Acabo de terminar la primera temporada de Luke Cage, la serie de Netflix que sabe a poco. Aunque siempre he sido aficionado al fantástico, cada vez soporto menos el abuso de elementos irreales, por ejemplo en The Flash, y aprecio cada vez más las creaciones de la plataforma de ‘streaming’, como ésta, Daredevil y Jessica Jones, con tono adulto, donde los elementos quiméricos, como la superfuerza del personaje, están bien integrados en argumentos realistas.
¿Me estoy haciendo viejo? Mientrasl disfrutaba de cada episodio, he rememorado mi infancia, puesto que Luke Cage, del que Nicolas Cage sacó su apellido artístico para desvincularse de su reputado tío, Francis Ford Coppola, fue el primer héroe Marvel que recuerdo haber leído, cuando yo era muy peque. Mi conclusión, que ha llovido mucho desde entonces.
Por entonces, llevaba la diadema de acero y camisa amarilla de la que la serie se chotea, en un momento determinado. Formaba con Puño de Hierro el equipo conocido como "Héroes de alquiler". No aceptaban ningún trabajo ilegal, pero te solucionaban la vida, vamos que si existieran en la realidad les contratas cuando los de Robaafone no te quieren dar de baja e insisten en cobrarte meses de más, Jaula se pasa por la compañía, y en dos minutos arreglado el problema.
Pues bien, recordando este asunto he llegado a la conclusión de que… ¡los comics de mi infancia eran un horror!
Para empezar, aunque respetaron su sobrenombre, Power-Man, Le habían traducido el apellido, así que se llamaba Jaula, claro que los traductores de la editorial Vértice habían puesto El Lobato al que luego sería Lobezno, y Dan Defensor a Daredevil.
El cómic era en blanco y negro, por aquel entonces no teníamos ni idea de que el original tenía colorines, no habíamos visto un ejemplar americano jamás, ni pensábamos que tendríamos uno en nuestras manos en la vida. Las librerías especializadas llegarían mucho después.
Por no saber, no teníamos claro si había cerrado una cabecera, pues de repente alguna se dejaba de publicar, y ni el quiosquero sabía qué había ocurrido. De hecho, un día desapareció la editorial por completo, y los personajes de la Casa de las Ideas pasaron a ser propiedad de Bruguera, empresa que publicaba a Mortadelo, sin explicación clara. Yo tenía siete años, así que no podía entender muy bien que los derechos habían pasado de una a otra, que seguramente pujó más alto por ellos.
Cambiaban el formato, pues los tomos eran más grandes. Para mayor desparrame, se modificaban cosas, por ejemplo, algunas viñetas pasaban a agrandarse para que ocuparan una página entera. Lo sé porque luego he visto el tebeo original, y para hacer eso, se tenían que añadir más detalles al dibujo.

Por último, se borraban los nombres de los autores. Olvidaos en aquellos años de preguntar por la última obra de los Neil Gaiman o Alan Moore del momento. Aquí todos eran comics Marvel, creados por Stan Lee y punto pelota. Claro que con este tipo de masacres que hacían casi mejor, no creo que los responsables del producto quisieran haber salido citados. Curiosamente, sí nombraban al traductor y al rotulista de la edición española.
Pues bien, qué mala es la nostalgia. A pesar de todos estos problemas, los recuerdo como los mejores cómics de mi vida. No existía internet. Eso tenía un lado positivo, pues nadie conocía lo que iba a pasar, no como ahora que cuando se aproxima una maxisaga, tipo "Civil War", todo el mundo ya sabe demasiado meses antes de que aparezca el cómic en cuestión. Las tramas eran bastante frescas, en especial para mí, que al ser niño cualquier cosa me parecía nueva; ahora con tanta peli de superhéroes, todo está trilladísimo.
Conclusión, que el cerebro humano tiende a idealizar el pasado. Podía ser peor, sí, pero te sorprendía mucho más. Perdonad la batallita que os acabo de soltar.
