El Festival de Cannes resiste bien a la crisis, pues nunca la afluencia de críticos, cinéfilos o simples curiosos había sido tan grande. El resultado son colas inmensas ante la diversas salas de proyección, y si la Sala Lumière con su enorme capacidad consigue recibir a todo el mundo, no pasa lo mismo en las otras salas –Debussy, Bazin, Buñuel, 60 Aniversario”– en las que casi siempre gran número de espectadores ven frustrado su acceso.
Por lo demás hay una buena señal, los vendedores ambulantes ofrecen sombreros en vez de paraguas, el sol al menos no nos decepciona, aunque el programa de hoy no brilla con el mismo fulgor.
“La jaula de oro”, en busca de la Cámara de Oro
La jaula de oro (2013), película con la que se continúa la voluntad de renovación del Festival, ofrece a Diego Quemada-Díez, la oportunidad de ganar la Cámara de Oro que distingue a la mejor primera película. Y da presencia además a México en esta sección del Festival. Una primera película nunca está exenta de errores, que aquí se reducen a la excesiva duración de ciertas secuencias que prolongan inútilmente el relato. Se percibe claramente que el director se ha dejado ganar por el excesivo material documental que la película contiene.
El tema no es nuevo, hace ya muchos años era de actualidad, como lo sigue siendo ahora, pues se trata de la inmigración clandestina hacia los Estados Unidos, esta vez concentrada en los países de América Central. Es siempre el mismo esquema, los adolescentes que parten “hacia el Norte” en espera de una nueva vida, pero que descubrirán los peligros del viaje. Aquí Diego Quemada-Díez se concentra en tres personajes: Juan (Brandon López), Sara (Karen Martínez) y Chauk (Rodolfo Domínguez). Este último es un indio tzotzil que no habla castellano. La línea dramática sigue las reacciones de los personajes frente a las dificultades. Muchas pruebas serán necesarias para que Juan acepte a Chauk, en el que ve también un competidor amoroso frente a Sara. La película, rodada sobre el terreno, posee una abundante materia dramática, y la puesta en escena consigue transmitir el carácter épico de la aventura y también da testimonio de sus terribles riesgos.
“Grigris”, o la excepción africana de la sección oficial
Mahamat-Saleh Haroun viene con la única película africana de la competición y no es la primera vez que representa los temas de su continente en Cannes, puesto que en 2010 recibió el Premio de Jurado por A Screaming Man. Si la producción de Grigris se hace bajo el patrocinio oficial del Chad, es evidente que los medios para llevar el rodaje a buen término provienen de Europa y esencialmente de Francia. Sin embargo este autor, conocido por varios títulos –Bye-bye Africa, Abouma, Darat– que han frecuentado los festivales de Cannes, Venecia y Chicago, aborda temas verdaderamente africanos.
Aquí sigue el destino excepcional de un joven y su historia de amor. La primera secuencia de la película muestra a Grigris (Souleymane Deme) en émulo de Michael Jackson. Descubriremos pronto que este muchacho es víctima de un hándicap grave pues esta medio paralizado de una pierna, lo que no le impide ser un bailarín excepcional. Hombre de goma, Grigris va a vivir una historia de amor con una joven, Mimi (Anaïs Monory) que fracasa en su intento de ser aceptada como modelo. Para cuidar a su padrino enfermo, Grigris se involucra en una red de tráfico con gasolina, lo que le obligará a huir de su pueblo con su amada para instalarse otro pueblo donde la mujeres hacen la ley. Cuando la vida de Grigris es amenazada por un gángster, será las mujeres las que decidan su destino, con un pacto colectivo y ancestral. Es quizá este final, que combina las tradiciones del pasado con un evidente feminismo, el que da a la película su dimensión africana.
La decepcion: “Only God Forgives”, de Nicolas Winding Refn
El Jurado de Cannes concedió el año pasado el premio de la mejor dirección a Nicolas Winding Refn por Drive, con Ryan Gosling como protagonista. Pero más allá del premio, contaba la importancia del prestigio de un autor danés descubierto con un cierto retraso fuera de su país, por la trilogía de iniciada con Pusher: un paseo por el abismo, y también por Bronson y Valhalla Rising. Todos estos títulos, y el nombre de Ryan Gosling de nuevo en el reparto habían hecho de Only God Forgives una de las películas más esperadas del Festival. Come ocurre generalmente en estos casos, la decepción es mayor si la obra no está a la altura de lo que se esperaba.
Nicolas Winding Refn nos conduce a Bangkok donde Julian (Ryan Gosling), que ha huido de la justicia americana, dirige un club de boxeo tailandés, tapadera para el tráfico de droga. Un hermano de Julian, Billy, asesina a una joven bajo el efecto del alcohol y es inmediatamente eliminado. Este último crimen provoca la llegada a Bangkok de la madre de los dos hermanos, Crystal (Kristin Scott Thomas), decidida a vengar la muerte de su hijo. Lo que da pie a una serie de secuencias sangrientas, en parte ejecutadas por un curioso policía jubilado, Chang (Vithaya Pansringarm), diestro en el manejo de todo tipo de armas mortales.
La preocupación estética de creación de un ambiente es evidente, Los decorados ofrecen un fondo rojo, la música acompaña el ballet de ejecuciones, y la fotografía de Larry Smith es irreprochable, pero la acción avanza sin que se sepa nunca adónde se va, con diálogos prácticamente inexistentes. Imposible orientarse en este laberinto de sangre y de destrucción, que podría ser interesante si se le encontrara un sentido. El director-guionista nos dice que estaba preocupado por el tema de un hombre que se enfrenta a Dios, que estaría representado en la película por el personaje de Chang. Lo malo es que estas intenciones no las encontramos en la pantalla, sucesión de sombrías imágenes impregnadas de rojo, donde los personajes erran sin que sepamos qué pretenden, hacia dónde dirigen sus pasos.
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