Coinciden hoy en la competición dos películas que pintan las vicisitudes que deben atravesar las familias. Culturas distintas de dos naciones como Francia y Japón, pero que comparten un tema universal y la idea de tomar una anécdota -la caída del Skylab, la inauguración del tren bala- para abordarlo más o menos a fondo.
La actriz francesa Julie Delpy puede considerarse ya una veterana directora, aunque hasta la fecha le conocíamos una faceta de películas, de las que son representativas 2 días en París y su secuela, a punto de estreno, 2 días en Nueva York, en la línea de su otro díptico actoral Antes del amanecer y Antes del atardecer. Con El Skylab aborda otro tipo de historia, muy francesa, la de reunión familiar en el campo, clásicos de Jean Renoir o Bertrand Tavernier vienen rápidamente a la cabeza. La narración se inicia con el viaje familiar en tren de un matrimonio con dos niños, y la madre, Albertine, recuerda en un largo flash-back un día de verano muy especial, en que se reunió toda la familia con la abuela paterna para celebrar su 67 cumpleaños, justo cuando el satélite americano Skylab amenazaba con provocar una tragedia al colisionar con la Tierra.
Delpy nos pinta con toneladas de nostalgia a los numerosos miembros del clan post-generación del 68, abuelos, padres e hijos, y traba bien las anécdotas que configuran la historia. El mayor pero que se puede poner a la estructura es la excesiva acumulación de situaciones que supuestamente ocurren en apenas doce horas. Pues en tal período hay tiempo para dos chaparrones, una comida familiar, un pequeño show, un baño en la playa, un paseo por la cercana playa nudista, una verbena, el primer enamoramiento y el primer desengaño, la primera vez que viene la regla, una discusión política de aquí te espero, un intento de ahorcamiento, un relato de miedo tipo “fuego de campamento”... Demasiado para el “body”. Y aunque el tono es una mezcla de añoranza y comedia, irritan un tanto las reiterativas bromas sexuales, la supuesta naturalidad con que se tratan estos temas ante los niños.
Por lo visto Kiseki, el título original de Kiseki (Milagro), significa en japonés “milagro”. No sería un milagro, sino algo perfectamente lógico y natural, que el nuevo film de Hirokazu Koreeda ganara la Concha de Oro o algún otro premio importante del Festival, se trata sin duda de la mejor película presentada hasta el momento a la competición. Sorprende la habilidad del director nipón para trabar una historia profundamente emocionante con unos elementos tan sencillos.
Koichi y Ryu son dos hermanos, chavales que viven en distintas ciudades porque sus padres se han separado recientemente. Él ha retomado su carrera musical, ella se ha establecido en casa de sus padres. La ocurrencia de que el tren bala que va a unir sus ciudades puede ayudar a reconstituir la armonía familiar -la romántica e infantil idea de que expresar un deseo mientras se ve el momento justo en que se cruzan los trenes en sus respectivas direcciones me retrotrae a El rayo verde de Eric Rohmer- llevará a los chicos a tramar un plan para reunirse con sus amigos en un punto donde puedan ser testigos de ese mágico instante.
Koreeda construye una película que toma lo mejor de un maestro como Yasujiro Ozu -se puede pensar en su clásico Cuentos de Tokio pero también en títulos con niños como He nacido, pero... y Buenos días-, y sabe pintar a la perfección personajes de tres generaciones, abuelos, padres e hijos, con sus virtudes y defectos, de un modo muy creíble. Destaca el desparpajo de los hermanos, uno más maduro e introspectivo, el otro hiperactivo y aparentemente despreocupado, pero al que también afecta la ruptura familiar. No puedo dejar de citar el emocionante momento en que un matrimonio de ancianos acoge a toda la pandilla de niños, una escena verdaderamente genial.
