La fama, el poder y el dinero no llenan. Cuando uno se convierte en una celebridad como payaso sin palabras, eso no le basta. Quiere que le conozcan por su nombre real como humorista. Luego, es menester triunfar como el presentador más guay que haya pasado por la tele con traje y zapatillas deportivas.
Pero eso tampoco es suficiente. Se impone triunfar en el mundo de la música (¿por qué ese empeño en dejar de hacerse el mudo?) provocando que todas las chicas llamadas Paloma se tengan que cambiar de nombre, al igual que su progenitor convirtió en un infierno la vida de todas las Susanas, hartas de que las conozcan como “Susanita” y de que los graciosetes de turno no paren de preguntarles por el ratón de las narices.
Y aunque revienta las listas de éxito, no se sabe por qué, a Emilio Aragón eso tampoco le hace feliz. Toca hacerse magnate de la producción audiovisual, fundando Globomedia, y cambiar para siempre la historia de las series españolas con Médico de familia (aún estamos padeciendo su nefasta influencia). El hombre llega a tomar clases de interpretación en Estados Unidos con los mejores profesores, pero eso no impide que haga el ridículo cuando pretende actuar seriamente cuando su personaje sufre la muerte de su entrañable amigo Marcial (no he visto a ningún actor llorar tan mal jamás).
Ni nombrado presidente de La Sexta, Emilio Aragón se siente lo suficientemente reconocido. Por eso ha tenido la brillante idea de reinventarse como director de cine, que eso sí que dicen que proporciona el suficiente prestigio como para que de una vez por todas dejen de conocerte popularmente como Milikito.
Tras la fallida Pájaros de papel, el todopoderoso Aragón usa todo su potencial económico para comprarse un guionista de primera (William D. Wittliff, autor de El corcel negro), los mejores técnicos y hasta a Robert Duvall para rodar en inglés Una noche en el viejo México. El punto de partida no está mal, ya que se trata de un western crepuscular, con el veterano actor encarnando a un viejo vaquero que pertenece a un mundo que ya no existe, así que le han embargado su rancho por deudas, y en lugar de instalarse en la residencia donde le quieren mandar prefiere irse a México con un nieto con pocas miras al que no conoce.
A pesar de todo, el film no funciona. ¿Por qué? Todas las reseñas que he leído estos días coinciden en que tiene una factura impecable, pero le falla no se sabe qué. Desde mi punto de vista la explicación es sencilla. Milikito no siente esta historia de perdedores. No comprende por qué son así ni sabe ponerse en su lugar. Y eso se nota. Y mucho.
Fofito, un perdedor de primera categoría
Pero, ¿qué hubiera sucedido si por contra Una noche en el viejo México la hubiera dirigido su primo Fofito? ¡Otro gallo nos cantara! El hombre que nos hizo morirnos de miedo interpretando a un pistolero ‘tarantiniano’ en Torrente 3: El protector sí que entendería a la perfección esta historia.
Recordemos su trayectoria. Como el maduro cowboy del film, él mismo se ha quedado desfasado: payaso (éste incapaz de reciclarse) en un mundo en el que los niños llevan móvil y juegan a la Playstation.
Tras la muerte de su padre, Fofó, que mantenía vertebrada a la familia, los Payasos de la Tele siguieron unidos algún tiempo, por su éxito televisivo con Había una vez un circo, pero en cuanto finaliza el legendario programa, el clan se desmembra. Por un lado Miliki, la tremenda Rita Irashema y ese Emilio Aragón que se come el mundo. Pero a Fofito no le va ni mucho menos tan bien...
Primero funda con otro payaso, Chifo, y con Mané, el hombre del tupé gigante, Los trilocos, grupo que fracasa espectacularmente. Después se une a otro familiar, Rody, con el que presenta el programa televisivo “Tras 3 Tris”, del que surge “La canción de los hijos”, denunciada por una Asociación de Televidentes porque su letra, compuesta por ambos, induce a los niños al suicidio:
“Cortar el vidriecito de la ventanita sin estropearse el uniformito y todos muy alegres del noveno piso saltar a la calle sin gritar, saltar a la calle sin gritar, saltar a la calle sin gritar”, decía el tremendo tema musical infantil.
Posteriormente, Fofito pedía perdón y confesaba públicamente sus problemas con el alcohol -¿le daría a la cerveza como el personaje de Duvall?-, y atribuía a un supuesto boicot de su primo, Emilio Aragón, y su tío, Miliki, el hecho de que no encontrara trabajo en ningún programa de televisión. ¡Si parece un personaje de Tim Burton! En cuanto el de Burbank se entere de su existencia le convierte en protagonista de uno de sus films.
En resumen, Una noche en el viejo México era una historia para Fofito. En cuanto a Emilio Aragón, ¿por qué no habrá escogido un relato tipo Ciudadano Kane o El padrino con protagonistas con poder y dinero que aun así no alcanzan la felicidad? Ahí lo hubiera petado. ¿Cuál será su próximo reto? ¿Intentará triunfar como boxeador profesional?
