta el idilio del pianista extravagante Liberace (Michael Douglas) con el joven Scott Thorson (Matt Damon) de 1977 a 1982, asi como la muerte del artista en 1988, víctima del sida. Como de costumbre, Steven Soderbergh demuestra ser un perfeccionista. En primer lugar con los acores, que resultan irreconocibles, o que lo serán, con el paso del tiempo. Siempre este tipo de papeles suponen un desafío para los intérpretes. Desafío aceptado esta vez por Michael Douglas y Matt Damon, que deben plegarse ambos a cirugías de rejuvenecimiento o de modificación facial. Este sería un primer elemento de un análisis, las personas que viven pendientes de su apariencia física.
Pero Soderberg nos invita además a ser testigos de la evolución de una historia de amor, que aparece desde el principio atrapada por el sexo. Será imposible evitar la deriva cuesta abajo de las relaciones entre los dos personajes, y todos los principios de seguridad para el porvenir que Liberace promete a Scott se revelarán falsos. Y no es que el realizador escamotee las pasiones y los sentimientos, es que, de entrada, el porvenir de la pareja se encuentra comprometido. La película, que deja un gusto amargo de frustración, puede ser un objeto interesante de reflexión para los especialistas, pero también para todo el mundo. Puede argüirse que otras parejas gays podrían afrontar un destino diferente al de un “star” extravagante. Sin duda, pero lo que parece evidente es la diferencia, que incluso muchos homosexuales reclamarán el domingo próximo, entre la pareja gay y la heterosexual. Esto nos aleja del cine, pero nos precipita en la realidad.
Crónicas anteriores
Día 20: El cine de Takeshi Miike, Guillaume Canet y Claude Lanzmann
Día 19: Los hermanos Coen y Alex Van Warmerdan
Día 18: El gran Hirokazu Koreeda eleva el listón
Día 17: Valores asiáticos seguros
Día 16: Visiones sombrías de la adolescencia
