España y Corea traen los dos primeros títulos de la competición. Realismo sucio en forma de thriller es la propuesta de Enrique Urbizu, mientras que Kim Ki-duk juega al despista con su largo corto.
Parece que a la gente le ha gustado bastante la nueva película de Enrique Urbizu, que llevaba ocho años sin estrenar, y al que hay que agradecer que cultive el cine de género, concretamente el thriller, con títulos tan estimables como La vida mancha y La caja 507. Sin duda que No habrá paz para los malvados es una película estimable, que merece nueva gratitud por parte del espectador, pero tampoco resulta memorable.
La cosa arranca con un inspector de la policía borrachuzo, Santos Trinidad, que en un garito nocturno madrileño se lleva por delante a tres personas relacionadas con las mafias colombianas del narcotráfico. La sensación inicial es que tal acción está pura y simplemente relacionada con su bajo estado de ánimo y los problemas con el alcohol, pero hay algo más, un hecho del pasado que marcó su declive profesional y personal. Por otro lado tenemos a la juez Chacón, que investiga estos tres asesinatos, y que se entera de que las víctimas habían formado parte de una investigación de narcóticos, que luego había pasado a una unidad especial de contraterrorismo internacional, pues habían advertido conexiones con células yihadistas.
El formato es de thriller espeso, algo cansino, con estética sucia. En algún momento me vino a la cabeza El crack de Garci. Las pretensiones de apuntar al terrorismo islámico, en que un 11-M puede estar en marcha en cualquier momento y lugar, a la vuelta de la esquina, a pesar de su punto de ingenio parecen un poco metidas con calzador en la trama de un antihéroe en horas bajas. José Coronado está correcto, aunque las escenas cosiéndose las heridas a lo Sylvester Stallone en Rambo, versión cañí, sobran.
Kim Ki-duk es un cineasta que igual sorprende con un ejercicio sadomasoquista como La isla (2000), que te planta un cuento budista como Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera. Aquí en Amen estamos más en lo segundo, un cuentecillo que para un corto tal vez esté bien, pero que para un largometraje, aunque sea de 72 minutos, resulta excesivo.
Durante todo el metraje seguimos a una mujer que busca a un amigo pintor. Primero en Francia, luego en Venecia, luego otra vez en Francia, en Avignon y París. Durante el viaje, vemos a un tipo con máscara de gas, que se cuela en su departamento. Pensamos que tal vez es un ladrón. Luego resulta que la protagonista está encinta, que al que busca es al padre, y el de la máscara pues... es el padre. Todo es un juego elusivo, la pescadilla que se muerde la cola. Bien contado, con una banda sonora de ruidos urbanos que cansa, tal vez el director coreano quiere también denunciar la contaminación sonora, o algo así.
Historia pequeña, miniatura, de relativo interés, puede funcionar como ejercicio de estilo, pero poco más. Por unos minutos creí haber regresado a Venecia, donde estaba hace apenas una semana, pues no faltan imágenes del Gran Canal y San Marcos, pero no, sigo en San Sebastián, con el cielo cubierto y amenaza de lluvia, ayer el sirimiri acompañaba todo el tiempo.
